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Columnistas

El desafío de ciberseguridad no es (solo) tecnológico

JAIME CAREY Presidente ejecutivo Carey

Por: JAIME CAREY

Publicado: Viernes 5 de junio de 2026 a las 04:04 hrs.

Durante años, la ciberseguridad se entendió como un asunto tecnológico. Firewalls, antivirus y equipos especializados concentraban gran parte de la conversación. Sin embargo, el funcionamiento cotidiano de las empresas cambió más rápido que sus mecanismos tradicionales de control.

La transformación digital multiplicó accesos, integraciones, proveedores y flujos de información a una velocidad que muchas organizaciones no logran gobernar del todo. Hoy, una compañía puede operar con plataformas cloud, servicios tercerizados, inteligencia artificial, dispositivos personales y cadenas de proveedores interconectadas, muchas veces sin visibilidad integral sobre quién accede a qué ni cómo.

El Global Cybersecurity Outlook 2025 del World Economic Forum advierte que el entorno digital se ha vuelto más complejo debido a tensiones geopolíticas, tecnologías emergentes, interdependencia de cadenas de suministro y creciente sofisticación del cibercrimen.

Parte importante de esa exposición no surge sólo de ataques sofisticados. También aparece en la operación cotidiana: accesos activos tras el término de contratos, integraciones de terceros insuficientemente supervisadas o proveedores con estándares dispares de seguridad.

En ese contexto, la discusión sobre ciberseguridad entra en una nueva etapa. El desafío ya no descansa sólo en proteger infraestructura tecnológica, sino en gobernar ecosistemas digitales cada vez más interdependientes.

Eso tiene implicancias para la manera en que las empresas entienden su gestión de riesgos. Los contratos, por ejemplo, dejaron de ser únicamente instrumentos comerciales. En la práctica, administran accesos, regulan flujos de información, establecen estándares mínimos de seguridad y ordenan relaciones entre terceros.

Ese cambio ocurre, además, en un contexto regulatorio más exigente. La Ley Marco de Ciberseguridad y la Ley de Protección de Datos Personales, que entra en vigencia en diciembre de 2026, elevan los estándares de diligencia, trazabilidad y gobernanza exigidos a las organizaciones. La expectativa regulatoria ya no se limita a reaccionar frente a incidentes: exige prevención, supervisión efectiva y estructuras permanentes de gestión.

Todo esto redefine también el rol de directorios y alta administración. La ciberseguridad forma parte de la continuidad operacional, la reputación corporativa y la confianza institucional con la que operan las empresas.

La exposición digital ya no depende únicamente de los sistemas propios de una organización, sino también de su capacidad de entender y supervisar la red de relaciones digitales sobre la cual funciona un negocio.

Pero ninguna estrategia, regulación o herramienta tecnológica resulta suficiente si no existe una cultura organizacional que incorpore la ciberseguridad como una responsabilidad compartida. La adopción rigurosa de protocolos, controles y buenas prácticas —incluso cuando puedan percibirse como incómodos o burocráticos— constituye una primera línea de defensa frente a amenazas cada vez más frecuentes y sofisticadas. En un escenario donde un incidente puede traducirse en pérdidas económicas, daño reputacional y disrupciones operacionales, la conciencia y disciplina de las personas siguen siendo un factor decisivo para la resiliencia digital de cualquier organización.

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