La revolución de la educación ya comenzó
MARÍA JOSÉ GUTIÉRREZ CORREA DIRECTORA EJECUTIVA DE GRUPO ENOVUS
Para muchas personas, el estudio comienza cuando termina el trabajo. Algunas revisan contenidos camino a casa; otras esperan a que los niños duerman. Son rutinas exigentes, impulsadas por una misma convicción: aprender para abrir nuevas oportunidades y construir un futuro distinto.Durante décadas organizamos la educación pensando en jóvenes de 18 años que podían estudiar. Pero Chile cambió. Hoy también pertenece a quienes trabajan, tienen hijos, viven lejos de los grandes centros urbanos o decidieron reinventar su trayectoria profesional.
El Informe de Matrícula en Educación Superior 2026 del SIES confirma que este cambio dejó de ser una tendencia. La matrícula de pregrado a distancia alcanzó 207.089 registros, equivalentes al 15,1% del total. Desde 2022, aumentó un 84,5%, y por primera vez desde que existen registros, además, superó a la jornada vespertina.
Detrás de esas cifras hay trabajadores que actualizan sus competencias sin renunciar a su empleo; madres y padres que estudian entre responsabilidades familiares; personas que viven lejos de Santiago, y adultos que decidieron comenzar una nueva etapa.
“La verdadera revolución de la educación es haber demostrado que aprender ya no tiene una edad, un horario ni un lugar determinados”.
Las personas de 35 años o más representan el 14,3% de la matrícula de pregrado y explicaron el 38,2% de su crecimiento durante el último año. Volver a estudiar no significa empezar de cero, sino avanzar desde la experiencia acumulada.
La verdadera revolución de la educación es haber demostrado que aprender ya no tiene una edad, un horario ni un lugar determinados.
En un mercado laboral marcado por la inteligencia artificial, la automatización y la transformación de las industrias, es poco realista pensar que una formación obtenida a los 20 años podrá acompañarnos por años. Aprender durante toda la vida dejó de ser una ventaja, ahora es una condición para mantenerse vigente.
Por eso, el crecimiento de la educación online no debería plantearse como una competencia entre lo presencial y lo digital. La discusión no es si alguien aprende frente a una pantalla o en una sala de clases, sino si recibe una formación pertinente, rigurosa y capaz de mejorar sus oportunidades.
Una buena experiencia educativa digital exige mucho más que tecnología: requiere diseño académico de excelencia, acompañamiento permanente, evaluaciones rigurosas y una comunidad que fortalezca el vínculo con cada estudiante. El desafío es acompañar esta transformación con estándares claros y políticas públicas que comprendan trayectorias educativas cada vez menos lineales. También debemos avanzar en conectividad y competencias digitales, porque la flexibilidad solo amplía oportunidades cuando existen las condiciones para aprovecharla.
Durante años hablamos de la educación online como si fuera el futuro. Las cifras muestran que ya es parte del presente. La revolución ocurre cuando una persona termina su jornada laboral y comienza otra: la de construir nuevas oportunidades a través del aprendizaje.
Nuestra responsabilidad es construir un sistema educativo capaz de estar a la altura de ese esfuerzo.
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