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Editorial

Señales incipientes en productividad

Por: Equipo DF

Publicado: Lunes 19 de enero de 2026 a las 04:00 hrs.

Tras dieciséis años de estancamiento, la productividad ha vuelto a mostrar señales positivas. No se trata de un quiebre estructural, pero sí de un cambio de dirección relevante en una variable clave para el crecimiento de largo plazo. El repunte observado en 2024 y 2025 abre una ventana para que la economía retome una senda de mayor dinamismo, con impactos potenciales en salarios, inversión y bienestar. No obstante, el impulso aún es incipiente y debe ser visto con cautela, pues la historia reciente muestra cómo los esfuerzos pueden diluirse si no van acompañados de políticas que refuercen los incentivos correctos.

De acuerdo con las cifras de la Comisión Nacional de Evaluación y Productividad, la productividad total de factores aumentó 0,6% en 2024 y se proyecta un aumento de entre 0,5% y 0,6% para 2025, dinámica que no se observaba desde el bienio 2011-2012, excluidos los años de pandemia. En promedio, cerca de una quinta parte del crecimiento económico reciente se explica por mejoras en eficiencia y no solo por la acumulación de trabajo y capital. Para 2025, alrededor de un cuarto del crecimiento provendría de la productividad.

El repunte sugiere que la economía comienza a corregir ineficiencias; pero no es aún un cambio de tendencia.

Durante la última década, esta variable registró variaciones nulas o negativas, por lo que el crecimiento estuvo sustentado casi exclusivamente en más empleo y mayor capital. Tal trayectoria contrasta con la experiencia de los ‘90, cuando explicaba cerca del 40% de la expansión económica. La consecuencia ha sido un crecimiento potencial acotado, incapaz de sostener mejoras significativas en ingresos y calidad de vida.

El repunte actual, aunque modesto, sugiere que la economía comienza a corregir ineficiencias acumuladas en la asignación de recursos, escenario en el que destacan los procesos de automatización, digitalización y reorganización productiva en las empresas, y un mejor desempeño del sector exportador, que habría tendido a elevar estándares de eficiencia y a acelerar la adopción de nuevas tecnologías.

Sin embargo, sería un error interpretar estos avances como garantizados. La desaceleración de la productividad es un fenómeno global, asociado a menores niveles de inversión tecnológica y a un entorno más incierto para la innovación. En el caso chileno, persisten rigideces regulatorias, largos plazos de aprobación de proyectos y brechas de capital humano. De hecho, el país sigue ubicado en los últimos lugares de la OCDE en productividad laboral, con niveles cercanos al 50% del promedio del bloque.

Para el próximo ciclo político el desafío será consolidar el cambio de tendencia. Esto exige coherencia regulatoria, inversión en capacidades tecnológicas y una agenda que entienda que sin productividad no hay crecimiento duradero ni espacio fiscal para sostener las expectativas que el país arrastra desde hace más de una década.

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