Si en las últimas semanas ha tenido la sensación de que el paso por la caja del supermercado duele un poco menos, o que vitrinear online ya no genera la misma culpa inmediata, puede que no sea solo optimismo estacional. Algo parece estar cambiando en el ánimo y en el bolsillo del consumidor chileno. Con un cobre en niveles históricamente altos, un dólar que ha dado un respiro y una inflación que, tras años de rebeldía, comienza a alinearse, el escenario que se abre hacia 2026 luce, al menos, más amable.
A eso se suma el factor menos tangible, pero igual de relevante, que es una percepción de mayor estabilidad, una sensación de que el suelo dejó de moverse bajo los pies. En ese contexto, los resultados de la Encuesta Casen 2024 llegan como una confirmación de que los brotes verdes no son solo una ilusión óptica.
“No estamos frente a un retorno al gasto desinhibido, pero sí en un escenario donde el consumo deja de ser una fuente de ansiedad para volver a ser una forma de bienestar”.
Los datos muestran avances que, sin ser motivo para celebraciones grandilocuentes, sí permiten moderar el pesimismo. La pobreza por ingresos retrocede de manera significativa, y lo mismo ocurre con la pobreza multidimensional y la pobreza severa. Son cientos de miles de personas que dejan atrás situaciones de alta vulnerabilidad, lo que no solo tiene un impacto social evidente, sino también consecuencias económicas concretas.
Sin embargo, hay un dato que resulta especialmente revelador para entender el momento que atraviesa el consumo. La clase media sigue creciendo y consolidándose como el grupo mayoritario del país. No solo aumenta su tamaño, sino que también se expande el segmento de mayores ingresos. En paralelo, los indicadores de desigualdad muestran una leve pero persistente mejora, configurando un mercado más amplio y, sobre todo, más resiliente.
Este ensanchamiento de la base de consumidores importa y mucho. Significa que hay más hogares con empleo, con ingresos relativamente estables y con una mayor capacidad para planificar gastos más allá de la mera sobrevivencia. No se trata de abundancia, pero sí de un piso más firme desde el cual decidir.
¿Qué implica esto para el consumo? Probablemente, una disposición gradual a soltar amarras. No estamos frente a un retorno al gasto desinhibido, ni a un festival de compras impulsivas, pero sí a un escenario donde se vuelve plausible cambiar ese electrodoméstico que ya cumplió su ciclo, renovar algo de la casa o darse un gusto largamente postergado. El consumo deja de ser solo una fuente de ansiedad para volver a ser una forma de bienestar.
El 2026, al menos en su arranque, parece soplar con viento a favor. La mesa del verano, después de la playa, está servida y hay un par de cosas más para ponerle al pan. Con una clase media más ancha, mayor seguridad económica y un entorno macro menos hostil, el miedo empieza a ceder espacio. Siempre será prudente cuidar los gastos, pero el contexto actual da cierta licencia para mirar el futuro, y las vitrinas, con otros ojos. Quizás, solo quizás, ha llegado el momento de volver a disfrutar del consumo sin tanta culpa.
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