Los tijerales son una fiesta popular chilena, una tradición que no se encuentra en otras partes del mundo, explica el arquitecto Rodrigo Santa María Monckeberg. Tijerales es el nombre del proyecto que representará a nuestro país en la Bienal de Arquitectura de Venecia y que se inspira en esta particular celebración y en el sistema constructivo de cerchas. Junto a los arquitectos Jael Rodríguez y Ariel Carrión, Santa María es el autor. “A ambos los conozco de potrillos porque fueron alumnos míos, después ayudantes y los convoqué para que presentáramos este proyecto donde yo soy el curador, Jael lleva la investigación y diseño artístico y Ariel es el encargado de montaje y producción”, apunta.
Do Architecture. For the Possibility of Coexistence Facing a Real Reality es el título de la próxima bienal que se emplazará en el sector de Arsenale, y cuyos curadores son los arquitectos chinos Wang Shu y Lu Wenyu.
“A diferencia de otros años, se trata de una curatoría bastante amplia, pero que supone una crisis de la arquitectura. Hay algo interesante, y que se viene conversando: existe una arquitectura abstracta, otra más comercial y un espacio para preguntarse sobre cuál es el rol del arquitecto hoy. Así lo interpreto yo”, define Santa María.
A partir de ese planteamiento nace la idea de Tijerales, proyecto que pone a los obreros de la construcción en primer lugar y que evoca la fiesta que tiene lugar en determinado momento de la obra cuando se instalan los tijerales, también conocidos como cerchas, que sostendrán el techo.
“Es muy lindo porque aquí todos sabemos qué son. Es una palabra chilena y una costumbre local. La tradición celebra que la obra gruesa terminó y que la casa no se va a caer, lo cual yo se lo adjudico a nuestra condición sísmica”, plantea el arquitecto.
Los maestros entonces clavan una bandera de Chile que significa que el mandante o dueño de la futura casa en construcción debe ponerse con un asado y compartir con los trabajadores. “Es una fiesta social donde los protagonistas no son ni el arquitecto ni el mandante, son los obreros. Muchas veces se toca guitarra, se cuentan chistes, salen las gracias de cada maestro y se disfruta de un asado”. Incluso existe la creencia, apunta Santa María, de que sin tijerales la casa corre peligro. Lo cual podría ser mito o sabotaje, agrega riendo.
Como arquitecto dice que le interesan conceptualmente las obras inconclusas, construcciones que utilizan materiales de otras obras y que no se sabe si están empezando o terminando. Las cerchas o tijerales en ese sentido representan las costillas de una casa. De hecho, uno de sus referentes es el esqueleto de ballena que se exhibe en el Museo de Historia Natural Río Seco en Punta Arenas. “Me interesa que sea como un ser vivo flotando en medio de un galpón”, comenta.

La instalación
La estructura, describe el arquitecto, consiste en una viga de 20 metros de largo que cuelga de una grúa y de la cual se sostienen 22 cerchas de pino ubicadas a 60 centímetros de distancia la una de la otra: “Cada una tiene instalada en sus puntas un medidor láser que apunta al suelo, midiendo la distancia entre esta estructura tijeral que trata de equilibrarse con el suelo inestable de Venecia”.
Cuenta que harán un llamado de Arica a Punta Arenas para que la gente mande fotos de tijerales, con su nombre, localidad y año. Con esas imágenes crearán una obra pictórica que se expondrá en el pabellón, una especie de muro repleto de tijerales que den cuenta también de nuestra geografía y rostros. “Me interesa mucho que el pabellón sea la representación de todos los chilenos y no una muestra sólo para arquitectos, queremos que sea entendible y que cualquiera se sienta partícipe. El proyecto plantea una visión contemporánea del acto constructivo y resalta la sabiduría y el conocimiento del obrero”, sostiene.
También piensa proyectar en el suelo del pabellón un video que muestre una fiesta tijeral real filmada por un dron. Y habrá un mesón sostenido por caballetes de madera donde se desplegarán catálogos y textos de los años ‘70 que enseñaban a construir. Rodrigo menciona a Euclides Guzmán, un arquitecto y profesor chileno que formó a muchos obreros y que es el autor de Curso elemental de edificación.
Para el día de la inauguración, la idea es organizar un gran asado tipo tijeral. Dice que algunos cocineros ya se han ofrecido para hacerse cargo de la parrilla.
En total el presupuesto que otorga el Ministerio de Cultura (ver recuadro) es de $ 180 millones, de los cuales $ 38 millones corresponden a este año y el resto a 2027. En estos momentos Rodrigo está copado de reuniones para organizar la logística y el equipo que participará en la creación del pabellón. Está en contacto con empresas en Italia que se dedican a este tipo de montajes. “Es un proyecto súper simple. Lo pensamos así, que sea fácil de montar y económico, siguiendo el concepto de Tijerales”, señala. También está contactando diseñadores para definir la gráfica de los catálogos y la museografía. Y buscando a un equipo de comunicaciones, misión que considera fundamental.
- Este año el Pritzker se lo ganó Smiljan Radić, sumado al de Alejandro Aravena, nos da una visibilidad particular para ser un país chico. ¿Es esta bienal una oportunidad para resaltar?
- Debería ser. Eso depende de nosotros como curadores y de la estrategia del Ministerio. Por mi parte, por supuesto que creo que es un momento que Chile debe hacer visible. Tenemos esa oportunidad y hay que saber aprovecharla.
Será su cuarta vez en Venecia, ciudad donde viajó en 2016, 2017 y 2018 como profesor ayudante a cargo de alumnos que participaron de los talleres que tienen lugar durante un mes en verano en el marco de la bienal. “Invitan a grandes arquitectos de todas partes del mundo a dictar clases. Estar en Venecia durante la bienal es muy loco, la conversación gira naturalmente en torno a la arquitectura. Es un espacio de creatividad constante y la posibilidad de vincularse con arquitectos y artistas de primer nivel durante un mes”, comenta.
Aún no tiene definidas las fechas de su próximo viaje, pero calcula que será unas tres semanas previas a la inauguración. Enfatiza que el pabellón permanecerá abierto durante más de seis meses y la idea es generar instancias durante ese tiempo, más allá de la inauguración.
Vista cenital de un fiesta de tijerales, imagen de referencia que usó el equipo a cargo del pabellón.
“Hay una crisis del humanismo”
Frente a las amenazas que plantea la inteligencia artificial (IA), Rodrigo cree que podría haber una revalorización de los oficios y la manualidad. “Nos pasamos para el otro lado de la eficiencia, le pusimos números a todas las cosas y como este país es bueno para subirse a los carros, el humanismo parece que desapareció. Me parece que hay una crisis del humanismo. Para mí, arquitectura es una carrera por esencia humanística. Tenemos mucho que decir culturalmente y siento que me dieron una posibilidad potente para hablar de eso. No olvidemos que el humanismo es lo que nos hace relacionarnos, entender los problemas profundos y saber enfrentarlos. En este minuto me están dando una ventana para afirmar esa idea y defenderla”, plantea.
Es profesor de Taller 1 y de un diplomado de Arquitectura efímera en la Universidad San Sebastián, y lleva 20 años como profesor en distintas casas de estudios. “Arquitectura es una carrera que está desprestigiada, creo que los arquitectos hemos perdido un rol público. Nuestra opinión suele ser muy hermética, muy para los arquitectos. Tenemos dos Pritzker y creo que no le hemos sacado el jugo como país. Debiéramos ser un país en que hablemos en serio sobre cómo se hacen las ciudades o sobre el valor de la arquitectura, pero muchos no entienden bien qué hacemos los arquitectos”.
- ¿Será que el lenguaje arquitectónico se distancia del común de las personas?
- Soy más duro y pienso “ponle un poquito de empeño y trata de entenderlo”. No creo que haya que explicar por qué lo que hacemos es relevante. Y si se entiende poco, hay que indagar un poquito más. Yo formo arquitectos y no me importa demasiado si el día de mañana se dedican o no a la arquitectura, me importa que sean buenos seres humanos. La carrera de arquitectura es preciosa, te entrega herramientas que te ayudan a entender qué es la sociedad, qué significa habitar un planeta. Esa es la formación que defiendo.
- ¿Existe la idea de que arquitectura es una carrera de mucho sacrificio y poca ganancia?
- Sí, está la idea de que se estudia mucho, noches sin dormir y después no se gana ni uno, entonces hay que ser súper apasionado. Pero yo espero que en cualquier carrera haya que ser apasionado y no por eso se tiene que pagar mal. Es complejo, pero insisto en que tiene que ver con la crisis de las humanidades. Criticamos los problemas de seguridad, de conexión y de edificación que tenemos en la ciudad, pero desconocemos la importancia de la buena calidad arquitectónica, y eso es lamentable.

Músico y escritor
El profesional, que es hermano de la periodista Constanza Santa María y de la actriz Antonia Santa María, es además músico y escritor. En 2018 publicó Tacet, una novela que narra la experiencia de un grupo de personas que deciden voluntariamente guardar silencio. Rodrigo cuenta que se mantiene escribiendo una obra de ficción y en paralelo también artículos, ensayos, investigaciones informales y conceptualizaciones.
“La música la tengo fuera de mi camino en este minuto por diversas razones”, dice.
Como cantante y compositor lideró la banda Santa María y lanzó tres discos: Ceniza (2012), Imperio (2015) y Tiempo de sangría (2018). “En la pandemia pensé que me iba a encerrar y hacer un gran disco y en vez me puse a dibujar”, confiesa. Sí comenta que se alegra de que la música urbana que se había apoderado de la escena nacional finalmente esté cediendo espacio a otros géneros. “Le dimos chance a cosas que no valen la pena para nada, entonces cuando veo que han aparecido bandas nuevas como Candelabro, me vuelve el alma al cuerpo. Jóvenes que son músicos, que tocan instrumentos y tratan de generar un concepto artístico con un discurso profundo, al fin”, celebra.
Es menos entusiasta respecto de las nuevas generaciones: “Tengo alumnos de 18 a 22 años hace 20 años, y, en general, cada año leen menos. Eso se nota en el vocabulario, en la conceptualización, pero también en la capacidad de entender otros mundos. No veo más espesor, veo sólo más celular”.
La polémica del concurso
La semana pasada el ministro de Cultura, Artes y Patrimonio, Francisco Undurraga, llamó por teléfono a Santa María para anunciarle que su proyecto era el ganador. El arquitecto cuenta que hace seis años había postulado junto a su exsocia Macarena Urzúa y en esa oportunidad consiguieron una mención honrosa.
Este año el proceso fue polémico. El arquitecto Cristóbal Molina, quien ha sido el encargado de organizar la participación de Chile en las bienales de arquitectura hace 12 años y el comisario del Pabellón de Chile que ganó el León de Plata en 2014, convocó a un jurado de excelencia compuesto por Alberto Sato, Sofía Von Ellrichshausen, Enrique Walker Rosenberg, Fernando Pérez Oyarzún, Mathias Klotz Germain, Serena Dambrosio y Alejandra Celedón.
En esta edición, por primera vez, las postulaciones eran anónimas, una medida que tendría como propósito que los ganadores no sean “siempre los mismos”.
El jurado se reunió presencialmente y escogió cinco proyectos, de los cuales el de Santa María ocupaba el primer lugar. Pero el 27 de septiembre la Subsecretaría de las Culturas anuló el concurso argumentando incumplimientos formales y fallas en la plataforma de evaluación. “No han podido explicar bien en qué consistía el error, uno pensaría que los asuntos administrativos son solucionables. Nos llegó una resolución a los que participamos diciendo ‘el concurso no va’”, dice el arquitecto.
A Molina se le encargó convocar a un nuevo jurado para abrir otro concurso, éste se negó y presentó su renuncia. Entonces la presión que generó el Colegio de Arquitectos, la Asociación de Oficinas de Arquitectos (AOA), la prensa y el jurado representado por Alejandra Celedón, quien criticó fuertemente la medida, hizo que el ministro Undurraga se involucrara y determinara validar el concurso original y ratificar a los ganadores.
Rodrigo dice que no le sorprendió demasiado al enterarse que Tijerales era el ganador: “Teníamos un proyecto súper bueno. Uno sabe cuando tiene algo competitivo”.
Tijerales de la Iglesia de los Sacramentinos en 1930, imagen de referencia.