La mirada larga también necesita instrumentos
Señor Director:
La columna del viernes 12 de junio en el Diario Financiero de mi colega y amigo Hernán Cheyre, La mirada larga, tiene una virtud poco frecuente en el debate público chileno: recordar que el desarrollo exige pensar en horizontes de décadas y no de ciclos electorales. Tiene razón al destacar la importancia de la educación y de las instituciones. Ningún país ha alcanzado el desarrollo sin ellas.
Pero precisamente porque comparto esa mirada de largo plazo, creo necesario agregar un elemento que suele quedar ausente de la discusión. La educación es una condición necesaria para el desarrollo, pero no una condición suficiente.
Si bastara con aumentar los años de escolaridad para transformar una economía, América Latina sería hoy mucho más desarrollada de lo que es. La evidencia muestra que entre el capital humano y el crecimiento existe un espacio donde importan las instituciones productivas, los incentivos y la capacidad de coordinar inversiones que el mercado, por sí solo, muchas veces no realiza.
Durante años se instaló en Chile la idea de que la mejor política industrial era no tener política industrial. Sin embargo, nuestra propia historia ofrece ejemplos que sugieren algo distinto.
El desarrollo de la industria forestal chilena no fue simplemente el resultado de una mejora educacional ni de una reacción espontánea de los mercados. Comenzó a gestarse cuando el Estado impulsó la reforestación para enfrentar los graves problemas de erosión que afectaban amplias zonas del país y, al mismo tiempo, construir una matriz productiva menos dependiente de la minería. Tras la creación de Corfo en 1939 se realizaron los primeros inventarios forestales, se promovió la investigación sectorial y se impulsó la naciente industria de la celulosa. Décadas más tarde, el proceso se aceleró con el Decreto Ley 701 de 1974, que bonificaba hasta el 75% de los costos de plantación.
La combinación de estas políticas permitió expandir la superficie forestada, atraer inversión privada, desarrollar infraestructura industrial y crear un sector exportador que hoy se cuenta entre los más importantes del país. Resulta difícil sostener que esta transformación fue únicamente consecuencia de un mejor sistema educacional. Fue también el resultado de una política pública deliberada, consistente y sostenida durante décadas.
Lo relevante es que este ejemplo no obliga a elegir entre Estado y mercado. La experiencia forestal fue exitosa precisamente porque combinó ambos. El Estado ayudó a crear las condiciones iniciales y el sector privado aportó inversión, innovación y capacidad empresarial.
Esa es también la lógica de una política industrial moderna. No se trata de que el Estado elija arbitrariamente ganadores y perdedores ni de revivir los modelos de sustitución de importaciones del siglo pasado. Se trata de identificar oportunidades, resolver problemas de coordinación y desarrollar capacidades productivas. Pero también de exigir transparencia, competencia, evaluación permanente y control democrático.
La educación seguirá siendo una de las inversiones más importantes que puede hacer un país. Pero la experiencia chilena muestra que el desarrollo no surge automáticamente de una población más educada. Entre las capacidades que forman las escuelas y universidades y el crecimiento económico existe un espacio donde importan las instituciones, los incentivos y las estrategias productivas. La historia forestal chilena es una demostración elocuente de ello. La educación crea capacidades. La política industrial crea oportunidades para que esas capacidades se transformen en desarrollo.
Carlos Mladinic
Economista
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