Que la era del dinero barato terminó es algo que el mercado venía interiorizando desde hace algunos años, cuando los bancos centrales tuvieron que responder al brote inflacionario post-pandemia con aceleradas alzas de tasas de interés.
Hasta ahora, sin embargo, dominaba un diagnóstico optimista de que las tasas se mantendrían en niveles “cómodos”. Eso terminó esta semana, cuando los rendimientos de los bonos soberanos de los países de las principales economías avanzadas escalaron a máximos no vistos en décadas.
En Japón, la tasa de los bonos a 10 años superó el 3% por primera vez desde 1996. En Alemania, el rendimiento del bund a igual plazo llegó a 3,38%, su nivel más alto desde 2011; en Francia superó 4,2%, máximo desde 2008; y en Reino Unido llegó a rozar 5,3%, su mayor nivel desde 2007. Mientras, el rendimiento de los bonos del Tesoro a 10 años alcanzó 4,82%, su máximo en casi tres años.
La presión ha sido todavía más evidente en el extremo largo de la curva. La tasa del Treasury a 30 años llegó a 5,33%, su mayor nivel desde 2007, mientras en Japón superó 4,2%, un récord desde que comenzó a emitirse ese plazo en 1999. Es decir, los inversionistas están exigiendo una compensación mayor para comprometer su dinero durante décadas, incluso a EEUU o Japón.
La reacción reciente del mercado se atribuye a una combinación de factores: El aumento de las emisiones de deuda pública; el alza del petróleo por el cierre del estrecho de Ormuz, que reactiva las preocupaciones inflacionarias; y las apuestas a que los principales bancos centrales deberán llevar las tasas a niveles más altos de lo esperado, independiente de sus acciones en el corto plazo.
A ello se suma la retirada del comprador japonés. En octubre de 2023, un inversionista de ese país ganaba 318 puntos base apostando por el Treasury a 30 años en vez del bono local; hoy esa diferencia es de 116 puntos base y sin efecto cambiario. Una de las principales fuentes de financiamiento de las últimas tres décadas, el capital japonés, ahora encuentra rendimientos atractivos en su propio mercado.
Robin Brooks, senior fellow de Brookings Institution, plantea que no estamos ante un fenómeno pasajero: el ajuste de los bonos comenzó, con avances y pausas, ya en 2022 y se ha extendido a prácticamente todas las economías avanzadas.
El impacto
Por ahora, el mercado accionario ha escogido no dejarse asustar por el alza de las tasas. En parte, porque las empresas siguen entregando un fuerte crecimiento de sus utilidades. En el caso de las firmas del S&P 500, las ganancias aumentaron más de 20% en los dos primeros trimestres, con tasas similares esperadas para la segunda mitad de 2026.
El escenario podría cambiar si la tasa del Treasury a 10 años alcanza el 5% o la de 30 años se instala cerca de 6%. Los bonos se vuelven entonces en una alternativa de inversión más atractiva, y presionan directamente las valorizaciones, pues una mayor tasa de descuento reduce el valor presente de las utilidades futuras. El efecto es especialmente relevante para las tecnológicas, cuyo precio depende de utilidades esperadas varios años hacia adelante.
Los gobiernos y la economía tampoco serían inmunes a un alza sostenida de las tasas. “Cuanto más suben los rendimientos, más preocupante se vuelve la trayectoria fiscal a largo plazo para muchos países”, apuntan analistas de Deutsche Bank, quienes proyectan que la tasa de los bonos del Tesoro a 10 años podría rondar el 5,5% en 2027.
Camila Astaburuaga, senior portfolio manager de renta fija de EFG Asset Management, advierte que el efecto de las mayores tasas globales se agrava cuando se combinan con altos niveles de deuda, menor crecimiento y mayores necesidades de refinanciamiento. “La verdadera vulnerabilidad está en la combinación de altas tasas y menor credibilidad fiscal”, resume Astaburuaga.
Además, se presenta una mayor competencia para los mercados emergentes que busquen capital, pues ahora se enfrentan a bonos de economías desarrolladas que ofrecen rendimientos similares o, en algunos casos, más atractivos.
Chile no quedaría exento del impacto. Felipe Jaque, economista jefe de BICE, advierte que el nivel más alto de las tasas globales pone un piso al costo del financiamiento local. Históricamente, explica, alrededor de 40% de los movimientos de las tasas largas externas termina traspasándose a las tasas locales.
Si las tasas externas se mantienen en torno a 4,5%, Jaque estima que las tasas nominales de largo plazo en Chile deberían instalarse en torno a 5,5%, mientras el piso para las tasas en UF se ubicarían alrededor de 2,5%.
Aunque factores locales pueden moderar el movimiento, Jaque sostiene que la estructura de tasas chilena sigue estando fuertemente condicionada por lo que ocurre en los mercados globales.
El alza de las tasas largas también pone en riesgo el boom de inversiones en IA que ha sido el gran motor de la economía estadounidense y del mercado. Se proyecta que este año la emisión de deuda ligada a la IA podría llegar a los US$570.000 millones. Vanguard estima que superaría el US$1 billón anual entre 2027 y 2030. Tasas más altas encarecen directamente ese financiamiento. Principal Asset Management advierte que, si esos mayores costos comienzan a limitar la inversión, podría debilitarse una de las bases del optimismo que ha sostenido las utilidades y valorizaciones.
El secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent, ofrece una lectura tranquilizadora: el camino es crecer. Pero es una meta esquiva. La mayoría de los países (incluido Chile) ha visto acelerarse su deuda más rápido que su PIB, y el mayor costo de financiamiento se vuelve precisamente un obstáculo para lograrlo.