La imagen de una señora sentada en una tineta. Ese es el recuerdo más nítido que tiene Bernardita Delpiano del día en que entendió que había algo que hacer. Las residencias de personas mayores recién volvían a abrir después del encierro de la pandemia y las visitas sólo se permitían afuera, de a pocos y con distancia. En un hogar encontró a una residente tomando sol sentada sobre una tineta. No había banca.
“Ahí nos dimos cuenta de que los hogares estaban muy restringidos de presupuesto”, explica la fundadora y directora ejecutiva de la fundación Amigos de los Mayores, quien acaba de recibir el premio Mujer Impacta 2026 por esta iniciativa. En plena emergencia sanitaria, las prioridades estaban puertas adentro: mascarillas, alimentación y cuidados. La fundación comenzó entonces a imaginar espacios exteriores que no fueran meramente decorativos. La idea era crear lugares seguros donde los residentes pudieran salir, encontrarse, moverse y recibir a sus familias.
Bernardita Delpiano.
Así nació Jardines que dan Vida, un programa que ya suma cuatro patios terapéuticos en hogares de Santiago, Viña del Mar, Temuco y, desde hace algunas semanas, Lampa. Los tres primeros suman 385 metros cuadrados intervenidos y benefician directamente a 136 residentes, además de cuidadores y equipos técnicos. Tres nuevos proyectos ya están comprometidos para este año.
Las manos en la tierra
A sus 93 años, Delia Rifo se acerca a una de las mesas de cultivo del hogar Sagrado Corazón, ubicado en Ñuñoa, a pocas cuadras del Estadio Nacional, y revisa lo que ha ido creciendo. Perejil, cebollas, arvejas. Le gustaría sumar tomates. “Me adueñé de esto”, dice riendo. Para ella, trabajar la tierra no es una actividad nueva, sino un regreso. Creció en el campo. Era hija de un trabajador ferroviario y, mientras su padre recorría el país en tren, pasaba largas temporadas al cuidado de mujeres mapuche. Fueron ellas quienes le enseñaron a sembrar. “Me decían: ‘Tienes que trabajar la tierra, que planten las flores, los no me olvides, que siembren las arvejitas’”.

Hoy dice que al meter las manos en la tierra siente paz. “Se te olvidan todos los problemas, las enfermedades, es algo maravilloso”. Hace una pausa y se emociona: “Me hace recordar mi niñez”.
El lugar que hoy Delia siente como propio era, hasta hace poco más de dos años, un terreno de ripio que funcionaba como estacionamiento en desuso. Las piedras dificultaban el tránsito de quienes usaban bastón o silla de ruedas y prácticamente nadie permanecía ahí.
Hoy es el Jardín de los Naranjos: un espacio conectado al comedor y a una sala de estar, donde senderos de maicillo serpentean entre los antiguos naranjos del patio. Hay bancas bajo su sombra, suelo nivelado y pensado para la accesibilidad, vegetación de bajo consumo hídrico y mesas de cultivo elevadas para que puedan usarlas personas con movilidad reducida. También una casa de pájaros y campanas de viento.
Cada jardín se codiseña con una paisajista voluntaria, la dirección del hogar, los equipos técnicos y los propios residentes. Ellos cuentan qué plantas les recuerdan su antigua casa, dónde prefieren sentarse, qué rincones reciben mejor el sol o qué actividades les gustaría hacer afuera. Son los adultos mayores quienes bautizan cada espacio. En Temuco, un patio interior donde antes había balones de gas y tendederos de ropa pasó a llamarse El Refugio de los Sueños. En Viña del Mar eligieron La Esperanza. Ningún jardín es igual a otro, porque ninguno responde a la misma historia.

El modelo de colaboración que utiliza el programa también busca cambiar la relación entre empresas y organizaciones sociales: algunas financian, otras ejecutan las obras, aportan viveros, mobiliario o voluntariado especializado, de modo que el proyecto no dependa únicamente de una donación económica.
Contra la soledad
La Organización Mundial de la Salud ha advertido que la soledad y el aislamiento social son factores que deterioran la salud física y mental de las personas mayores. En Chile, donde el envejecimiento avanza aceleradamente y cada vez más personas llegan a la vejez viviendo solas o institucionalizadas, el desafío ya dejó de ser únicamente sanitario: también es social.
Felipe Morán, cofundador del programa, reconoce que ellos mismos subestimaron el efecto que tendrían estos espacios: el proyecto no consistía solamente en plantar árboles o flores, sino en generar espacios que permitieran la socialización. “Pensábamos en cinco o 10 actividades, pero después aparecieron muchísimas más”, recuerda. Hoy los jardines albergan cumpleaños, conciertos de orquestas escolares, talleres, bingos organizados por voluntarios, visitas familiares y celebraciones que antes ocurrían -cuando ocurrían- en un pasillo. “El solo hecho de generar un espacio de encuentro abre muchas más posibilidades de las que nosotros habíamos imaginado”, dice.
Es el caso de Norma Garrido, quien tiene 96 años y fue profesora de educación diferencial en La Cisterna. Enviudó, sus hijas se casaron, vivió sola muchos años “acompañada siempre de las plantas”. Hoy sale al Jardín de los Naranjos a mirar el cielo, conversar con sus amigas y observar cómo crecen las especies que ellas mismas han plantado. Cuando vio brotar el cilantro y las lechugas, sintió “como que nacía otra vida”. Y se corrige: “Quiero decir: no que nacía. Digo mal. Que continuaba mi vida”.
En cambio, Carmen Zelaya, de 88 años, no riega ni cuida las plantas, lo aclara rápidamente, pero sí le gusta salir al patio todas las mañanas “para no estar encerrada en la pieza viendo televisión. Ahí se juntan todas, entonces yo me anexo”. Norma lo llama “juntarse a comadrear”. Y ante la pregunta de qué significa para ella tener ese lugar, responde sin hablar de árboles, flores ni jardinería. “Es seguir teniendo vida. Significa que no estoy sola”.
Equipo Jardines que dan vida