El desafío de la salud en el actual escenario presupuestario
Daniela Sugg, economista de la Salud, socia fundadora Sugg y Asociados
Por tercer año consecutivo, Chile incumplió la meta de balance estructural, alcanzando un déficit cíclicamente ajustado cercano a -3,5% y un déficit efectivo de -2,8%. Más allá de sus causas, estas cifras anticipan un período de ajuste fiscal en el que el crecimiento del gasto público será necesariamente más acotado. Este escenario no es indiferente para el sector salud.
Cuando el espacio fiscal se reduce, el sistema de salud no solo dispone de menos margen para crecer; también se vuelve más evidente la necesidad de usar mejor los recursos, valorarlos adecuadamente, priorizar con mayor rigor y mejorar su desempeño.
El gasto público proyectado para 2026 superará los $ 85 billones, y cerca de un 20% se destinará a salud. El sector, de hecho, ha sido uno de los principales motores del crecimiento del gasto: solo el Ministerio de Salud explicó cerca del 57% del aumento del gasto corriente entre 2024 y 2025. La salud ha sido, con razón, una prioridad. Pero también enfrenta presiones crecientes que no desaparecerán en el corto plazo.
“El debate en salud necesita cambiar. La sostenibilidad del sistema dependerá cada vez más de su capacidad para generar más resultados sanitarios por cada peso invertido”.
Estimaciones de la Dirección de Presupuestos indican que el gasto en salud podría aumentar entre 0,5 y 1,5 punto del PIB hacia 2040. Esto implica que, si el sistema continúa operando bajo las mismas reglas y formas de gestión, y considerando factores estructurales como el envejecimiento de la población y el aumento de enfermedades crónicas y multimorbilidad, la trayectoria del gasto seguirá siendo creciente. En un escenario fiscal más estrecho, esto significa que solicitar mayores recursos será cada vez menos factible y, sobre todo, menos suficiente.
Por eso, el debate en salud necesita cambiar. El problema ya no es solo cuánto se gasta, sino cómo se gasta. La sostenibilidad del sistema dependerá cada vez más de su capacidad para generar más resultados sanitarios—más años de vida y mejor calidad de vida— por cada peso invertido, lo que requerirá mejorar la productividad, reasignar recursos, priorizar con evidencia y avanzar hacia decisiones basadas en criterios de costo-efectividad y del retorno social de la inversión.
Esto exige avanzar en transformaciones largamente postergadas: fortalecer la gestión de la red asistencial, avanzar hacia una mayor separación entre los ejecutores de salud y la autoridad sanitaria, invertir de manera más decidida en la atención primaria, mejorar los procesos de cobertura y priorización, y modernizar la organización del trabajo en salud, entre otras materias. No son cambios simples y, en su mayoría, requieren ajustes normativos y legales, pero resultan inevitables si se quiere sostener el sistema en el tiempo.
El desafío del sistema de salud en los próximos años no será únicamente obtener más recursos, sino planificar y presupuestar de forma racional y creíble, utilizarlos mejor y transformar la forma en que opera y se coordina el sector sanitario.
Ello exige mayor autocrítica, una mirada estratégica y decisiones que trasciendan la contingencia. Porque, en un contexto de restricciones, la política sanitaria responsable no es la que promete más, sino la que asegura que lo que se promete se pueda cumplir.
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