Cuando el Departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad de Chile cumplió 40 años, en 2015, reconoció al primer egresado de cada uno de sus programas. Del doctorado fue Gonzalo Navarro y del magíster en Ciencias mención Computación fue José Benguria, que se tituló en 1983.
Cuatro décadas después sigue haciendo clases en ese departamento. Entremedio fue socio de Deloitte, asesoró a la Zona Franca de Iquique y a Integramédica, y hoy es mentor de Endeavor y coach, casi no da entrevistas. En esta conversación de casi dos horas recorre distintos pasajes y etapas de su vida, y sobre la discusión actual afirma que “mucha gente que habla de IA en realidad no tiene ni idea de IA, y mucha gente cree que hay cuestiones que son increíbles y tienen 40 años”.
Tres por generación
Benguria entró en 1976 a la Escuela de Ingeniería de la Chile a estudiar ingeniería química. El departamento de computación se había creado un año antes, y el computador grande de la universidad era un IBM 360 comprado en 1967 por US$ 600 mil, que leía mil tarjetas perforadas por minuto.
“En ese tiempo casi no había carreras de computación en Chile, pero aún peor, no había mucha gente que supiera. Lo que había que hacer era buscar a los cinco o seis tipos que realmente habían estudiado afuera para tratar de armar programas y cursos. Creo que yo era el único de mi generación, éramos tres o algo así. Entonces uno tenía que tomar cursos con la gente más vieja o más joven. En un curso fui una persona”, recuerda Benguria.
Se juntaba gente de distintas universidades con un profesor de otra universidad. “Yo soy de la Chile, tomé cursos en la Católica, tomé cursos en la Usach, con profesores de distintos lugares. Algunos cursos los hice en febrero porque no había otra alternativa. Cuando tú vas a estudiar a la Chile, a la Católica o a la del Desarrollo, lo que sea, heredas un poquito la cultura de esa universidad. Entonces tener un pedacito de cultura de las distintas universidades fue fenomenal en realidad. No me di cuenta en ese momento de lo interesante que iba a ser para el futuro”, agrega.
Antes de titularse ya hacía clases en la U de Chile y en la UC. “Yo era profe de amigos y amigo de profes. Si tú sabías un poquito, ya tenías que hacer la clase o no había más”, dice. Un día, el profesor del curso en que era auxiliar le avisó que se iba a España porque estaba enamorado, y que él siguiera con el curso. “Fue horrible, pero sobreviví”, cuenta entre risas.
Para imprimir su tesis, lo normal era la máquina de escribir o un computador con tipos de letra “medio feos”. Como hacía clases en las dos universidades, sabía que una tenía una impresora buena para la época y la otra, un computador personal básico. Un fin de semana se consiguió la impresora de una y se llevó a su casa el computador de la otra.
“Lo único que tuve que hacer es soldar el cable para poder conectar la impresora con el computador. Me demoré como un día y medio en soldar cables, tienes que darte cuenta de cuál es la pauta correcta”, dice. “Después de eso se puede imprimir la memoria. Me demoré 20 minutos o algo por el estilo, pero esa era la computación de esos tiempos”.
Lo echaron en enero
Después se quedó trabajando full time en la Escuela de Ingeniería. Luego pasó a una fábrica de software que habían armado unos amigos y que trabajaba para bancos, y de ahí saltó a un banco. Estuvo varios años ahí. “Un buen día me echaron, me despidieron un enero. Es de las mejores cosas que me han pasado, sorprendentemente”, dice.
Ya tenía un hijo y, por primera vez, él y su señora habían planificado vacaciones para marzo. En febrero se consiguió un trabajo de media jornada y se puso como regla conversar todos los días con alguien y hacer algo distinto. Partía temprano, trabajaba medio día y almorzaba con alguien de una lista que describe como interminable. En las tardes hacía cualquier cosa, como recorrer bibliotecas completas, la del Instituto Chileno Norteamericano de Cultura y la Nacional. “No fui para conseguir trabajo, sino porque quería ensanchar un poquito la mirada”.
En marzo se fue de vacaciones. En abril un amigo le ofreció una consultoría bien pagada, y en mayo le ofrecieron un “súper buen trabajo”. Dijo que no. “Yo puedo tener un trabajo, gracias a Dios, pero no puedo abandonar y perder la oportunidad de recorrer un camino que es totalmente ignoto”.
Empezó a trabajar con un amigo y al tiempo se dieron cuenta de que perdían oportunidades por no ser una consultora. Así nació Infonova. Antes de partir le preguntó a una amiga psicóloga qué opinaba. “Me dijo ‘me caes súper bien, pero tú eres muy chico, nadie te va a creer’”. Tenía 32 años “No le hice caso, y fue bueno”, cuenta.
Al lado del comprador
La tesis de la consultora la resume así: “El mundo está lleno de proveedores, alguien que se pone frente a ti, como nosotros ahora, y te ofrece algo. Yo te trato de vender algo que yo sé hacer y por lo cual quiero ganar dinero. Y el tipo que está tratando de venderte habla un lenguaje súper raro, y el pobre hombre que quiere comprar no entiende nada, porque él entiende su negocio, pero no entiende de tecnología. Y yo dije no, lo que yo voy a hacer es sentarme al lado del comprador, no al frente del comprador”.
Uno de los primeros clientes fue la Zona Franca de Iquique, que crecía rápido, tenía computadores que no eran estándar y necesitaba conectarse con Aduanas y tener información al día del puerto. “El desafío en realidad era cómo manejar la información adecuadamente. Y una cuestión que hoy día es mucho más evidente, que los datos son más importantes que los computadores”, dice.
Otro fue Integramédica, que funcionaba con un solo centro médico y un solo centro de computación, y quería pasar a tres. El problema era, por ejemplo, darle una hora a un paciente en el centro para que se atendiera en Alto Las Condes. “Yo llamaba a Sonda y le decía ‘necesito dos computadores más, y caros’, y los tipos me creían. Me gané la confianza”.
Socio con una condición
La consultora empezó a trabajar con Deloitte. “Al cabo de un tiempo nos dijeron ‘sabes qué, déjense de leseras, vénganse para acá’”, dice. La negociación fue larga. “Fue un poquito desesperante de las dos partes y, sin embargo, tuvo la ventaja de que cuando llegamos a acuerdo ya estaba todo conversado. Es como esas parejas en que ya está todo súper claro. Casarse es evidente”.
-Dejaste tu consultora boutique, donde eras más libre, y entraste a una consultora grande, con reglas, procesos, jefes y escala. ¿Qué cambió en ti y qué cambió en tu forma de trabajar?
-Me acuerdo perfectamente del momento exacto en el cual yo dije ‘yo solo me voy a Deloitte si preservo la libertad de irme’. Para mí la libertad personal es increíblemente importante. Una de las condiciones fue que llegamos de socios, y en estas consultoras o auditoras los socios son unos seres un poquito divinos. Eso preservaba mucho mi libertad. Lo que uno debería hacer en cualquier organización, de cualquier tamaño, es generar la mayor cantidad de espacios de libertad posible. No para ser vago, en el sentido peyorativo de la palabra, sino para tener oportunidades de crecer, de inventar.
Fue socio durante 16 años.
-¿Y por qué saliste?
-Yo creo que los dos estábamos cansados. Las cosas cambiaron de una manera que a mí no me gustaba y no tenía mucho sentido. Y para Deloitte yo creo que tampoco tenía mucho sentido- Yo creo que había que hacer cosas que no se estaban haciendo y, mucho más importante, no había que hacer cosas que se estaban haciendo. Y eso genera una distancia, hay un descalce. Mis hijos me dicen que nunca he sido más feliz profesionalmente que en los últimos diez años.
“¿Con qué derecho?”
-Cuando Cristóbal Griffero (Fintoc), estuvo en este podcast, dijo que uno de los grandes regalos que le dio Pedro Pineda (Fintual) fue presentarle a su coach, José Benguria. ¿Por qué pensaste que podías darle consejos a alguien?
-Eso demuestra un par de irresponsables. Por un lado me contratan a mí y, segundo, me recomiendan. He hecho clases durante 40 años o más, y cada vez más me pasa que me paro frente a alumnos y digo ‘¿con qué derecho?’. Encontré, afortunadamente, un antídoto. Hay algunas cuestiones en las cuales tú me tienes que creer porque son una historia, y hay otras en las cuales no me tienes que creer porque son mi resolución de la historia. Es parte de la historia que llegan los tipos de Integramédica y me dicen ‘quiero pasar de uno a tres centros’. Eso me lo tienes que creer porque es un dato. Lo que no me tienes que creer es cómo se resolvió. Yo lo resolví de una manera. A lo mejor hay cuatro soluciones mejores.
A Pineda llegó de otra forma. “Pedro llamó a un amigo de él y le dijo ‘necesito un tipo simpático y con canas’. Yo no estaba en esa conversación, pero me la contó Pedro. Y este amigo mutuo le dice ‘mira, simpático, simpático no, pero canas tiene’. Y así llegué”, recuerda.
-Para ti la familia es un tema importante. Hoy día está muy en boga esto de “trabajé 24/7”, y cuando ya tuvieron éxito, “casi me costó la familia”. ¿Qué opinas de eso?
-Por si está escuchando mi familia, quiero aclarar primero que no creo que yo lo haya hecho especialmente bien. Uno no se da cuenta de la importancia que tiene la relación humana en general, y la familia en particular. En muchas ocasiones en la vida trabajé demasiado en desmedro, por ejemplo, del tiempo de mi hijo. Una vez mi señora me dice que uno quiere tomar clases de batería y es los miércoles a las 4:30. Le digo que no hay ninguna posibilidad de que yo lo lleve. Y lo empecé a llevar. A las cuatro yo desaparecía de la oficina, mientras este tipo tocaba batería yo seguía trabajando, y no pasó nada, todo funcionó. Creo que uno se cuenta cuentos muy horribles respecto de la importancia del trabajo. Al final voy a jubilar o voy a morir, y lo que va a quedar son los hijos, no más. Yo creo que cualquier persona que diga que el emprendimiento puede costar la familia está loco, tiene desordenadas las cosas.
La paja y el grano
“Mucho de lo que se hace hoy día en IA se sabía hacer el año 67”, dice. “En los últimos cinco años pasaron cosas nuevas y súper relevantes, pero los fundamentos de todas estas cuestiones ya estaban. Por lo mismo, lo que hay que hacer es enseñar los fundamentos, distinguir el fundamento de lo periférico, de lo cosmético, del adorno”.
-¿Pensabas, cuando estudiabas, que podía pasar lo que está pasando hoy día con la inteligencia artificial?
-Probablemente no a la escala de lo que está pasando hoy día, pero evidentemente estaban instaladas las bases. Un objeto de IA tiene un conjunto de características más o menos pequeño. Una es que son sistemas que se modifican, y nosotros sabemos hacer sistemas que se automodifican hace muchísimos años. Otra es que son sistemas capaces de reconocer patrones. Todas esas cuestiones ya estaban formuladas hace mucho tiempo.
Frente a quienes advierten que la IA puede acabar con el mundo dice que “hay que entender desde dónde lo dicen, desde la ambición, desde el exhibicionismo, desde el miedo”.
“En IA se va a separar la paja del grano. Hay un montón de cuestiones que se van a morir. La IA generativa, como le encanta decir a mucha gente, es un pedacito relativamente pequeño de la IA. La pregunta es si tenemos que trabajar en IA o no, y la respuesta es que sí”.
Todo lo demás es commodity
“Los chips que vende Nvidia hoy día no se van a vender en cinco años más y no se vendían hace diez. Entonces la pregunta es qué es lo que tú estás comprando”, dice. Para él, lo que se compra es confianza, capacidad de adaptación y actitudes.
Su otro ejemplo es Amazon, que según él probó muchas cosas durante mucho tiempo hasta ganar plata en un negocio inesperado. “Hay que preguntarse por qué el mercado le tuvo paciencia. Por eso digo que los modelos de negocio son más importantes que la tecnología”, dice. “Pedazos de la tecnología van a terminar siendo commodity. La información no es commodity, y lo que definitivamente no es commodity es lo que hizo Jeff Bezos, que no sé cómo lo hizo. Todo lo demás, commodity”.
-¿Se están creando empresas tecnológicas en Chile pensando en grande?
-Sí, pero con un nivel de timidez que a mí no me gusta mucho. Si al final, ¿cuánto te puedes equivocar? Es difícil pasar hambre, demos gracias a Dios. Pero dado que es difícil pasar hambre, ¿nos atrevemos suficientemente? Yo creo que no. Yo nací en un país de US$ 1.700 per cápita y vivo en un país de, no sé, 25 o 30 mil. Podemos atrevernos más con 25 mil que con 1.700. Somos temerosos. Y por eso es que a los chilenos les cuesta que les vaya bien afuera”.