Llegó el año nuevo y el espíritu de esta canción que mezcla la genialidad argentina-colombiana nos llena a varios.
Hay bastante por lo que sentir esperanza en 2026; si no, pregúntenles a los millones de venezolanos fuera de su país en estos momentos.
Para los chilenos, 2026 parte con nuevas promesas de políticas públicas, esas que un Gobierno coqueto nos susurra al oído cada cuatro años y que, cual amor de verano, se concretan o se esfuman en marzo.
En materia fiscal, el galán 2026 es algo atípico. No es particularmente encantador como un Reagan, no tiene el discurso “rockero” de un Milei y, ciertamente, no tiene la libertad de acción de un Trump. Lo que sí tiene nuestro próximo Presidente es consistencia, un atributo que hasta hace poco se le reconocía casi exclusivamente al Partido Comunista y que el Presidente electo logró capitalizar a favor de la derecha más tradicional.
¿Podemos esperar cambios revolucionarios del Gobierno del Presidente Kast, tan dramáticos como los que en su momento logró la Presidenta Bachelet, o que eludieron dolorosamente al Presidente Boric?
Un juicio mesurado, después de la euforia o rabia que generó el resultado de esta elección, debería concluir que, sin controlar el Congreso, este Presidente no tiene espacio para revoluciones legislativas en materia tributaria.
Existirán creyentes en que, con la derecha al timón, volverá el FUT, que se equiparará la tributación de las rentas personales con las del capital, y que la integración de nuestro sistema tributario, que tan bien funcionó mientras no fue abusado por quienes hoy lo lloran, volverá. Me declaro no creyente, especialmente al ver cómo le fue al Presidente Piñera en ese intento.
En política, uno quisiera que la consistencia ideológica y la esperanza fueran principios rectores, pero ni la una ni la otra supera a actuar en el momento político oportuno. En materia fiscal, el Presidente electo no tiene este último factor.
La bancada bisagra, esa del Partido de la Gente que es la nueva compuerta legislativa, no habla de simplificación de sistemas tributarios, de integraciones o desintegraciones, de impuestos al capital o de equidad tributaria. De lo que sí habla es de impuestos que afectan el bolsillo familiar, de devolver el IVA en los medicamentos y en la canasta básica, o de que las contribuciones sean un tema municipal que presumiblemente incentive la competencia entre ellas y queden congeladas en el tiempo como en California, según el ex candidato Parisi.
¿Dónde conversa eso con las propuestas del Presidente electo Kast?
Poco, salvo quizás para negociar con esa bancada. El problema es que negociar con los impuestos indirectos siempre huele a pescadería porque terminan generando distorsiones en los mercados, y si no, pregúntenle al exministro Briones con su IVA a los servicios, que tiene más orificios que colador.
¿Entonces, qué cambios sí podemos esperar modestamente?
Hay mejoras sustanciales que se han logrado a través de los años sin ser los buques insignia, y un ejemplo claro fue el del segundo Gobierno de Sebastián Piñera, que volvió a encauzar la norma de deducción de gastos tributarios cuyo espíritu original fue eludido por años por el SII.
Otro caso es la regulación sobre sostenibilidad tributaria del Presidente Boric que convirtió el cumplimiento tributario de las grandes empresas en una especie de concurso de belleza con premios, corona y foto. Bien por éstas y por quienes apoyan tal proceso, tanto en el SII como en las universidades que lo promueven.
Pero entre aciertos y fracasos, podemos ver las grietas actuales del sistema:
- El marco regulatorio de las actuaciones automáticas del SII (díganle inteligencia artificial o Excel con esteroides, como ustedes quieran) es insuficiente y el nivel de conflicto en relación con si el SII puede o debe bloquear o no la operación de un contribuyente crece tanto como el daño que tales medidas nucleares generan.
- Los procesos de fiscalización de precios de transferencia se han vuelto un real “el que baila pasa”, alejándose del espíritu de la ley, que es prevenir la erosión real de la base imponible de un contribuyente. Ello, en favor de una política de Teatinos 120 que piensa en estos procesos como una forma de regatear por si vuela y recaudar si es que pueden. Total, el costo hundido lo tiene el Estado, no el contribuyente.
- La gobernanza del SII se percibe débil, no por sus líderes actuales sino porque no se nota que sean realmente escuchados. Se habla de políticas centrales, de convenios con la Dedecon y con los Colegios de Contadores y de Abogados, y de metas asociadas a la atención de los contribuyentes. Pero hecha la regla a nivel central, hecha la trampa a nivel de ciertas unidades, con casos ampliamente difundidos en redes.
Mirado desde la óptica global de políticas tributarias, todos estos temas se ven menores, pedestres, o picantes como diría el personaje de la “Sole”, pero en momentos en que se habla de bajar tasas unos puntos, o dejar de cobrar contribuciones, preferiría colocar mi esperanza en que se nivele la conducción del sistema tributario.
Para arreglar el desastre del sistema tributario que nos dejó el segundo Gobierno de Michelle Bachelet, ya vendrán mejores momentos, y discusión queda para mucho. Mientras nosotros seguimos en el pasado venerando u odiando al FUT, el mundo ha intentado regular la tributación de la economía digital, la tributación de los billonarios, los impuestos verdes por industria, e incluso ya han avanzado en proyectar los desafíos fiscales de la cuarta revolución industrial de la mano de la inteligencia artificial y la infraestructura que la soporta.
Avancemos con mirada de futuro, con un poquito de esperanza, pero con mucho realismo.
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