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Columnistas

DF Tax | Color Esperanza

Por Ignacio Gepp, socio de Puente Sur.

Por: Equipo DF

Publicado: Jueves 22 de enero de 2026 a las 04:00 hrs.

Llegó el año nuevo y el espíritu de esta canción que muestra la genialidad argentina nos llena a varios.

Para los chilenos, 2026 parte con nuevas promesas de políticas públicas, esas que un gobierno coqueto nos susurra al oído cada cuatro años y que, cual amor de verano, se concretan o se esfuman en marzo.  

En materia fiscal, el galán 2026 es algo atípico. No es particularmente encantador como un Reagan, no tiene el discurso “rockero” de un Milei y, ciertamente, no tiene la libertad de acción de un Trump. Lo que sí tiene nuestro próximo presidente es consistencia, un atributo que en materia fiscal se pondrá a prueba generando aplausos y pifias por igual.

¿Podemos esperar cambios revolucionarios del nuevo gobierno, tan dramáticos como los que en su momento logró la presidenta Bachelet, o que eludieron al presidente Boric?

Un juicio mesurado, después de la euforia o rabia que generó el resultado de esta elección, debería concluir que, sin controlar el Congreso, este presidente no tiene mucho espacio para revoluciones legislativas en materia tributaria.

Existirán creyentes en que volverá el antiguo FUT, que se equiparará la tributación de las rentas personales con las del capital, y que la integración de nuestro sistema tributario, que tan bien funcionó mientras no fue abusado por quienes hoy lo lloran, volverá. Me declaro no creyente, especialmente al ver cómo le fue al presidente Piñera en ese intento.

En política, uno quisiera que la consistencia ideológica y la esperanza fueran principios rectores, pero ni la una ni la otra supera a actuar en el momento político oportuno. En materia fiscal, el presidente electo no tiene este último factor sin ceder en su consistencia.

La bancada bisagra, esa del Partido de la Gente que es la nueva compuerta legislativa, no habla de simplificación de sistemas tributarios, de integraciones o desintegraciones, de impuestos al capital o de equidad tributaria. De lo que sí habla es de impuestos que afectan el bolsillo familiar, de devolver el IVA en los medicamentos y en la canasta básica, o de que las contribuciones sean 100% determinadas por las municipalidades y queden congeladas en el tiempo como en California, según el ex candidato Parisi.

¿Dónde conversa eso con las propuestas del presidente electo Kast?

Poco, salvo quizás para negociar con esa bancada. El problema es que negociar con un IVA diferenciado por sector o por prestador huele a pescadería, porque termina generando distorsiones y complejidades en los mercados. Un ejemplo claro de una mala política de IVA la implementó el exministro Briones con su IVA a los servicios, que es mala no por el IVA como impuesto sino por las exenciones que negoció y que generan más orificios que colador.

¿Dónde sí puede conversar el próximo gobierno con el Partido de la Gente?

Por lo bajo, sobre la tasa del Impuesto de Primera Categoría, que Parisi abogó por disminuir al 20%-23%, para avanzar hacia un “FUT bien hecho”, como dijo en su momento el candidato Parisi, pero sin integrar ni cambiar el sistema, y en créditos a las personas naturales.

¿Qué otros cambios podemos esperar modestamente?

Hay mejoras sustanciales que se han logrado a través de los años sin ser los buques insignia, y un ejemplo claro fue el del segundo gobierno de Sebastián Piñera, que volvió a encauzar la norma de deducción de gastos tributarios cuyo espíritu original fue eludido por años por el SII.

Otro caso es la regulación sobre sostenibilidad tributaria del presidente Boric que convirtió el cumplimiento tributario en una especie de concurso de belleza con premios, corona y foto. Bien por éstas y por quienes apoyan tal proceso, tanto en el SII como en las universidades.

Pero entre aciertos y fracasos, podemos ver las grietas actuales del sistema:

  1. El marco regulatorio de las actuaciones automáticas del SII (díganle Inteligencia Artificial o Excel con esteroides) es insuficiente y el nivel de conflicto en relación con si el SII puede o debe bloquear o no la operación de un contribuyente crece tanto como el daño que tales medidas nucleares generan.
  2. Los procesos de fiscalización de precios de transferencia se han vuelto un real “el que baila pasa”, alejándose del espíritu de la ley, que es prevenir la erosión real, mas no de fantasía, de la base imponible de un contribuyente. Ello, en favor de una política de Teatinos 120 que piensa en esto como una forma de regatear por si vuela y recaudar si es que pueden. Total, el costo hundido lo tiene el Estado, no el contribuyente.
  3. La gobernanza del SII se percibe débil, con líderes buenos pero no del todo escuchados. Se habla de políticas centrales, de convenios con la DEDECON y con los Colegios de Contadores y de Abogados, y de metas asociadas a la atención de los contribuyentes. Pero hecha la regla a nivel central, hecha la trampa a nivel de ciertas unidades, con casos ampliamente difundidos en redes.

Todos estos temas se ven menores, pero en momentos en que se habla de dejar de cobrar contribuciones, preferiría colocar mi esperanza en que la energía política de este gobierno se enfoque en nivelar la forma en que administramos nuestro actual sistema tributario.

Para arreglar el desastre de regímenes fiscales que nos dejó el segundo gobierno de Michelle Bachelet, ya vendrán mejores momentos, y discusión queda para mucho. Mientras nosotros seguimos en el pasado venerando u odiando al FUT, el mundo discute la tributación de la economía digital, la tributación de los billonarios, los impuestos verdes por industria, e incluso ya ha avanzado en proyectar los desafíos fiscales de la cuarta revolución industrial de la mano de la inteligencia artificial y la infraestructura que la soporta. Avancemos con mirada de futuro, con un poquito de esperanza, pero con mucho realismo.  

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