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Columnistas

La “Constitución” de las máquinas

MANUEL BLANCO CLARO Socio de Blanco Abogados y director del departamento de Derecho Corporativo, universidad Finis Terrae

Por: MANUEL BLANCO CLARO

Publicado: Jueves 30 de julio de 2026 a las 04:03 hrs.

The Economist documentó recientemente que las grandes tecnológicas contratan filósofos con sueldos de seis cifras. Anthropic tiene a Amanda Askell escribiendo la “Constitución” de Claude; Google DeepMind cuenta con Iason Gabriel y Henry Shevlin; y Sam Altman dice que OpenAI empleó “cientos” de filósofos morales para las reglas de ChatGPT. El fenómeno confirma algo que Platón, los estoicos y los iusnaturalistas como Santo Tomás de Aquino sostienen hace siglos: ninguna técnica es neutra, y todo poder exige una ley moral que lo limite. Pero también admite sospecha: puede ser “ethics-washing”, filosofía convertida en marketing, financiada por accionistas que esperan retorno, no virtud.

El debate, sin embargo, no nació en las oficinas de Silicon Valley. Ya en mayo, el papa León XIV dedicó su primera encíclica, “Magnifica Humanitas”, enteramente a la Inteligencia Artificial (IA). Su tesis central es que la IA “no puede considerarse moralmente neutra” y debe ser “desarmada” para que no termine dominando al ser humano ni concentrando el poder en pocas manos. No es menor que, en la presentación del texto, estuviera presente Chris Olah, cofundador de Anthropic, la Iglesia y Silicon Valley discutiendo, en la misma sala, los límites morales de la máquina.

El caso de Anthropic con el gobierno de Estados Unidos muestra el límite real de estos ejercicios. En febrero, la Casa Blanca ordenó a las agencias federales dejar de usar su tecnología, y el Pentágono la designó “riesgo para la cadena de suministro”. El conflicto de fondo: Defensa quería que sus modelos sirvieran para “todo propósito legal”, incluida vigilancia masiva y armas autónomas. Anthropic se negó, invocando su propia constitución de IA, y demandó al gobierno alegando represalia. Un juez le dio la razón; una corte de apelaciones, después, no. El litigio sigue abierto.

“La IA no se regula solo con ingeniería. Necesita lectores de Platón, Kant, Rawls y Aquino con poder real, no un cargo decorativo”.

Las universidades reaccionan con enfoques opuestos. La Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago prohíbe computadores y celulares en las materias de primer año y exige exámenes presenciales sin herramientas electrónicas, para que los futuros abogados razonen primero sin la máquina. Sciences Po, en cambio, publicó en diciembre una doctrina que no prohíbe ni ignora la IA, sino que la integra. Exige documentar su uso en cada trabajo y apuesta por las humanidades (lectura, escritura, artes) como la disciplina que entrena el discernimiento que la máquina no reemplaza. Restringir o integrar: dos respuestas distintas a la misma pregunta de fondo.

Cuatro historias, los filósofos contratados, la encíclica, el pleito de Anthropic, las políticas universitarias, comparten un diagnóstico: la IA no se regula solo con ingeniería. Necesita lectores de Platón, Kant, Rawls y Aquino con poder real, no un cargo decorativo. Las humanidades vuelven a ser indispensables, no como adorno cultural sino como infraestructura de gobernanza: la disciplina que enseña a distinguir lo que la técnica puede hacer de lo que debe y no debe hacer. La pregunta pendiente es si empresas y gobiernos estarán dispuestos a escucharlas cuando la respuesta filosófica correcta no coincida con el interés comercial o militar.

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