¿Una Buenaventura 2.0 para las telecomunicaciones?
Óscar Cabello, ingeniero civil electricista; e Israel Mandler, ingeniero comercial
El aterrizaje de Millicom en Chile es una buena noticia, porque seguirá habiendo un mercado con cuatro competidores relevantes, a pesar de quienes pregonaron que debía ser reducido a tres para mejorar la situación financiera de la industria. Nunca estuvimos de acuerdo con esa idea porque ninguna persona -por experta que sea- puede determinar cuántos operadores caben en un mercado; el único que puede hacerlo es el propio mercado, pero para ello es preciso que sus puertas se mantengan abiertas.
“Las finanzas de la industria no atraviesan su mejor momento, pero la solución no pasa por reducir la competencia, sino los costos”
Es cierto que las finanzas de la industria no atraviesan por su mejor momento, pero la solución no pasa por reducir la competencia de manera artificial sino que por reducir costos, por ejemplo en energía eléctrica, sitios para antenas, permisología, acceso al espectro, planes comerciales y proyectos deficitarios, introducción forzada de nuevas tecnologías o economías de escala.
Hablemos por el momento de las economías de escala, típicas en esta industria, que no pueden ser bien aprovechadas cuando hay muchos competidores. La actual telefonía móvil se inició en Chile a fines de los ‘80 del siglo pasado, cuando Subtel adjudicó la banda de 850 MHz con tecnología AMPS, que permitía que dos operadores compitiesen en cada zona geográfica. Bellsouth y Movistar obtuvieron las concesiones de las regiones de Valparaíso y Metropolitana, y Entel y VTR el resto del país. Sin embargo, Entel y VTR, pese a que eran competidores, tuvieron una buena idea: construyeron una sola red para ambas, mediante una sociedad conjunta que se llamó Buenaventura, que les permitió aprovechar las economías de escala para reducir sus costos y ser más competitivos.
Pero a mediados de los ‘90, cuando Subtel adjudicó la banda de 1.900 MHz, el país pasó a contar con cuatro operadores nacionales compitiendo entre sí y los socios de Buenaventura -por su propia voluntad- decidieron ponerle término; ninguna autoridad intervino ni en la creación ni en el fin de Buenaventura.
Sin embargo, en las actuales circunstancias, caracterizadas por una alta presión competitiva, tal vez cabría pensar en una Buenaventura 2.0 (o en dos), para enfrentar en mejor forma el desarrollo futuro de esta industria. Pero esta nueva Buenaventura, dada su magnitud e impacto, sí requeriría ser condicionada y aprobada por la FNE y eventualmente por el TDLC. Subtel, además, debería exigir que ciertas partes de la misma sean redundantes, de modo que frente a fallas se pueda mantener el servicio para todos los usuarios, aunque sea con una menor velocidad de navegación.
Resolver este tipo de problemas -para que el país siga contando con un mercado muy competitivo, pero financieramente sano- estará esencialmente en las manos del Estado y de los propios operadores.
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