IA: ¿El baile de los que sobran?
RODRIGO MONTERO Decano Facultad de Administración y Negocios, Universidad Autónoma de Chile
Hace un par de semanas estuve en un congreso en Barcelona en que se habló bastante de los avances de la inteligencia artificial (IA)(la cual no es inteligente… aún), y como es normal, siempre aparecen datos nuevos que muestran cómo va ganando terreno.
Uno de los expositores lanzó un dato lapidario: la tesis que le tomó tres años escribirla, y que implicó la programación de un complejo modelo, a la IA le tardó solo un día -seguro también hay mérito en el prompt que introdujo–. La ganancia en productividad que puede llegar a significar el uso de la IA es significativa, y como suele ocurrir, uno se pregunta qué pasará con las personas, y sus trabajos. En los años 80 en Chile se hizo famosa la canción que titula a esta columna, la cual apuntaba a las difíciles condiciones laborales que enfrentaban los jóvenes.
¿Puede la IA llevarnos a un escenario laboral tan complejo? ¿Quiénes sobrarán en la era del avance de la IA? O, ¿habrá espacio para todos?
“La prioridad no es frenar la tecnología, sino acelerar la formación. Erradicar el analfabetismo absoluto y reducir el analfabetismo funcional deberían estar al centro de la agenda de productividad”.
La introducción de los telares mecánicos en los siglos XVIII y XIX ofrece algunos paralelismos interesantes de considerar. Estas máquinas eran mucho más eficientes que los manuales, lo que provocó un enorme aumento de la productividad. Antes de la introducción de los telares mecánicos, el tejido era un proceso laborioso y lento que requería mucho trabajo manual. Así, el telar mecánico, y luego el totalmente automático, revolucionaron el método de producción. Esto significó que muchas personas que antes trabajaban como tejedores perdieran sus puestos de trabajo porque sus habilidades ya no eran necesarias. Sin embargo, las personas que se adaptaron a las nuevas circunstancias y se dedicaron a la fabricación, el manejo y el mantenimiento de telares encontraron nuevas oportunidades de empleo. Esta capacidad de adaptación se convirtió en una cualidad muy valiosa.
Así, hoy la pregunta relevante es si el país tiene las capacidades para transformar la mayor productividad que genera la IA en mejores empleos, mejores salarios y mayor bienestar. Por ahora el diagnóstico es poco auspicioso. Hoy la tasa de desempleo se empina hasta un 9,4% –lo que equivale a más de 980 mil personas que desean trabajar, pero que no pueden–, y la tasa de desempleo femenino se encuentra en dos dígitos (10,5%). Más datos: el Censo 2024 muestra que en Chile el 4,1% de la población no sabe leer ni escribir- personas analfabetas absoluta-.
Por otro lado, la encuesta PIAAC de la OCDE aplicada en 2025, revela que el 44% de los adultos chilenos se ubica en los niveles más bajos de comprensión lectora, matemáticas y resolución de problemas –son personas analfabetas funcionales–. Hemos aumentado los años de estudio, pero no suficientemente las competencias efectivas.
La IA no tiene por qué traducirse en desempleo masivo. Tampoco garantiza, por sí sola, una economía más inclusiva. Su impacto dependerá de la capacidad del país para preparar a sus trabajadores. La prioridad no es frenar la tecnología, sino acelerar la formación.
Erradicar el analfabetismo absoluto y reducir el analfabetismo funcional deberían estar al centro de la agenda de productividad. Sin esas bases, la IA puede ampliar brechas. Con ellas, puede ser una oportunidad real para crecer y distribuir mejor.
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