“Nuestras instituciones no están preparadas para gobernar máquinas que toman decisiones”. Esas fueron las palabras de António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, en el marco del primer Diálogo Global sobre Gobernanza de la Inteligencia Artificial (IA), donde se debatieron temas como la seguridad, la rendición de cuentas y la supervisión humana vinculada a esta tecnología, junto a una alerta sobre los riesgos crecientes y la escasa participación del Sur Global en las discusiones.
A un panorama similar llegamos hace algunos días en la III Cumbre ABAC sobre Desafíos y Estrategias Digitales en Asia Pacífico realizada en Tailandia. Una de las conclusiones es el aumento de la brecha entre economías desarrolladas y en desarrollo en torno al ritmo de adopción y regulación de la IA. Mientras las primeras lideran la construcción de marcos regulatorios, el resto avanza con mayor rapidez en su implementación gracias a estructuras más flexibles.
La velocidad, sin embargo, no puede convertirse en el único indicador de éxito. La IA ya está participando en decisiones que afectan la vida de las personas, como procesos de selección laboral, diagnósticos médicos, asignación de créditos o detección de fraudes. En todos estos ámbitos, la eficiencia que promete la tecnología debe ir acompañada de responsabilidad, transparencia y supervisión humana.
“El desafío no es construir organizaciones donde las personas trabajen para la IA, sino que ésta ayude a ampliar las capacidades de las personas”.
Y es que existe una preocupante tendencia de entender la innovación como un proceso de reemplazo de personas por sistemas automatizados. Pero la verdadera transformación ocurre cuando el criterio humano, en vez de desaparecer, se fortalece por la tecnología. El desafío no es construir organizaciones donde las personas trabajen para la IA, sino que ésta ayude a ampliar las capacidades de las personas.
En ese contexto cobra mucha relevancia el concepto de human in the loop, o mantener siempre a un ser humano participando activamente en las decisiones críticas. Este no es un obstáculo para la innovación, sino una condición para mayor confiabilidad, ya que la supervisión humana permite detectar sesgos, interpretar contextos, ponderar variables éticas y asumir la responsabilidad cuando las decisiones tienen consecuencias relevantes para las personas o las comunidades.
Las organizaciones que liderarán esta nueva etapa no serán necesariamente las que automaticen más procesos, sino aquellas capaces de combinar excelencia tecnológica con gobernanza. Eso implica establecer reglas claras sobre responsabilidad y rendición de cuentas, especialmente frente a sistemas de IA cada vez más autónomos. Además, hay que fortalecer las capacidades de los trabajadores para interactuar con estas herramientas y definir qué decisiones deben permanecer siempre bajo control humano.
La historia reciente ofrece una lección importante. Con internet reaccionamos tarde frente a fenómenos como la desinformación, la concentración de datos o la ciberseguridad. Con la IA tenemos la oportunidad de anticiparnos, construir marcos regulatorios ágiles, infraestructura digital robusta y espacios de debate permanente para aprovechar su enorme potencial.
Innovar no puede remitirse sólo a incorporar las herramientas más avanzadas. También implica desarrollar organizaciones capaces de utilizarlas con criterio, resguardando la confianza de las personas. Si las máquinas ya pueden recomendar, predecir e incluso decidir, el verdadero diferencial debe seguir siendo profundamente humano.
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