Fue en una comida, cree que en 2015. En la mesa estaban Elon Musk, Sam Altman y algunos de los fundadores de PayPal, el grupo que en Silicon Valley llaman la PayPal Mafia. Juan Pablo Cappello, chileno, abogado, dice que no tenía mucho que aportar, así que preguntó.“¿Han pensado ustedes qué haría falta hacer ahora para que se les recordara en 500 años?”.
Hubo un silencio, recuerda. “Yo dije: ‘Uy, de repente metí la pata’”. Pero Musk contestó que si llevaba a la humanidad a Marte y la convertía en una especie intergaláctica, no le cabía duda de que se iban a acordar de él. Los demás hablaron recién después de que habló él.
“Era el único en la mesa que tenía una respuesta a esa pregunta”, dice Cappello. “Ese tipo no está jugando para lo que pasa en los próximos dos, cinco o diez años. Está jugando un juego a 500.”
El que no pudo abrir cuenta en el Citi
Nació en Chile, de mamá norteamericana y papá chileno, estudio en Duke becado por tenis y luego se titulo en Derecho en NYU. Volvió a Santiago a mediados de los 90, entró a Philippi Irarrázabal, hoy PPU, y su plan era quedarse.
“Mis colegas en Philippi me dijeron que tenía que conseguirme una chequera del Citi”, cuenta. Tenía cuenta y banca privada en el Citi de Nueva York por haber estudiado allá, pero fue a abrir una en Santiago y después de seis meses de excusas entendió que el Citi Chile no se la iba a abrir. “Sin apellido, pituto y conexiones era muy difícil avanzar”, dice de la sociedad chilena de esos años. Un par de años después se fue del país.
Hoy tiene 59 y un estudio boutique de abogados que asesora startups.
-¿Y por qué no has vuelto?
-Mi plan de vida era volver a los 55. Por temas políticos del país en este último gobierno no me sentía cómodo, y tuve demasiados amigos con problemas de seguridad.
El portero del hotel
En Nueva York entró a un estudio que representaba deuda soberana. Viajaba seguido a Buenos Aires y se quedaba siempre en el mismo hotel, donde se topaba con un joven de poco más de veinte años que recibía a los pasajeros en la puerta. Ese joven era Wences Casares.
No lo registró hasta un par de años después, cuando el argentino Daniel Canel, conocido en Wall Street por haber ayudado a inventar el mercado de deuda soberana como título transable, le propuso montar un banco online para América Latina. Lo que lo convenció fue personal: de chico acompañaba a su abuela, una pensionada sin auto y sin mucha plata, a hacer la fila para cobrar la pensión y otra en el banco para depositarla.
Unas semanas después apareció en su oficina un mochilero argentino que parecía no haberse afeitado en dos semanas y le habló de propósito y de misión. “Me acuerdo pensando quién es este de 22 años que apareció en mi oficina”, dice. Ahí le preguntó si se habían visto antes, y Casares le contestó preguntándole si se había quedado en ese hotel de Buenos Aires.
Patagon se lanzó en 1997 con cuatro empleados. Lo que más le quedó de Casares es una frase. “Primero tienes que escoger el juego y luego el marcador.”
El vacío después de la venta
La compañía se vendió con una valorización por encima de US$ 700 millones, más US$ 200 millones de aumento de capital. Fue una de las primeras grandes ventas de una empresa de internet latinoamericana y Cappello tenía 32 años. Pero había un problema.“Nuestra meta era cambiarle la vida a millones de personas a lo largo y ancho de la región, como mi abuela. Y con toda esa plata solamente nos cambiamos la vida a nosotros mismos”, dice. Unas 250 personas, todas con educación universitaria.
Por unos meses sintió que había ganado, con el tema económico resuelto casi de por vida, pero al poco tiempo apareció el vacío. Su abuela le había dicho años antes: “Si tienes más que X y no estás contento, deberías cachar que la plata no es tu problema. Si te vas enfocando en acumular más plata vas a estar llenando el hoyo equivocado.”
Cien multimillonarios en un pueblo de 8.000
Cappello vive la mitad del año en Aspen, Colorado, un pueblo de no más de 8.000 habitantes donde, según cuenta, tiene propiedad cerca del 4% de los multimillonarios del mundo. Más de cien personas con patrimonios mayores a US$ 1.000 millones, con varias de las cuales sale a caminar y anda en bicicleta.
“¿Cuántos están realmente contentos? Menos del 5%. Porque están jugando el juego equivocado”, afirma. “Yo tengo gente muy cercana que vale por ahí un billion. Cuando saben que valen más están contentos por un día, y cuando valen menos están descontentos por meses.”
La mayoría de los emprendedores que se sienta con él, dice, tampoco se ha preguntado si son artistas o panaderos. “Elon Musk es un artista, quiere crear algo que no existe. A todos nos gustaría ser artistas, pero el 99,9% no lo somos, yo incluido. Marcos Galperín es panadero. Mercado Libre ya existía, se llamaba eBay. Él empezó a hacer mejor pan, y hoy vale más que eBay. Y no lo digo con desprecio. A la humanidad le hace falta mejor pan”.
Desde los 34 años filtra sus inversiones por un criterio que llamó world positive, que la empresa, si le va bien, mejore la vida de alguien de clase media. Hizo cerca de 100 inversiones. Una de cada diez funcionó, incluida Mercado Libre, y en 2010 entró al equipo fundador de Tiendas 3B en México, hoy con casi 4.000 locales.
También ha fracasado en negocios. Justo antes del Covid creó New Life, una empresa de salud mental en base a ketamina que levantó US$ 28 millones. “Levantamos plata en la fiesta. Después hubo una resaca y tuvimos que vender en la resaca. No fue una buena salida”.
Los US$ 1.000 millones
Compró bitcoin en 2012, cuando valía entre US$ 2 y US$ 20, por recomendación de Casares y Micky Malka, de Ribbit Capital. Le interesaba como medio de pago, porque mandar US$ 300 a Argentina costaba US$ 150 en comisiones e impuestos.
Vendió casi todo cuando valía entre US$ 500 y US$ 1.000. “Nadie estaba ocupando bitcoin para comprar y vender, se había convertido en una moneda de especulación.”
“No pensé que iba a estar dejando literalmente más de US$ 1.000 millones sobre la mesa. Te confieso. Pero me gusta mucho que tomé esa decisión”.
La madre de sus hijas le preguntó hace poco si se arrepentía. Él respondió con el ejemplo de las tres, que trabajan y vuelan en turista sin problema. “No estoy seguro de que estarían como están ahora. Somos seres humanos muy normales, seguramente nos hubiéramos comprado un avión, un bote”.
Los que fueron a besar la mano
Era inversionista en OpenAI y se salió hace poco. “Era obvio que era mal momento para estar saliendo. Pero salí porque no me sentía cómodo con la relación entre Sam Altman, OpenAI y la administración Trump”. En su empresa cancelaron los contratos con OpenAI y firmaron con Anthropic.
Lo que no entiende es el silencio del resto. “Mucha de la gente reconocida de Silicon Valley no se ha parado. Literalmente han ido a la Casa Blanca a besarle la mano (a Trump)”, dice. “Yo con esa gente he estado en comidas, en almuerzos, en caminatas, y me han dicho lo que opinan de verdad de Trump. Y después públicamente no dicen nada. Para mí es una cobardía tremenda”.
La concusión
Hace tres años estaba esquiando, cosa que hace entre 70 y 100 días al año, y alguien lo chocó. Quedó inconsciente al menos cinco minutos. Vinieron tres años de jaquecas tres o cuatro veces al día, anteojos semioscuros porque la resolana se las dispara, pérdida de memoria y noches en una cámara hiperbárica con oxígeno. “Pensé que eso iba a ser el resto de mi vida”, confiesa,
Ahí se dio cuenta de que todos sus hobbies eran físicos, alpinismo, esquí, bicicleta, tenis, pádel, y quiso cambiarlo. Empezó a jugar ajedrez y a escribir. Y siguió buscando, hasta que hace seis meses fue a México a hacerse un tratamiento con ibogaína, que él describe como algo parecido a un psicodélico aunque no lo es, y después al país africano Gabón, de donde sale la planta. “Me cambió el cerebro. Hoy es como si no hubiera tenido una concusión”.
Cumple 60 el próximo año y dice que se prepara para ser abuelo.
-¿Eres feliz? ¿Ya lograste sacar ese vacío?
-Estoy agradecido por esos dos o tres años en que sufrí mucho, porque me tuve que reinventar. Ahora me siento mucho más preparado para aceptar los cambios que la vida te trae.