El vacío del multilateralismo
La captura de Nicolás Maduro por parte de EEUU en suelo venezolano ha abierto un debate inevitable sobre los límites del derecho internacional, el uso de la fuerza y el respeto a las normas que rigen el sistema multilateral. Las interrogantes son múltiples, desde la legalidad de la operación hasta sus efectos sobre la estabilidad regional y el precedente que instala en el orden global. Sin embargo, el episodio también ha expuesto el creciente vacío que han dejado los organismos internacionales frente a la incapacidad de resolver crisis prolongadas que socavan el orden democrático.
La detención de Maduro se produjo en el marco de un profundo colapso económico, deterioro institucional, crisis migratoria y violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Durante la última década, la comunidad internacional desplegó misiones de observación, informes, resoluciones y declaraciones de condena, sin lograr alterar la dinámica de poder en Caracas. Aunque por razones distintas, bajo el argumento de cargos por narcoterrorismo y amparado en la protección de la seguridad nacional de EEUU, el Gobierno de Donald Trump optó por una vía unilateral y directa, prescindiendo deliberadamente del marco multilateral.
El problema no es la inexistencia de reglas, sino su progresiva irrelevancia frente a actores dispuestos a ignorarlas.
Todo ello condujo a una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU, donde hubo un rechazo mayoritario ante una acción que tensiona los principios de soberanía y no intervención. Sin embargo, la convocatoria también dejó en evidencia que el sistema multilateral tiende a activarse con intensidad cuando los hechos ya se han consumado, no cuando aún existe margen político y diplomático para prevenirlos.
La crítica no apunta a la inexistencia de reglas, sino a su progresiva irrelevancia frente a actores dispuestos a ignorarlas y a la falta de mecanismos eficaces para hacerlas cumplir. Un Consejo de Seguridad paralizado por vetos cruzados; agencias multilaterales limitadas a informes y exhortaciones; y organismos regionales atrapados en divisiones políticas conforman un entramado que diagnostica bien, pero actúa con extrema debilidad frente a crisis prolongadas.
En el ámbito hemisférico, la actuación de la OEA -concebida para resguardar la democracia y la estabilidad en el continente- se tradujo en resoluciones sin capacidad vinculante o efectos concretos en Venezuela. Tal debilidad permitió a Maduro ganar tiempo, profundizar el control interno y exportar su crisis a toda la región, desde flujos migratorios desbordados hasta redes criminales.
El escenario se vio agravado por el estilo de liderazgo de Trump, para quien el respeto a las reglas pareciera ocupar un lugar secundario frente al ejercicio del poder. La operación en Venezuela se inscribe, así, en una lógica más amplia, que abre nuevas interrogantes sobre la respuesta de la comunidad internacional ante las veladas advertencias que el mandatario estadounidense ha dirigido hacia México, Colombia o Dinamarca, en un contexto donde la diplomacia transaccional podría terminar imponiéndose al apego a los consensos institucionales.
La defensa del derecho internacional no puede sostenerse únicamente en declaraciones y condenas tardías. La urgencia no es solo preservar el multilateralismo, sino renovarlo, dotarlo de mayor capacidad de acción y credibilidad, y redefinir sus herramientas para enfrentar crisis complejas antes de que la inacción vuelva a ser reemplazada por la lógica de la fuerza.
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