Dos análisis publicados la semana pasada dieron que mucho que hablar al capturar el debate más importante de los próximos años. Citrini Research planteó un escenario en que la inteligencia artificial (IA) desplaza masivamente al trabajador de cuello blanco, colapsa el consumo y desencadena una crisis sistémica para 2028. Citadel Securities responde con datos actuales: la adopción de IA sigue curvas históricas normales, el empleo tecnológico sube 11% anual, y la productividad siempre ha creado más trabajo del que destruyó. Dos miradas antagónicas frente un análisis complejo.
En el escenario de Citrini, después de un boom de productividad, aumento de márgenes y crecimiento económico, viene un bajón por cientos de miles de ejecutivos bien pagados que no pueden ser absorbidos por economía. La economía de EEUU depende en un 70% del consumo privado. Cuando los que más gastan dejan de hacerlo, el PIB reportado sigue subiendo, pero la economía real se contrae en silencio.
“No adoptar inteligencia artificial es perder una carrera internacional en la que nuestros competidores ya están corriendo. Una firma chilena que no integre IA perderá productividad, márgenes y negocios”.
Citadel responde con algo técnicamente correcto: un shock de productividad es un shock de oferta positivo. Los costos caen, los precios bajan, el poder adquisitivo sube y nacen nuevas industrias. Keynes en 1930 predijo semanas laborales de 15 horas gracias aumento de productividad, pero subestimó que el ser humano siempre quiere más. Hoy hay una gran diferencia: la IA no solo automatiza tareas, sino también el razonamiento, y mientras el petróleo o los chips tardaron décadas en reorganizar la economía. La IA agéntica apenas lleva 18 meses.
El debate llega a Chile con un terreno poco fértil. Nuestra tasa de desempleo ronda el 8,3% y los niveles de ocupación aún no se recuperan. Los empleos de cuello blanco han sido históricamente el ascensor de movilidad salarial de la clase media chilena, y son esos los amenazados por la IA.
El dilema es urgente en dos frentes. Primero, la competitividad: no adoptar IA es perder una carrera internacional en la que nuestros competidores ya están corriendo. Una firma que no integre IA perderá productividad, márgenes y negocios.
Segundo, y más estructural: si el antídoto es la creación acelerada de nuevas empresas que generen nuevos empleos, Chile tiene un problema serio. La fricción para crear, escalar y cerrar empresas, la rigidez del mercado laboral, los costos de contratación y despido es nuestra ancla en una carrera de aviones.
Se vienen años de ajustes económicos importantes. Habrán oportunidades para compras, ventas y fusiones de compañías, y esfuerzos importantes de transformación digital con foco en adopción de IA para aumentar productividad. No construimos IA, pero sí decidimos cuán rápido la adoptamos, cuán fácil hacemos que nazcan nuevas empresas, y si propicimos un ajuste micro urgente de la economía que sostendrá la macro. De eso depende nuestra prosperidad.
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