Cómo (proteger) ayudar a los consumidores financieros
SANTIAGO TRUFFA, académico de la Escuela de Negocios UAI
Pedir un crédito parece simple, pero pocas decisiones financieras son tan difíciles de tomar bien. Los contratos son largos y opacos, las comisiones se esconden en la letra chica, y comparar entre productos distintos puede ser casi imposible sin conocimiento especializado. Eso deja a muchas familias expuestas a pagar más de lo que deberían o a equivocarse en compromisos que duran años.
La respuesta habitual de los gobiernos es regular. Pero regular también puede salir mal. El caso de la Tasa Máxima Convencional (TMC) en Chile lo ilustra bien: su lógica es intuitiva —si los intereses son muy altos, el Estado fija un techo—, pero sus efectos no son tan simples. Cuando el techo baja demasiado, algunos consumidores dejan de ser rentables para los bancos y simplemente quedan fuera del mercado formal. No aparecen como perjudicados en ningún dato, porque la transacción nunca ocurrió. La evidencia muestra que una reducción en el tope regulatorio puede bajar las tasas un 9%... pero también reducir el número de créditos otorgados en un 19%. Proteger en una dimensión puede excluir en otra.
¿Existe entonces una mejor forma de ayudar? La investigación sugiere que sí. Un estudio sobre una reforma chilena de 2011 muestra que cuando los contratos de crédito empezaron a mostrar de forma clara y comparable el costo total del préstamo —cuota mensual, cargos, costo anual equivalente—, la morosidad cayó. No porque el Estado prohibiera nada ni fijara precios: simplemente porque las personas entendían mejor lo que estaban firmando. Hacer visible lo que antes estaba escondido resultó ser una intervención poderosa y de bajo costo.
“Pedir un crédito parece simple, pero pocas decisiones financieras son tan difíciles de tomar bien”.
Pero hay más. Otro estudio, basado en un experimento con más de 100 mil personas buscando crédito en Chile, encontró que los consumidores tienen creencias equivocadas sobre el mercado: subestiman cuánto varían las tasas entre distintos prestamistas, y eso hace que no busquen ni negocien lo suficiente. Cuando se les mostró una herramienta con información real sobre lo que habían pagado personas similares, su comportamiento cambió: negociaron más, recibieron más ofertas y obtuvieron tasas más bajas. La tecnología, bien usada, puede corregir una falla de información que el mercado por sí solo no resuelve.
La lección no es que el Estado no deba intervenir. Es que el tipo de intervención importa mucho. Intervenciones enfocadas en mejorar la información con la que cuentan los consumidores, o que les otorgan herramientas que informan sus decisiones, tienen efectos positivos y a un precio más bajo que la actual exclusión de segmentos de la población del mercado formal de crédito.
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