La economía estadounidense volvió a sorprender. La Oficina de Análisis Económico (BEA, en inglés) corrigió al alza el crecimiento del primer y del segundo trimestre.
Impulsada por un consumo resiliente y un boom de inversiones en infraestructura, la economía de EEUU creció 2,5% en el primer trimestre y un 2,2% en el segundo, desde las lecturas iniciales de 2,1% y 1,5%, respectivamente. Es decir, la economía estadounidense cerró la primera mitad del año con una expansión real (ajustada por inflación) de 2,35% en tasa anualizada.
Analistas de ING calculan que cerca de un tercio del sorpresivo crecimiento del segundo trimestre está ligado a la inversión en tecnología, la cual atribuyen mayoritariamente a la infraestructura para la IA.
No es fácil hacer el cálculo exacto. Las inversiones en centros de datos no aparecen como un ítem aislado en el informe del PIB, y los servidores se registran junto con los computadores de uso corriente. Las estimaciones varían según qué se incluya: Jason Furman, de la Universidad de Harvard, calculó que la inversión en tecnología y software explicó el 92% del crecimiento en el primer semestre de 2025. ING opta por una medición más acotada: considera la inversión en computadores, periféricos y software, suma la construcción de centros de datos y descuenta las importaciones netas de equipos y semiconductores, ya que buena parte de esa tecnología se fabrica fuera de EEUU.
Pero Verónica Clark, economista de Citi Research para EEUU, estima que la mitad del crecimiento de este año se puede atribuir a la inteligencia artificial. El impulso, apunta, llega no solo por las inversiones en infraestructura y equipos, sino también por el rol que juega la IA en el desempeño de los índices bursátiles.
Precisamente, el reporte del BEA atribuye la revisión al alza de la inversión principalmente a la construcción de centros de datos. Pero el mayor aporte al crecimiento del semestre provino del consumo.
A pesar de la inflación y del deterioro de la confianza -que en septiembre cayó a su nivel más bajo en casi 12 años y medio, según el Conference Board-, el gasto personal subió 0,9% en agosto, su mayor alza mensual en un año.
“La parte más sorprendente del rendimiento económico estadounidense este año es el impresionante ritmo anualizado del 3,9% del gasto real del consumidor de febrero a agosto, a pesar de los precios más altos de la energía”, escribe David Merice, economista jefe para EEUU de Goldman Sachs Research.
Desde la firma de research Evercore ISI, Krishna Guha, estima que la mitad de ese crecimiento del consumo se explica por el "efecto riqueza", generado por el buen rendimiento de la bolsa.
Y ese desempeño bursátil está estrechamente ligado a la IA. Algunos cálculos cifran hasta en un 80% el aporte de las acciones vinculadas a la IA al rendimiento del S&P500 en lo que va del año.
En el segundo trimestre, con la recuperación de la bolsa tras la caída de marzo, el valor de las acciones en manos de los hogares aumentó en US$ 10,7 billones (millones de millones), y su patrimonio neto alcanzó un récord de US$ 195,9 billones, según la Fed.
Una brecha que se amplía
Todo apunta a que la economía estadounidense acelerará el paso. Con su modelo de predicción GDP Now, la Fed de Atlanta proyecta que el PIB del tercer trimestre crecerá un 3,7% real. Mericle, es algo más conservador, pero eleva el crecimiento esperado para el tercer trimestre a 3,4%.
Desde la Casa Blanca, Kevin Hassett, director del Consejo Nacional Económico, asegura que las ganancias de productividad generadas por la IA aún no se manifiestan en los índices, pero estarían generando ya la base para un crecimiento de 4% anual hacia adelante.
La cifra supera por mucho las magras tasas de expansión esperadas para los otros miembros del G7 para este y el próximo año, varían entre 0,5% (Italia) y 1,1% (Reino Unido).
La brecha también se amplía con las principales economías de Latinoamérica. Sin contar con el efecto de repunte de la economía argentina, Brasil, México, Chile, Perú y Colombia crecerían, en promedio, 1,86% en 2026 y en torno a 2% en 2027.
Esto se traduce en un escenario de mayor competencia para captar capital. A comienzos de año, los inversionistas buscaban diversificar fuera de EEUU. Se hablaba de una gran rotación en los mercados, y así lo confirmaron los flujos de capital.
En las primeras ocho semanas de 2026, los fondos de acciones estadounidenses registraron salidas por US$ 52 mil millones, las mayores para ese período desde al menos 2010. Pero en los 12 meses terminados en julio, los inversionistas extranjeros destinaron un récord de US$ 942 mil millones a acciones y participaciones en fondos estadounidenses, el mayor monto desde que el Tesoro comenzó a recopilar estos datos en 1985. Solo en el segundo trimestre entraron US$ 426 mil millones, 62% más que un año antes.
La extensión del rally impulsado por las acciones tecnológicas llevó a los inversionistas a revisar su tesis de “Bye, America”. La encuesta de Bank of America a gestores de fondos reveló un cambio de posición de “sobreponderar” a favor de las acciones estadounidenses en setiembre, mientras que las acciones europeas pasaron a “subponderar”.
Una economía que crece más que la de sus pares del G7 y un aumento excepcional de las utilidades explican esa preferencia. Las ganancias por acción de las empresas del S&P 500 subieron 51% interanual en el segundo trimestre y 26% en los últimos doce meses, muy por encima del promedio de 7% de las últimas tres décadas. Según Goldman Sachs, casi la mitad del crecimiento de las utilidades este año proviene de la inversión en IA. El banco espera que las ganancias se desaceleren, pero que mantengan un ritmo de crecimiento de dos dígitos en 2027.
Pero que la IA juegue un rol cada vez más grande en la economía estadounidense, ya sea de forma directa a través de las inversiones o como impulsora de la riqueza y el consumo, también conlleva riesgos que van más allá de ese país. El FMI ya advirtió que, si las expectativas de rentabilidad en torno a la IA se corrigen, la caída en las valorizaciones bursátiles pesaría sobre el consumo, el gran motor del crecimiento, y el ajuste se transmitiría a otros mercados a través de los flujos de capital. Para economías como las latinoamericanas, que compiten por el capital frente al atractivo estadounidense, el desafío es doble. Mientras el ciclo se mantenga, será cada vez más difícil que un inversionista opte por reducir su exposición a EEUU. Pero si se revierte, el impacto económico y bursátil difícilmente se limitará a Wall Street. 