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Columnistas

A un año del America First 2.0

MATÍAS PINTO PIMENTEL Partner GeoGig Consulting

Por: Equipo DF

Publicado: Martes 20 de enero de 2026 a las 04:02 hrs.

Hace exactamente un año, Donald Trump asumió su segundo mandato como Presidente de Estados Unidos. Parece más. Ha sido una vorágine de medidas y confrontaciones políticas, unas con mayor impacto que otras, pero pocas indiferentes. Ha coaptado la agenda y la atención del mundo. Trump regresó con una visión explícita de lo que quiere hacer. Se siente investido de un mandato casi divino.

En el ámbito internacional, EEUU ha profundizado su repliegue del multilateralismo y ha incrementado la presión sobre aliados y rivales por igual, adoptando una visión del sistema global en la que las reglas ceden frente al poder. Trump entiende la política internacional en lógicas de fuerza y reduce la diplomacia a un ejercicio transaccional, esencialmente de suma cero, en el que no hay soluciones compartidas, sino vencedores y perdedores.

“No nos confundamos. Aunque Trump sugiera que su único límite es su conciencia, sabe que gobierna dentro de una democracia y enfrenta contrapesos reales”.

Este comportamiento suele interpretarse como aislacionismo, pero esa lectura es equivocada. Trump no se ha retirado del mundo. Por el contrario, se ha involucrado activamente, participando en la resolución de ocho conflictos armados y utilizando directamente la fuerza militar, aunque de manera distinta. Privilegia acciones breves, intensas y de bajo costo político, evitando guerras largas y despliegues prolongados de tropas en terreno.

Hay que entender, además, la referencia a la Doctrina Monroe no como un gesto expansionista, sino todo lo contrario, como un reconocimiento tácito de que EEUU ya no puede ejercer su poder globalmente. Es un repliegue estratégico, propio de un escenario multipolar -aunque persiste la duda de si no estamos frente a una Guerra Fría 2.0- que implica priorizar aquellas esferas donde el poder aún puede ejercerse de manera decisiva.

Pero Trump no tiene una doctrina definida ni está constreñido por una. Opera caso a caso. Si hubiera que ubicarlo en alguna categoría, sería más preciso pensarlo como un líder de fines del siglo XIX, mercantilista, transaccional, escéptico del libre comercio y convencido de que el poder es el principio rector de las relaciones entre Estados.

Pero no nos confundamos. Aunque Trump sugiera que su único límite es su conciencia, sabe que gobierna dentro de una democracia y enfrenta contrapesos reales. El poder judicial, que ya le ha fijado límites concretos; el Congreso, decisivo frente a cualquier uso de la fuerza -razón por la cual Trump habla de “comprar” Groenlandia-; la Fed; Wall Street; y, finalmente, las elecciones de medio término, delimitan su accionar.

Son restricciones que otros líderes de las “otras” esferas de influencia no enfrentan. Por eso resulta llamativo que muchas democracias liberales -molestas con las acciones de Trump- opten por un acercamiento a ellos como si olvidaran que esos actores carecen efectivamente de contrapesos y límites internos, una decisión estratégica cuyos riesgos tienden a subestimarse.

A un año de iniciado este segundo mandato, lo que sí está claro es que el mundo ya no es el mismo.

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