En 1492 la reina Isabel financió un viaje para encontrar una ruta más corta a las Indias. El marino a cargo ni siquiera había hecho bien los cálculos y terminó topándose con un continente que nadie en Europa sabía que existía. No lo descubrió una ley, ni un buen presupuesto, ni un ministerio: lo descubrió alguien que puso dinero detrás de una apuesta que tenía muchas posibilidades que saliera mal.
Llevo años conectando capital con emprendedores y he visto que esa situación se repite en cada país que ha logrado despegar. La mayoría no se desarrollaron administrando bien lo que tenían, ni vendiendo materias primas, lo hicieron con visión, apostando por nuevas tecnologías y por gente dispuesta a jugársela sin garantía de resultado.
Holanda lo entendió antes que nadie. En 1600, para financiar expediciones de altísimo riesgo, un grupo de comerciantes inventó algo más poderoso que cualquier barco: la acción. Un papel que cualquiera —no solo un rey— podía comprar, vender y con el que cualquiera conseguía subirse a la apuesta y participar de lo que viniera. Sin proponérselo crearon la primera bolsa del mundo, y Ámsterdam fue el centro financiero de Europa por dos siglos. No democratizaron el oro: democratizaron el riesgo.
Inglaterra hizo lo suyo con la máquina de vapor, que ya existía, hasta que unos emprendedores textiles se atrevieron a construir fábricas enteras alrededor de ella generando la Revolución Industrial. California lo repitió en el siglo XX: los ingenieros que salieron de Fairchild Semiconductor a armar sus propias empresas atrajeron un capital que nadie sabía cómo llamar todavía. Ese capital se institucionalizó como Venture Capital, y financió después a Apple, a Google y a buena parte de la economía estadounidense.
Israel es un caso extremo: un país chico, sin petróleo, rodeado de conflictos, que decidió que su única ventaja competitiva posible era generar tecnología y respaldar a quien se animara a intentarlo. Hoy tiene más empresas listadas en Nasdaq per cápita que cualquier otro país del mundo.
Ninguno llegó a ser grande por tener más recursos naturales o más territorio. Alcanzaron el éxito porque hubo visión y porque alguien con capacidad de decidir, puso su capital detrás de un propósito incierto en vez de quedarse con lo conocido.
En Chile, el gobierno aprobó la Megarreforma que baja el impuesto corporativo y busca destrabar la inversión y mantener las reglas claras, un paso necesario para ser más competitivos; pero ninguna ley, por bien diseñada que esté, hará crecer una economía por sí sola.
La diferencia entre un ecosistema que despega y uno estancado es la cantidad de gente dispuesta a apostar por ellas. Nos falta, en el fondo, lo que a Ámsterdam le sobró: personas —no una, muchas— con capital y con estómago para ponerlo detrás de lo incierto.
De aquí en más, es quién en Chile está dispuesto a ser la Reina Isabel de la próxima apuesta. Y hasta cuándo vamos a seguir esperando que ese alguien sea siempre otro.