Margaret Thatcher rehizo la Gran Bretaña moderna. Su lista de logros es tan larga como extraordinaria. Su legado -domesticando los sindicatos, reduciendo el Estado, plantándose al comunismo- la convirtió en una política de importancia global.
Como primera ministra, Thatcher fue la líder más notable en tiempos de paz desde Gladstone. Revirtió la sensación de declive nacional y sigue siendo la figura con la que deben medirse todos los políticos británicos posteriores. Thatcher redefinió el liderazgo.
Tres décadas después, es difícil recordar el funesto estado del Reino Unido en 1979 cuando asumió. El “invierno del descontento” y la creciente inflación pusieron en duda la gobernabilidad del país. En el exterior, la Unión Soviética proyectaba una sombra amenazante sobre el mundo. Occidente parecía atrapado entre la debilidad y la duda. Su dupla transatlántica conservadora con el presidente Ronald Reagan ayudó a cambiar la corriente con la liberalización en casa y la búsqueda de la paz mediante la fuerza en ultramar.
Thatcher era una política de convicciones, lo que hace recordar que la política se trata de tomar decisiones, muchas veces duras. La generación actual de políticos de focus group harían bien en aprender de su ejemplo.
Requirió agallas imponer reformas a los sindicatos, como terminar con la sindicalización obligatoria, y superar la oposición empresarial, horrorizada por el costo de bajar la inflación. Thatcher también asumió los riesgos de enfrentar la dictadura argentina tras la invasión de las islas Malvinas.
Defendió la virtud de la aspiración, vinculada a sus raíces de clase media. Su decisión de vender viviendas municipales a sus arrendatarios fue un golpe de genio político. Representó los “valores victorianos” de autodependencia, eliminando la mano muerta del Estado.
La misma verdad se aplica a las audaces primeras decisiones económicas, en especial la flexibilización de los controles del tipo de cambio y el programa de privatizaciones que luego afectó a British Telecom y otros servicios públicos. En su segundo mandato fue más allá al liberalizar la bolsa y abrir la puerta a nuevas ideas y capitales de ultramar. Su impacto ha sido duradero. Ninguno de sus sucesores se ha atrevido a modificar su obra. De hecho, consultada una vez sobre su mayor logro, habría dicho: “Tony Blair”.
Blair fue, de hecho, un importante beneficiario de estos cambios. Aunque rindió tributo a la dama de hierro, fue capaz de ocupar el punto intermedio y ganar tres mandatos sucesivos con amplias mayorías.
A nivel mundial, su influencia creció a lo largo de su gobierno. Junto al canciller alemán Helmut Kohl y EEUU apoyó el despliegue de misiles nucleares en Europa. Y reconoció tempranamente que la llegada de Mijaíl Gorbachov a Moscú marcaba un cambio genuino.
En Europa, su legado es más mixto. Sus primeros encuentros con los líderes del continente fueron duros, pero también apoyó el mercado único que eliminó barreras al capital, los bienes y el comercio. Sin embargo, no comprendió que Europa era un proyecto político y económico.
Fue una política con todas sus imperfecciones. Sus virtudes superan sus defectos, pero al final su deseo de control alejó a figuras capaces y poderosas de su gabinete, y llevó a su caída.
La crisis financiera global otorga una perspectiva fresca a su mandato. La desregulación y liberalización ya no están de moda, pero el Estado sólo ha regresado de forma temporal para una nacionalización parcial de los bancos. Eso sólo puede ser para mejor. Vale la pena conservar su legado de aspiración individual y autoavance, al igual que su modelo de liderazgo firme.
Thatcher sigue siendo la figura con la que deben medirse todos los políticos británicos posteriores.