Esta semana, los inversionistas sumaron una razón más para estar preocupados, con el deterioro fiscal estadounidense remeciendo el mercado de bonos. Con déficit persistentemente altos, inflación todavía sobre la meta y mayores necesidades de financiamiento, los inversionistas están exigiendo más rentabilidad para prestar a largo plazo al gobierno.
Lo más preocupante, explican analistas, es que la trayectoria ascendente de deuda y déficit se produce sin una recesión o un aumento del desempleo de por medio, lo que reduce el margen de maniobra futura en caso de que se desate una crisis económica.
Durante años, Estados Unidos pudo aumentar su deuda sin que el costo de financiarla se convirtiera en una restricción relevante. Pero, al parecer, la era del dinero fácil para EEUU está llegando a su fin. No porque Washington haya perdido acceso al mercado ni porque exista una crisis inmediata de confianza en el dólar, sino porque los inversionistas están comenzando a exigir una mayor compensación por mantener deuda estadounidense durante períodos largos, en medio de un enorme déficit fiscal que se empina hasta casi el 6%, una deuda que no para de crecer, un precio del petróleo que alimenta la inflación e ingentes necesidades de capital para financiar el boom de la Inteligencia Artificial (IA)
Los rendimientos de los bonos del Tesoro a 30 años han escalado recientemente hasta niveles no vistos desde antes de la crisis subprime -esta semana llegaron a 5,33%-, mientras las tasas a 10 años también han aumentado durante 2026. Detrás del movimiento conviven las expectativas respecto de la Reserva Federal con un factor que ha ganado protagonismo: la prima por plazo, la rentabilidad adicional que exige un inversionista por asumir el riesgo de mantener un bono durante muchos años, en medio de un EEUU cada vez menos predecible bajo la administración Trump.

120% del PIB
El Congressional Budget Office (CBO) proyecta para 2026 un déficit de US$ 1,9 billones, equivalente a 5,8% del PIB, frente a un promedio de 3,8% durante los últimos 50 años. La deuda en manos del público alcanzaría el 101% del PIB este año y subiría a 120% en 2036, por encima incluso del máximo registrado después de la Segunda Guerra Mundial.
El aumento de los intereses hace más difícil revertir esa trayectoria. Según el CBO, los pagos por intereses pasarán desde 3,3% del PIB en 2026 hasta 4,6% en 2036. El organismo atribuye parte del crecimiento del déficit futuro precisamente al aumento del endeudamiento y del costo de servir esa deuda, que se hace cada vez menos manejable.
El Tesoro, en paralelo, debe colocar cantidades crecientes de bonos para financiar el funcionamiento de la administración pública. Para el trimestre julio-septiembre prevé US$ 739.000 millones de endeudamiento manos privadas, US$ 68.000 millones más de lo calculado hace tres meses. Y las estimaciones recogidas por el Treasury Borrowing Advisory Committee apuntan a que, si se mantienen los actuales tamaños de las subastas, las necesidades previstas dejarían un déficit de financiamiento acumulado de unos US$ 1,45 billones durante los ejercicios fiscales 2027 y 2028, lo que anticipa mayores emisiones en el futuro.
En ese contexto, la deuda federal atravesó los US$ 40 billones, umbral que tiene una dimensión más simbólica que financiera, porque incluye obligaciones dentro del propio gobierno, pero evidencia la velocidad del endeudamiento estadounidense.
Para los analistas en Wall Street, la cuestión decisiva es cuánta deuda deberá absorber el sector privado y a qué precio. Goldman Sachs considera que esa presión no será transitoria. Mike Mitchell, responsable de negociación de Treasuries e inflación de la entidad, sostiene que EEUU se encuentra desde hace tiempo en una trayectoria fiscal problemática y que los déficit están impulsando al alza la prima por plazo, una tendencia que podría continuar durante los próximos años. El banco identifica además una combinación poco habitual: abundante oferta del Tesoro y un fuerte aumento de las emisiones corporativas asociadas al desarrollo de infraestructura para inteligencia artificial. Goldman calcula que estas últimas podrían superar los US$ 250.000 millones este año y llegar hasta US$ 400.000 millones en 2027, agregando competencia por el mismo capital de largo plazo.
Suben tasas largas
La consecuencia, según Goldman, es una curva más empinada y mayor costo de crédito en todo el mundo. Aunque los altos rendimientos reales vuelven atractivos determinados papeles para inversionistas de largo plazo, el banco ve pocos catalizadores inmediatos para una caída pronunciada de las tasas largas -que determinan, por ejemplo, el costo de los créditos hipotecarios- y espera que la prima por plazo siga presionando particularmente al extremo largo de la curva.
JPMorgan comparte el diagnóstico de tasas estructuralmente más altas, aunque pone mayor énfasis en el cambio de los compradores marginales del mercado. Jay Barry, jefe de estrategia global de tasas del banco, señaló que la demanda se ha desplazado desde bancos centrales, instituciones oficiales extranjeras y bancos —compradores relativamente menos sensibles al precio— hacia inversionistas privados que requieren una retribución mayor. Para el cierre de 2026, JPMorgan proyecta un rendimiento de aproximadamente 4,70% para el Treasury a 10 años, desde una previsión de 4,35% que manejaba al inicio del ejercicio.
La visión de Morgan Stanley introduce un contrapunto. El banco espera que la moderación de la inflación permita a la Fed mantenerse sin cambios durante el resto del año y proyecta que la tasa del Treasury a 10 años podría retroceder hacia 4,25% a diciembre y 4,20% en 2027.
Sin embargo, eso no supone volver al mundo de dinero barato de la década pasada. Morgan Stanley estima que los rendimientos reales seguirán elevados y advierte que la abundante emisión de deuda limitará el potencial de apreciación de los bonos. Su equipo de renta fija identifica además a los déficit fiscales como uno de los factores que mantienen elevadas las primas por plazo en el mediano plazo. 