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Columnistas

Pax Silica: el precio de entrar en la paz

MATÍAS ARÁNGUIZ V. PROFESOR DERECHO UC

Por: MATÍAS ARÁNGUIZ V.

Publicado: Viernes 3 de julio de 2026 a las 04:03 hrs.

Pax es una palabra de imperios, la Pax Romana, la británica, la americana. El concepto representa el orden que da el poder de una potencia, no la falta de conflicto. Dentro de la pax hay reglas, comercio y protección, afuera, caos. Entrar en la paz no es gratis, siempre significó aceptar las condiciones de quien asegura el orden. Por eso el nombre importa. Lo que Chile está firmando no es un “acuerdo de cadenas confiables”: se llama Pax Silica. 

Pax Silica es una declaración que agrupa a los países “confiables” en torno a toda la cadena de producción de la inteligencia artificial: minerales, refinación, chips, cómputo, cables, data centers y plataformas. La declaración no cuenta con órganos, ni sanciones, ni crea obligaciones jurídicamente vinculantes para el Estado de Chile de acuerdo con el derecho internacional, por lo que parece inofensiva y justamente por eso conviene hacernos tres preguntas:

Primera: ¿entramos como un proveedor de minerales o como plataforma? Chile encaja en el extremo de la cadena que extrae cobre y litio. Es un lugar cómodo. Pero ahí vive la vieja trampa de nuestros países, ser proveedores de la materia prima y comprar de vuelta la tecnología. La otra opción, ser un nodo o puente digital, exige entrar con propuesta propia, no solo con recursos. Debemos definir(nos) frente a la firma de esta declaración y estructurar(nos) los recursos que se adecuen a esa definición.

“Lo que se firma afuera no vale si no se construye nada adentro. Seremos plataforma y nodo si tenemos una política industrial que nos mueva arriba en la cadena”.

Segunda: ¿contra quién firmamos? El lenguaje del Pax Silica habla de “reducir dependencias excesivas” y “prácticas no de mercado”. Todos son eufemismos para referirse a quitar espacio a China (primer socio comercial de Chile). La firma definió una posición geopolítica de fondo, no es necesario continuar con los eufemismos. La soberanía exige que decidamos en consciencia y asumamos las consecuencias. Pero también que pidamos a los otros miembros del equipo tomar el lugar que estamos desplazando.

Tercera: ¿qué estamos firmando, exactamente? El texto es bastante ligero, por lo que parece no costar mucho, pero el contenido no vive en ella, vive en los instrumentos que Estados Unidos implemente, como fondos, leyes, vetos, exclusiones. Tenemos el interés y la fuerza para participar en el diseño de estos.

Las tres preguntas comparten un mismo diagnóstico, lo que se firma afuera no vale si no se construye nada adentro. Seremos plataforma y nodo si tenemos una política industrial que nos mueva arriba en la cadena (refinar, agregar valor, desarrollar capacidades propias). Y lo seremos si nuestras reglas digitales son, de verdad, nuestras: la protección de datos y la ciberseguridad de la infraestructura crítica son la llave de entrada a mercados y, sobre todo, instrumentos de soberanía. El tema es si esos estándares los escribimos en colaboración o solo los importamos. Una potencia mediana no debe negociar únicamente con sus recursos, sino con política industrial y con gobernanza digital propia.

Ninguna de estas preguntas es un argumento para quedarse afuera. Son preguntas para entrar bien, con condiciones propias y con la mirada puesta en lo único que de verdad importa: quién controla la infraestructura del poder y bajo qué reglas. Esta vez, ojalá, también las nuestras. Ese podría ser uno de los nortes de la política exterior para los próximos cuatros años.

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