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Pilita Clark

Las sorprendentes alegrías del turismo fuera de temporada

Pilita Clark

Por: Pilita Clark

Publicado: Lunes 19 de enero de 2026 a las 04:00 hrs.

Pilita Clark

Pilita Clark

Durante la tranquilidad de las fiestas de Navidad y Año Nuevo, hice algo distinto: me subí al coche y recorrí algunas zonas de Inglaterra y Gales para pasar unas vacaciones de invierno. En el proceso, descubrí muchas cosas, entre ellas la agradable novedad de ser una turista fuera de temporada. Pero, además, experimenté la inesperada alegría de evitar los viajes internacionales.

Éstas son palabras extrañas para alguien que ha contribuido activamente al auge del turismo, una de las grandes historias económicas y empresariales de las últimas cinco décadas. No tengo la intención de dejar de viajar fuera, pero sí quiero volver a experimentar la emoción de preparar una maleta sin preocuparme por su peso, si tiene cerradura o cuántas baterías de litio y líquidos contiene.

Evitar las dificultades del turismo moderno es más reconfortante de lo que parece.

Tardé menos de una hora para llenar el coche con todos los libros, botas y objetos punzantes que quise. Mejor aún, no tuve la habitual ansiedad por los retrasos y las cancelaciones.

Justo antes de partir de Londres con mi pareja hacia nuestro primer destino, Yorkshire, la Asociación Internacional de Transporte Aéreo publicó un informe que mostraba que los retrasos en el control del tráfico aéreo solo en Europa se habían disparado 114% en la última década, a pesar de que el número de vuelos solo aumentó 7%.

La escasez de personal de control de tráfico aéreo y las limitaciones de capacidad de los aeropuertos se consideraron los principales culpables, como ha ocurrido en EEUU, donde un retraso de tres horas en un vuelo era cuatro veces más probable en 2024 que en 1990.

Poco después de unirnos a un pequeño grupo de visitantes en la histórica isla de Lindisfarne, empezaron a llegar noticias sobre los miles de pasajeros varados a ambos lados del Eurotúnel por una falla eléctrica. No le dimos importancia mientras nos uníamos a un puñado de viajeros que inspeccionaban el Muro de Adriano, para luego visitar un museo en una antigua fortaleza romana.

La experiencia de ver tanto con tan poca gente a nuestro alrededor fue extraña. Me di cuenta de que me había acostumbrado tanto a formar parte de las multitudes que había olvidado los placeres del turismo fuera de temporada. No hacía falta reservar con anticipación en hoteles a medio llenar. Aparcar era tan fácil que encontramos sitio a solo un par de minutos a pie de la magnífica catedral de Lincoln y justo al lado de las ruinas de la inmensa abadía de Whitby.

Yo habría bajado en coche por la empinada y estrecha carretera hasta la playa del pueblo de Robin Hood’s Bay, en North Yorkshire, que parece la escena de una película, de no ser por el cartel que decía: “¡No se puede bajar en coche solo para echar un vistazo!”.

Es cierto que hubo inconvenientes. El Museo del Capitán Cook en Whitby estaba cerrado. También el Centro de Historia de Hull, que alberga muchos de los documentos de Philip Larkin. Castle Howard, la majestuosa mansión que apareció en Brideshead Revisited, estaba abierto. Pero, en un arrebato de entusiasmo vacacional, había tomado la desafortunada decisión de redecorar sus salas históricas con una serie de objetos inspirados en El Mago de Oz.

Nada de esto importó. O al menos, no importó lo suficiente. Poder recorrer el país durante días, libres de las colas, los costos y las decepciones que empañan gran parte del turismo moderno, fue una delicia.

Sé que no es para todo el mundo. Quizás ni siquiera sea para mí el próximo invierno. Pero, por otro lado, cuando tenga que enfrentarme a todo el ajetreo y el bullicio del turismo estándar, quizás sí lo sea.

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