Se estima que más del 70% de la extracción de arena en la India se realiza sin los permisos correspondientes, alimentando un mercado negro que supera los US$ 2.000 millones y que además compromete una precariedad laboral y un inmenso problema ecológico. En ese mundo, la arena es moneda de cambio y de ahí arranca la trama de Our Share of Sand, ópera prima de Shalini Adnani Jaiprakash (37).
La directora nació y creció en Chile. Su padre llegó a Santiago por trabajo en 1983. Se estableció aquí y dos años después volvió a la India a buscar a su madre. Ellos tienen un matrimonio arreglado, explica la cineasta. De eso ya van 40 años y sus padres siguen viviendo en Santiago, al igual que su hermano mayor, cuenta conectada por Zoom desde Londres, donde vive hace 10 años.
Su familia tiene una importadora y negocios inmobiliarios en nuestro país. “Me crié en una comunidad hindú en Santiago, que ha ido creciendo porque ahora hay más presencia de empresas indias de tecnología, pero en esos tiempos era pequeña y cerrada, compuesta sólo por miembros del pueblo sindi”, señala Shalini.
Cada verano del hemisferio sur viajaba dos o tres meses a la India. La rama de su madre vive en Ahmedabad y la de su padre es de Mumbai, así que repartía su estadía entre estos dos lugares. Aunque ahí estaban sus raíces, siempre se sentía algo afuerina. Describe que se enfrentaba a ese nuevo mundo siempre desde la vida hogareña. Tradicionalmente en la India las familias habitan en casas multigeneracionales, lo cual ha ido cambiando con la occidentalización, apunta Shalini. Ella llegaba a convivir con sus abuelos, tíos y primos.
“India es un país tan segregado socialmente que muchas veces yo me pasaba esos meses encerrada en la casa o sólo salíamos en auto a algún lugar y volvíamos. La vida callejera no era para una joven como yo, entonces conocí la cultura principalmente a través de la gente que entraba y salía de la casa. Ese era mi microcosmos”, comenta la chilena-india. Familias de la diáspora y NRI (Non resident Indian) son algunas de las denominaciones que se utilizan allá para referirse a su identidad.
- ¿Nunca pensaste en instalarte en India?
- Vivo con esa pregunta. Cada vez que estoy allá, no me quiero ir. Le tengo un amor profundo a India. Me encanta que hay tanto estímulo que la gente vive en presente, tienes que reaccionar a tu entorno, mantenerte alerta, no puedes ir mirando el teléfono. Pero la realidad es que también es una vida dura. No es tan barato como la gente piensa. Hay mucha gente, hay mucha competencia. Me gusta la idea de seguir trabajando ahí, pero no sé si vivir ahí.
Encontrar el cine
A los 18 años partió a estudiar ciencias políticas a Bard College en Nueva York. Cuando volvió a establecerse en Chile trabajó en la editorial Santillana. Entonces una amiga la invitó a hacer un curso de cortometrajes en la Academia de Cine La Toma, una escuela alternativa ubicada en Vicuña Mackenna. “Me encantó. Me di cuenta de que me gustaba mucho el cine y que podía convertirse en mi profesión. Por ahí conocí a Bernardita Baeza, directora de arte de la serie Los archivos del Cardenal, y le rogué que me dejara trabajar con ella. Fue una gran experiencia que duró unos ocho meses. En verdad fue mi primer film school”, dice intercalando el español con algunas palabras en inglés, lengua con la cual se siente más cómoda para hablar de su trabajo.
Ya estaba decidido que quería dedicarse al cine, aunque no había definido si lo suyo era dirección y guion o el área de arte. “Yo tenía claro que mi identidad mitad india es un poco complicada para el chileno común y corriente. Si quería ser guionista y directora en Santiago iba a ser más complejo”, dice riendo. Finalmente partió a estudiar cine en el London Film School.
En 2018 estrenó el cortometraje de 11 minutos, Somebody’s Daughter, escrito y dirigido por ella, que muestra a una niña que debe acompañar a su padre a una entrevista de trabajo. Dos años después, Shalini fue seleccionada junto a otros siete jóvenes realizadores para participar de un workshop a cargo de la destacada directora italiana Alice Rohrwacher en el marco del Festival de Cine de Locarno.
Su cortometraje White Ant se estrenó en el Festival de Sundance en 2023 y ese mismo año ganó Best UK short en el festival Raindance. También fue parte de la programación de FemCine en 2024. La película sigue a Ashish, un empresario de mediana edad que se traslada desde Mumbai a su pueblo natal para ocuparse de una grave plaga de termitas que, literalmente, está devorando la casa de su infancia.

Un silencio cómplice
Our Share of Sand se estrena este fin de semana en el Festival de Venecia, como parte de la sección Semana de la Crítica que “celebra voces originales que dialogan con las tensiones y la desorientación del presente”. La cinta es una coproducción del Reino Unido, India y Grecia que involucra a las productoras y distribuidoras BFI, Film4, Fifth Mirror Pictures, Heretic y Suitable Pictures.
Cuenta la historia de Maya, una niña de 12 años que regresa a la India rural para reencontrarse con su padre. Un accidente relacionado con la operación ilegal de extracción de arena abre un dilema ético que tiene algo de thriller y también de drama familiar.

¿Cómo surgió la trama? “Fue una combinación de cosas: primero veía gente extrayendo material del lecho de los ríos y sentí curiosidad por saber qué estaba pasando. Luego aprendí que, en Asia, donde el desarrollo es rapidísimo, más que en la mayoría de los lugares, la arena se está convirtiendo en un recurso que se agota. Me pareció increíble pensar un mundo donde nos estemos quedando sin arena. También me fascina el norte de Chile y visitar las zonas mineras; me gusta estudiar a las comunidades que viven cerca de los lugares de extracción. Tanto en Chile como en India, el paisaje parece albergar historias violentas. Aunque me interesan las tramas humanas, también me atraen mucho las historias geopolíticas”. Shalini establece varios puntos en común entre sus dos países de origen: el extractivismo, la sociedad segregada y algunos paisajes.
Fueron 37 días de rodaje intenso a principios del año pasado en India. La mayoría del tiempo filmaron en una localidad donde ni siquiera había acceso a Internet, por lo que el aislamiento fue parte de la dinámica. “Trabajar en India es muy distinto que trabajar en cualquier otro país”, explica Shalini. De partida se comunicaban en tres idiomas distintos: inglés, hindi, maratí.
“Un rodaje de este tipo involucra a unas 200 personas. Todo se demora, requiere de mucha paciencia y hay que entender que cada movimiento es como una operación militar por la cantidad de gente que involucra. Y si bien Bollywood es una industria inmensa, funciona distinto al resto del cine”, apunta.

- ¿Disfrutaste del rodaje o fue muy estresante?
- Lo pasé súper bien. Claro que existe presión y hubo momentos en que sentí que el equipo tenía mucha más experiencia que yo y me miraban como la directora nueva, pero al final son aprendizajes. La protagonista (Maya Mehta) es niña, y yo creo que en parte por eso disfrutamos tanto. Ella traía mucha energía porque vivía la filmación más como entretención o juego que como un trabajo. Cambió el ambiente. Trabajar con niños te hace darte cuenta de que sólo se trata de una película al final. Lo estamos pasando bien y eso es lo que importa.
El proceso de casting para dar con la protagonista estuvo a cargo de Lucy Pardee, la misma de Aftersun (2022). “Maya es muy inteligente y su entendimiento del guion era incluso mejor que el de muchos adultos”, agrega la directora sobre la elección. “Our Share of Sand también trata sobre el proceso de perder la inocencia y darse cuenta de que nuestros padres son humanos y tienen sus fallas”, reflexiona.
- ¿Y tiene algo de autoficción?
- Algo. El origen era explorar los veranos que yo pasaba en la India, pero me encontré con una historia más tipo thriller. Creo que la parte más personal de la película tiene que ver con el silencio de las mujeres. En las familias indias existe un patriarca que toma las decisiones y mujeres que deben asumir esas decisiones, muchas veces erradas, en silencio cómplice. Cuando yo iba a la India, algo que me molestaba mucho era observar a las mujeres sin poder comunicarse. Me daba mucha rabia y lo veía incluso en mi familia, que fuera normal para una mujer no tener profesión ni una voz propia.
- ¿Ha sido un desafío empoderarte como una mujer autónoma o tus padres te criaron así?
- Es una pregunta complicada. Cualquier hombre moderno quiere criar a sus hijas para que encuentren su voz, pero culturalmente siguen siendo más conservadores. Creo que a ellos les hubiera gustado que sea inteligente pero que igual sea una madre de familia. Siento que las mujeres me criaron para cambiar ese patrón. Y sé que mi mamá está muy orgullosa de que no necesite un patriarca que me quiera mantener encerrada en casa.
“La parte más personal de la película tiene que ver con el silencio de las mujeres. En las familias indias existe un patriarca que toma las decisiones y mujeres que deben asumir esas decisiones, muchas veces erradas, en silencio cómplice”.
¿Qué te gustaría que genere la película?
- Me encantaría que la trama emocional tenga resonancia en la audiencia. Y también empezar una conversación en torno a la excavación de la arena y sus consecuencias. Me importa que una película genere un espacio para un diálogo, que invite a hablar sobre la idea de que la moralidad no es binaria. Es algo que buscaba expresar. Y también me gustaría que la gente lo pase bien y que se entretengan.
- En poco tiempo han pasado muchas cosas en tu carrera, ¿cómo lo estás viviendo?
- Uno espera que llegue este momento, pero al mismo tiempo no imagina que realmente vaya a ocurrir. No pensé que la película llamaría tanto la atención como para estrenarse en Venecia y estar dando entrevistas. Cuando estás en el momento y lo estás viviendo, cuesta un poco dimensionarlo. Tengo un poco de disonancia, no siento que es del todo real (ríe). Ahora en Venecia nos vamos a reencontrar con parte del equipo de rodaje y me da mucha alegría celebrar con ellos y pasarlo bien.
- ¿Estás nerviosa?
- Sí. Ahora la película se comparte y ya no puedo controlar la narrativa. Eso igual me da nervios.

“Me encantaría volver a Chile a filmar algo”
Shalini viene a Chile seguido, pero principalmente a visitar a su familia. Comenta que muchos de sus amigos de infancia tampoco viven aquí y con el tiempo ha ido perdiendo esos lazos. Sí mantiene interés creativo. Viviendo en Londres le ha tocado conocer a realizadores chilenos también radicados allá, como el guionista Gonzalo Maza y el director Augusto Matte.
“A la gente con la que trabajé en Los archivos del Cardenal también les tengo mucha estima y me encantaría volver a Chile a filmar algo. Tengo pensada una película que me gustaría hacer en el norte, en los observatorios. Me interesa que sean lugares donde llega gente de todas partes del mundo, científicos, astrónomos… pero al mismo tiempo son espacios súper cerrados. Es un ambiente que me atrae”, adelanta.
Hay varios temas que la convocan, menciona algunos: la ciencia versus la divinidad. O el reggaetón y el neoperreo. “Me interesan los personajes complejos. Cuando escribo un guion pienso en escenas que me gustaría ver, y de esa manera voy construyendo una historia. Pero es un proceso que sigue evolucionando también”, admite.