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Columnistas

Las formas son el fondo

FERNANDA GARCÍA Faro UDD

Por: Equipo DF

Publicado: Viernes 27 de febrero de 2026 a las 04:00 hrs.

A propósito de la fallida concesión de cable a China, no deja de sorprender que los análisis en días recientes se hayan concentrado en reconstruir una cronología minuciosa —casi policial— para dilucidar si Chile cedió o no a la presión de Estados Unidos al anular el decreto.

La secuencia y el cúmulo de contradicciones importan, por supuesto. Ellas permiten una vez más, constatar la falta de transparencia y de respeto por el derecho que ha exhibido la administración saliente en estos cuatro años. La secuencia, en cambio, no resulta relevante, a mi juicio, para evaluar si Chile se comportó o no “servilmente” frente a una potencia como EE.UU.

“Plantear ahora el debate en términos binarios —si Chile cedió o no ante Washington— es por tanto, un dilema falso en sí mismo, sesgado. La pregunta previa es por qué nuestra política exterior llegó al punto en que cualquier decisión estratégica se lee bajo sospecha de alineamiento forzado”.

Desde una perspectiva internacional, lo relevante del affaire chino no es la detallada cadena de hechos, torpes, negligentes y/o maliciosos, sino el marco en que ellos se produjeron. En efecto, este episodio no puede entenderse, ni en su génesis ni en sus efectos, sin considerar el deterioro en la conducción de las relaciones exteriores de Chile bajo el actual Gobierno.

Hablar de “degradación” de la política exterior chilena es un diagnóstico acertado., pero para ser precisos y justos (con equipos y asesores en Cancillería y Telecomunicaciones) es necesario subrayar que esa degradación no proviene principalmente del trabajo diplomático y técnico, sino de la conducción política superior, ejercida directamente por el propio Presidente de la República.

El porfiado protagonismo de Gabriel Boric en diversos foros internacionales, donde acudió una y otra vez con un tono marcadamente antiestadounidense, constituye en este sentido un antecedente ineludible.

No se trata de compartir o no críticas a la política norteamericana. Se trata de comprender que, en diplomacia, las formas son el fondo. Cuando la política exterior se convierte en plataforma de posicionamiento ideológico, se erosiona la capacidad de interlocución. En este sentido, las recientes cancelaciones de visas a autoridades chilenas por parte de EEUU no pueden analizarse como un hecho aislado ni meramente administrativo: ellas expresan también una relación tensionada.

Por otra parte, ni la anulación del decreto ni la prudencia obligada con la que han de actuar en lo sucesivo las autoridades entrantes, podrán legitimamente ser calificadas de servilismo.

Plantear ahora el debate en términos binarios —si Chile cedió o no ante Washington— es por tanto, un dilema falso en sí mismo, sesgado. La pregunta previa es por qué nuestra política exterior llegó al punto en que cualquier decisión estratégica se lee bajo sospecha de alineamiento forzado. Y la respuesta necesaria es que quien ha contribuido decisivamente a ese escenario es el propio Presidente Boric, al desplazar el eje desde una diplomacia de Estado hacia una diplomacia de trinchera.

Es cierto que el estilo de Donald Trump ha sido descrito como contrario a las convenciones diplomáticas. Pero hay aquí una paradoja incómoda: en su tendencia a personalizar la política exterior y usarla como herramienta de comunicación interna, el Presidente Boric se asemeja justamente a aquello que critica. Eso sí, desgraciadamente, con una diferencia sustantiva: Estados Unidos puede permitirse tensiones y unilateralismos porque es una superpotencia. Chile no.

Para Chile, un país pequeño y abierto, la diplomacia no es un lujo retórico. Es su principal instrumento para defender intereses en un escenario global marcado por la rivalidad entre potencias. En medio de la guerra comercial y tecnológica entre dos megapotencias como EEUU y China, Chile solo puede aspirar a preservar su autonomía estratégica si actúa con profesionalismo, sobriedad y previsibilidad. Algo que el Presidente nunca terminó de comprender.

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