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Columnistas

El analgésico del peso fuerte

José Tomás Valente, CEO Betterplan

Por: Equipo DF

Publicado: Viernes 20 de febrero de 2026 a las 04:05 hrs.

En Chile, cuando el peso se aprecia, se instala una sensación de orden. El dólar baja, la UF deja de ser noticia por unos días y los titulares se vuelven optimistas, como si hubiéramos encontrado una fórmula elegante: “la inflación cede, el IPSA vuela, los emergentes vuelven”. Y es verdad: un peso más fuerte ayuda. Abarata el costo de nuestras importaciones, enfría parte de la inflación y facilita el trabajo del Banco Central. El problema empieza cuando confundimos ese alivio con una cura.

Pensemos en un analgésico. Quita el dolor y permite seguir el día, pero no repara el ligamento ni fortalece el músculo. El tipo de cambio puede funcionar igual: reduce un síntoma sin arreglar necesariamente los problemas que vienen de antes: finanzas públicas tensionadas, inversión tímida, productividad estancada, rigideces que frenan el empleo formal y una tramitación que transforma proyectos razonables en maratones.

“El riesgo de confundir un respiro momentáneo con una cura se agrava porque muchas de las fuerzas que empujan al peso no dependen de nosotros”.

El riesgo de confundir un respiro momentáneo con una cura se agrava porque muchas de las fuerzas que empujan al peso no dependen de nosotros. El precio del cobre, el apetito global por riesgo o los flujos hacia emergentes cambian de humor sin pedir permiso. A veces basta una sorpresa en China, un giro en las tasas internacionales, un evento geopolítico o un simple reordenamiento de portafolios para que el viento de cola se convierta en turbulencia. Si el plan de estabilización descansa demasiado en un viento externo, es un plan frágil.

Ahí aparece la tentación política coyuntural: cuando el dólar baja y los precios dejan de apretar, se vuelve fácil instalar la idea de que “vamos bien” y que lo esencial ya está resuelto. Pero una moneda temporalmente fuerte no sustituye finanzas públicas en orden ni una agenda seria de productividad. No acelera permisos ni mejora la competencia, no moderniza el Estado ni construye capital humano.

Por eso, las buenas noticias hay que celebrarlas con un matiz. Que la inflación se acerque a la meta, que estemos cerca de la tasa neutral, que el cobre aporte más ingresos y que el IPSA entregue retornos son avances reales. Pero también obligan a una pregunta incómoda: ¿estamos mejor porque resolvimos problemas de fondo, o porque el mundo nos está ayudando? La diferencia importa, porque lo primero se sostiene; lo segundo puede darse vuelta.

Chile puede —y debe— agradecer cuando el peso contiene la inflación y cuando la bolsa ofrece un buen año. El punto no es negar el alivio: es no enamorarse del analgésico. Los ciclos pasan. La productividad, en cambio, se construye. Y ese trabajo —el de fondo— no lo hará el dólar.

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