Fracaso del derecho internacional en Venezuela
JUAN IGNACIO BRITO Profesor Facultad de Comunicación e investigador del Centro Signos, U. Andes
Uno de los puntos que levantan los críticos de la acción militar norteamericana en Venezuela es que ella violó el derecho internacional. Argumentan que EEUU pasó a llevar las reglas, usando la fuerza para imponer su voluntad sobre otro país, violando su soberanía e interviniendo en la política doméstica de este. Es cierto. Resulta extremadamente difícil defender la operación Absolute Resolve y sus consecuencias usando, por ejemplo, lo que sostiene la Carta de las Naciones Unidas.
La pregunta, entonces, no es si la operación violó el derecho internacional, pues parece evidente que sí lo hizo. La interrogante debería ser, más bien, por qué el derecho internacional no fue capaz de resolver la cuestión venezolana.
“En un mundo sin orden claro, el uso de la fuerza pura y dura por parte de quienes la poseen se hace frecuente y la legislación internacional se convierte en papel mojado”.
Un exasesor presidencial en materia de relaciones internacionales ha sugerido que aceptar el uso de la fuerza en el caso venezolano como una fatalidad ineludible representa el abandono del Estado de Derecho. Es una afirmación curiosa, porque la ausencia de un Estado que pueda imponer las normas del derecho internacional es precisamente la principal limitante de este. Resulta obvio que en el ámbito exterior no hay el equivalente a un Estado que posea el monopolio de la fuerza y goce de legitimidad para imponer la ley.
Esa particularidad le entrega al poder un rol inescapable en la política internacional, porque es innegable que hay países más poderosos que otros. Son estos los que, a falta de un Estado, diseñan e imponen las formas de relacionamiento.
La inexistencia de un Estado que centralice el poder amenaza con que sea la ley de la selva la que termine imperando en el sistema internacional. Para evitar ese peligro, las grandes potencias típicamente crean un orden internacional que le entrega seguridad al sistema y lo hace vivible, reduciendo y manejando su natural conflictividad, garantizando el respeto a la soberanía de los países, acordando reglas explícitas e implícitas que todos deben respetar para convivir en paz y prosperar, y fijando herramientas para disuadir o castigar a los díscolos.
En última instancia, los sucesivos órdenes internacionales descansan en la fuerza de las grandes potencias que lo avalan y la legitimidad que le reconocen sus participantes. Es la vigencia de un orden la que hace eventualmente viable al derecho internacional y no al revés. En ausencia de la estructura de poder y gobernanza que provee un orden, lo que prevalece es la fuerza, lo contrario de la igualdad que promueve el derecho.
Eso es lo que explica la acción ilegal de EEUU en Venezuela. Hoy no existe un orden internacional claramente definido, sino que, al parecer, nos encontramos en una transición que deja atrás el orden liberal que conocimos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y avanza hacia otro todavía sin bordes claramente establecidos basado en las esferas de influencia de las superpotencias. En un mundo sin orden claro, el uso de la fuerza pura y dura por parte de quienes la poseen se hace frecuente y la legislación internacional se convierte en papel mojado, cuya aplicación depende de la voluntad de las potencias. Eso es lo que ha ocurrido en Venezuela, donde el derecho internacional ha tenido poco que decir, porque no existe un orden internacional que lo ampare. Sin orden internacional no es posible siquiera pensar en un derecho internacional viable, especialmente en crisis que comprometen intereses relevantes de las superpotencias, como ocurre en Venezuela.
Instagram
Facebook
LinkedIn
YouTube
TikTok