La resiliencia climática requiere más inteligencia y sostenibilidad
CLAUDIO SEEBACH DECANO FACULTAD DE INGENIERÍA Y CIENCIAS UAI
¿Se cortó la luz? ¿Volvió? ¿Alguien avisó a la compañía? Cuantos chats en Chile en las últimas semanas entre vecinos se han estado preguntando lo mismo. Los eventos climáticos extremos —cada vez más frecuentes e intensos— han vuelto a exponer una carencia estructural de nuestro país: no tenemos la inteligencia suficiente para anticipar, gestionar y responder adecuadamente ante estas crisis. Hoy, en pleno 2026, las distribuidoras eléctricas aún no pueden saber con precisión a quién se le cortó el suministro, dado que seguimos sin medición inteligente masiva.
Buena parte de esos cortes de energía —y de caminos, especialmente en zonas rurales— los provocan árboles caídos sobre tendidos eléctricos aéreos. La mayoría de esos árboles no son especies nativas, sino eucaliptos, pinos, aromos o plátanos orientales de crecimiento rápido y, en algunos casos, de gran importancia económica, pero con raíces poco profundas o ramas frágiles; indefensos frente a vientos que superan año a año todo registro histórico.
Enfrentar el cambio climático con mayor resiliencia exige, a la vez, inteligencia y sostenibilidad. Inteligencia para contar con información oportuna que permita tomar decisiones de planificación y priorización antes de que ocurra un colapso, y sostenibilidad para diseñar infraestructura y ciudades que trabajen con la naturaleza, no contra ella.
“Electrificar sin incorporar resiliencia en el desarrollo de las redes eléctricas -como el soterramiento de cables-es una receta para mayores riesgos futuros”.
Sabemos que el futuro será cada día más eléctrico y digital. Mientras que por una parte áreas como la electromovilidad, la calefacción, la industria, la gestión de datos y la inteligencia artificial dependen cada día más de la electricidad, nuestras mismas ciudades requieren progresivamente de redes digitales más complejas para funcionar. Pero un sistema así es también un sistema más vulnerable si no aseguramos desde ya su confiabilidad en el tiempo: redes con más y mejores sensores, capacidad de autodiagnóstico y protocolos que aíslen fallas antes de que se conviertan en apagones masivos. Electrificar sin incorporar resiliencia en el desarrollo de las redes eléctricas, —como por ejemplo el soterramiento de cables— es una receta para mayores riesgos futuros.
Quizás la parte más postergada de todas es la de incorporar soluciones basadas en la naturaleza como parte central de nuestra infraestructura y recuperación post temporales. Parques urbanos inundables, como Kaukari en el río Copiapó, que absorban crecidas en vez de canalizarlas rígidamente. O arbolado urbano nativo, capaz de resistir vientos extremos, mitigar olas de calor, capturar humedad y limpiar el aire en lugar de especies exóticas más proclives a caer sobre el tendido eléctrico.
Ninguna de estas ideas funciona de manera aislada. La inteligencia sin sostenibilidad podría optimizar un sistema frágil. La sostenibilidad sin inteligencia carece de información para priorizar dónde intervenir y responder de manera más oportuna. La pregunta no es si vendrán más temporales como los recientes, porque seguirán viniendo. Es si, la próxima vez, sabremos por qué se cortó la luz, cuándo volverá, si la infraestructura que reconstruyamos trabajará con y no contra la naturaleza, y si los árboles que sembramos hoy resistirán el próximo vendaval.
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