Hace casi un siglo, por allá por los años ‘30, José Aravena Rojas llegó a la calle San Diego. El barrio de noche se llenaba de letreros luminosos, cantinas, teatros. Estaba la Esmeralda, un poco más allá el Imperial, y desde 1937 el Caupolicán, que la Caja de Empleados Públicos levantó para ocho mil personas y que ofrecía desde lucha libre hasta conciertos. Aravena venía de Cauquenes, había quedado huérfano a los 9 años y terminó abriendo cuatro restaurantes alrededor del teatro, cada uno pensado para un público distinto.
Desde entonces la familia nunca se fue de esas cuadras (y tampoco del rubro). De los restaurantes pasaron a las boites, después a las discotecas, los cabarets, los hoteles. En 2004, en el remate de los bienes de Colo-Colo, se quedaron con el entonces Teatro Monumental y al año siguiente lo reabrieron con el nombre con el que había nacido: Caupolicán.
Por ese escenario habían pasado Louis Armstrong, Jorge Negrete, Claudio Arrau y la Filarmónica de Nueva York. También Soda Stereo, Iron Maiden y Bob Dylan. Ya con los Aravena a cargo se subieron Fito Páez, Faith No More, Gustavo Cerati y un Bad Bunny de 23 años que en septiembre de 2017 llegó teloneado por Karol G. Hoy sigue siendo uno de los recintos más ocupados de Santiago, con cuatro eventos por semana en promedio.
A más de dos décadas de la compra, y ad portas de que el teatro cumpla 90 años, los Aravena están por empezar a construir un edificio a media cuadra, con estacionamientos, bodegas y locales comerciales. El proyecto lo arrastran hace más de 15 años y ahora van a concretarlo. Y con eso, de paso, buscan resolver el problema de los cientos de asistentes que llegan cada semana al Caupolicán y no tienen dónde dejar el auto.
José Antonio Aravena Fariña, sentado en su oficina a pocos metros de las butacas, lo dice así: “Todas las cosas van coincidiendo de acuerdo a los tiempos. Este es un proyecto que nosotros, de forma corporativa, teníamos el anhelo de que en algún momento se desarrollara”.
US$ 12 millones
En el paño de Copiapó con Arturo Prat, a media cuadra del teatro, el movimiento de tierras ya empezó. Hay camionetas, maquinaria, obreros entrando y saliendo. Mientras camina por el lugar, Toño Aravena dice que están listos para hacer la ceremonia de la primera piedra en cualquier momento.
En 2010 la familia compró el terreno y anunció una torre con 200 estacionamientos, locales comerciales y una sala de eventos subterránea. Pero no se concretó. Finalmente tramitaron los permisos correspondientes con la municipalidad y vendieron el paño a un desarrollador con la condición de que se levantara el proyecto. “Pastelero a tus pasteles”, declara Aravena. Lo suyo, insiste, son los escenarios.
Los compradores fueron Box Latam, la empresa de Francisco Ojeda y Felipe Besnier que venden estacionamientos y bodegas a inversionistas individuales y después los operan de manera centralizada (ver recuadro). El terreno lo pagaron con capital levantado por crowdfunding y el crédito de construcción lo iban a pedir después. Pero vino el estallido y la pandemia. “Se nos enredó Chile y nosotros quedamos en la mitad”, dice Ojeda, socio y director comercial de la firma. Por eso el plan quedó durmiendo varios años.
Quien lo destrabó fue Inmobiliaria León, firma que conocía el sector de 10 de Julio y que entraron a desarrollar la obra.
Serán cuatro pisos hacia arriba y cinco subterráneos, con 300 estacionamientos, 130 bodegas y 10 locales comerciales en algo más de 10.000 metros cuadrados. La inversión bordea las UF 300.000, unos US$ 13 millones, y la obra tomará un año y medio.
Más allá del beneficio directo al Caupolicán, afirman Aravena y Ojeda, también será un aporte al sector. Por la zona circulan unos 50 mil vehículos al día, entre 10 de Julio y San Diego, y de noche el polo de atracción es el teatro. “Tú puedes venir a la calle, estacionarte con poca disponibilidad, con mucha inseguridad, alta tasa de robo, te cobran igual por minuto en la calle y con un servicio deficiente”, opina Ojeda. “Hoy dejar el auto en la calle… la verdad que no me atrevería”, lanza Ojeda.
Ya están conversando con distintas ticketeras para vender la entrada y el estacionamiento juntos, como se hace en los otros recintos con estacionamiento incorporado.
30% menos
El mundo de la entretención ha tenido meses movidos. En septiembre el Movistar Arena pasa a llamarse Santander Arena, después de 18 años de auspicio de Telefónica. Y en mayo Live Nation y la familia Geniso, de DG Medios, ingresaron al Servicio de Evaluación Ambiental el Music Hall Ñuñoa, un recinto para 4.700 personas sobre la estación de Metro que costará US$ 35 millones. Parecería, entonces, que la noche se está reactivando.
Pero el primer semestre fue flojo para las casas de conciertos. La economía tuvo cinco meses de caída del Imacec, algo que no ocurría desde la crisis subprime, y encima vinieron los temporales y los damnificados. “Llegamos a tener un 30% de venta menos de boletos en todos los recitales”, se lamenta Aravena. En julio, cuenta, hicieron sólo dos eventos y el Arena cinco. “Para que te des cuenta más o menos el grado de ocupación que tenían los recintos, era muy poca”.
Para la segunda mitad esperan un repunte. “Se vislumbra cartelera enorme para lo que viene el resto del año, en todos los recintos”, proyecta. “De agosto hacia el término del año se vislumbra un semestre muy, muy potente de recuperación”. La competencia, mientras tanto, “se hace mucho más intensa”.
Y es para pelear ahí, dice el empresario, que están levantando el edificio en calle Copiapó.
Dueños de la noche
José Aravena tuvo 10 hijos y hoy el grupo maneja una decena de locales bajo la marca Chile Nocturno, entre ellos el Passapoga, que está en la base de las Torres de Tajamar, el Kim Strip Club, el Club Lido & Molly Blue, el Night and Day, el Casanova, el Puzzle Show, el Club de Noche, el Triple J y el Club de Toby. En la Quinta Región hacen las fiestas electrónicas Sunshine.
También son dueños de varias discoteques, como Espacio Broadway, en la Ruta 68. En hotelería tienen la cadena boutique Sommelier. Y en Bellas Artes está el RedPub, que compraron en pandemia y que antes se llamaba Ópera Catedral. A eso se suman los locales comerciales que arriendan en San Diego, varios de ellos ocupados por el comercio de las bicicletas.
Caminar por acá con Aravena toma su tiempo, porque lo saludan desde los locales de bicicletas y desde los negocios de repuestos. Lleva toda la vida en estas cuadras. “Aquí a la gente le gusta venir a cachurear, porque todo esto es el mundo de las bicicletas”, dice. “Al otro lado están los computadores, al otro la feria, los repuestos de 10 de Julio. Es un polo económico bastante importante”.
Encima del escritorio de Aravena hay una placa con el nombre de José Aravena Rojas, su padre, el que empezó todo esto. “Nunca quise sacarla”, aclara. “Siempre lo tengo ahí”.
Mucho antes de que la familia comprara el Caupolicán, su papá lo arrendaba. El recinto estaba en manos de los Venturino, empresarios circenses llegados de Iquique que se lo habían quedado cuando la Caja quiso desprenderse de él. Ahí José Aravena empezó a traer artistas de afuera. Con esa experiencia montó después sus propios locales, como la boite La Sirena y el Casino Las Vegas, donde hoy está el Teatro Teletón. Y terminó produciendo en grande. Estuvo en los festivales de Viña del 80, el 81 y el 82, trajo Evita y El hombre de La Mancha, y también Chicago, que en Santiago no funcionó y que décadas más tarde ganó el Oscar. “Era adelantado a su tiempo”, dice Aravena.
Los 90 años del teatro caen justo ahora. Están trabajando en un libro, en cápsulas de video que graban estudiantes del Duoc y en un concierto de cierre. Tampoco descartan abrirlo para el Día del Patrimonio. “Lo estamos considerando seriamente”, afirma.
Mientras tanto, las otras unidades de negocio de la familia siguen avanzando. “Yo veo lo que tiene que ver con los espectáculos, el teatro”, explica. En los hoteles y en los otros negocios nocturnos ya están las generaciones más jóvenes, sus decenas de sobrinos.
Él empezó a trabajar antes que todos ellos, a los 11 años. “De ahí en adelante, mucha discoteca encima en el cuerpo”, lanza. Sigue ahí todos los días. Y con la obra por partir a media cuadra, avisa: “Uno tiene que ir bajando las revoluciones”.
El socio
El modelo de Box Latam es levantar edificios de estacionamientos y bodegas en barrios de comercio chico y atomizado y venderlos por unidad a inversionistas particulares. Cada comprador se queda con su estacionamiento o su bodega, la firma los administra, y lo que entra por el cobro por minuto y por los arriendos de plazo más largo va a un pool que se reparte mes a mes según lo que puso cada uno. “Acá hay un solo administrador, pero miles de propietarios”, dice Francisco Ojeda, ex Tanner, que fundó la empresa en 2021 junto a Felipe Besnier.
La idea les apareció cuando la industria inmobiliaria empezó a apretarse. Había plata dando vueltas por los retiros de las AFP, pero menos créditos hipotecarios y menos compras de departamentos. “La gente quiere invertir en activos inmobiliarios y este era un ticket chiquitito”, dice Ojeda. La otra diferencia con el departamento es que acá el comprador no administra nada. “Cuando tú te compras un departamento, además tienes que administrarlo, arrendarlo, que el arrendatario pague al día, que no lo deje vacío, que no lo deje dañado”.
La empresa calcula un retorno cercano al 10% anual, sobre el 7,5% de los departamentos y el 8,3% de los estacionamientos administrados uno por uno. Se compra al contado o con pie y saldo en hasta 60 cuotas con la compañía, y hay renta garantizada mientras el edificio se llena.
El primer “box” abrió en 2023 en Franklin, al lado del Persa Biobío. El segundo va bajo un centro comercial en Talagante y el tercero es este, el del Teatro Caupolicán.