A Cristián Meier se le puede encontrar donde casi siempre está: en una feria libre, buscando. Tiene 51 años y, mientras conversa, va camino a una. Después piensa correr a otra. Así funciona su negocio: no compra fardos, sino que busca pieza por pieza, entre montones de ropa y objetos, con un criterio que lleva décadas entrenando.
Porque decir que vende ropa usada no alcanza a explicarlo: Meier es un coleccionista. Ropa de trabajo americana, prendas de motociclista, objetos deportivos, patentes de autos, monedas o candados: le interesa todo aquello que tenga cierta materialidad, historia o rareza. Esa obsesión hoy alimenta Meier Vintage, su tienda en el Persa Biobío, entre cuyos clientes frecuentes está el arquitecto y conductor Federico Sánchez.
La ropa, sin embargo, fue primero. A los 10 años, acompañaba a su madre -hija de alemán e italiana- a comprar ropa americana: jardineras, camisas leñadoras, chalecos y otras prendas de ese imaginario norteamericano. Meier dice que aquello fue una de las cosas que más los unió. Ella murió hace un año y medio. “Esto es con ella”, dice sobre lo que hace hoy.
En todos estos años, ha visto transformarse por completo la relación de los chilenos con la segunda mano. “Desde que se burlaban de uno porque usaba ropa americana hasta ahora que es cool, es muy gracioso”, resume.
“Desde que se burlaban de uno porque usaba ropa americana hasta ahora que es cool, es muy gracioso”, resume Meier.
Un mercado de US$ 393 mil millones
Lo que Meier observó desde las ferias chilenas forma parte de un cambio mucho mayor. El mercado mundial de vestuario de segunda mano se encamina a alcanzar los US$ 393 mil millones en 2030 y actualmente representa cerca de un 10% del gasto global en ropa, según el 2026 Resale Report de ThredUp, elaborado por GlobalData. En Estados Unidos, durante 2025 creció casi cuatro veces más rápido que el retail de vestuario en general.
Chile ocupa una posición particular dentro de ese circuito. Según la Estrategia de Economía Circular para Textiles al 2040, es el cuarto mayor importador de ropa usada del mundo, con más de 123 mil toneladas importadas en 2022. Al mismo tiempo, la compra de vestuario pasó de unas 15 prendas por persona en 2007 a 50 en 2021.
Pero entre los enormes volúmenes de prendas que circulan y llegan al país, ha comenzado a aparecer otra capa del negocio: tiendas pequeñas que no compiten por cantidad, sino por selección. En ellas ya no basta con decir “ropa usada”. Se habla de vintage, archivo, lujo de segunda mano, prendas coleccionables y curaduría.
Saber qué mirar
A Meier no le interesa especialmente que una chaqueta lleve un logo reconocible. De hecho, desconfía un poco del comprador demasiado “marquero”. “Lo más fácil para vender son cosas de marca”, dice. Él busca otra cosa: el peso de una tela, la lana, el cuero, el patrón, una tipología desaparecida, una prenda que originalmente tuvo un uso concreto. Dice que algunas piezas antiguas “no necesitan un letrero”: hablan desde la calidad, la materialidad y la historia.

Después de la pandemia, notó un cambio importante: hay más personas buscando, más conocimiento y más filtros antes de que las prendas lleguen a sus manos. A su juicio, las piezas realmente antiguas -lo que él llama true vintage- son cada vez más escasas. Por eso acumula. Admite, entre risas, que probablemente sería un mejor comerciante si fuera capaz de desprenderse de más cosas. “Me cuesta mucho vender”.
De Armani a una chaqueta perfecta
Carolina Mancilla conoce bien esa sensación. Está detrás de Slow Pieces, una tienda que comenzó durante la pandemia y que terminó especializándose en chaquetas de cuero. El proyecto fue iniciado por su amiga Francisca Torres y Mancilla tomó la posta cuando ella se trasladó a Dinamarca. Al principio vendían desde blusas y vestidos hasta poleras de hilo y blazers, pero poco a poco las chaquetas y abrigos comenzaron a dominar la selección.
El giro definitivo ocurrió cuando empezaron a encontrar piezas de cuero que resultaban difíciles de replicar en el retail actual. “Hoy es muy difícil encontrar prendas con ese nivel de confección y carácter; ya no se hacen cosas así”, dice.
Su estética mira principalmente a los años ‘80 y comienzos de los ‘90: siluetas estructuradas, hombreras y materiales nobles. Para abastecerse, revisa ferias, tiendas vintage y marketplaces. “Cuando te dedicas a esto, estás con el ojo puesto todo el tiempo”, explica.

Una de sus mejores recompensas apareció dentro de un montón de ropa: prendas Armani impecables por cuatro mil pesos. Ese hallazgo explica una parte difícil de traducir a Excel en estos negocios. Mancilla puede evaluar estado, corte, color, desgaste y calce, pero reconoce que a la hora de poner precio existe también un componente emocional. Hay chaquetas que vende y vuelve a encontrar años después. Hay otras que no aparecen nunca más. “Al final te vuelves un poco coleccionista”, reconoce.
Una Miu Miu no basta
Romina Homel, estudiante de Diseño Industrial de la Universidad de Chile, creó Gyosa Archive a partir de una idea surgida en una clase. Desde niña recorría ferias buscando ropa usada; hoy esa intuición se convirtió en una selección curada donde conviven nombres como Miu Miu, Balenciaga, Roberto Cavalli, Comme des Garçons o Issey Miyake. Pero la etiqueta no basta: importan el diseño, la construcción, los materiales, la silueta y la historia de la pieza.
Uno de sus grandes hallazgos fue precisamente un bolso de archivo creado por el diseñador japonés Hikaru Matsumura para Issey Miyake. Al investigarlo, descubrieron que pertenecía a The Unique Bag Project, desarrollado alrededor de 2009 e inspirado en los antiguos guantes de béisbol, con paneles de cuero trenzado y una particular silueta curva. Para Homel, resume bien lo que busca Gyosa: no sólo una firma reconocida, sino además piezas donde moda, diseño e historia se cruzan.
Ese ojo también ha atraído a un público especializado. A su punto de venta en MUT llegan extranjeros familiarizados con el mercado internacional del resale, además de estilistas, fotógrafos y directores de arte. El equipo de Princesa Alba ha comprado prendas en Gyosa y, durante el paso de Rosalía por Chile, su equipo de estilismo se llevó tres piezas del archivo.

Vestirse con algo que ya tuvo una vida
Los tres emprendedores coinciden en que ha habido un cambio de mirada. Mancilla dice que cuando Slow Pieces comenzó había más prejuicio. Hoy ve más tiendas, más competencia y más compradores, y una diferenciación creciente entre usado, vintage y archivo. “Se expande el concepto”, dice.
En Gyosa creen que el público se volvió más exigente: ya no necesariamente entra a una tienda de segunda mano sólo para gastar menos, sino para buscar mejores materiales, diseños singulares o prendas con una historia anterior.
Meier prefiere no hablar de reciclaje ni repetir, dice, esas frases “copy paste” que suelen acompañar a la ropa usada sobre sustentabilidad y circularidad. Su idea es otra: “Volver un poco atrás y valorar lo antiguo”.
Lo compara con los autos: hubo un tiempo en que nadie quería una vieja Kombi; hoy se restauran y coleccionan. “Con la ropa pasa lo mismo”, dice. Y quizás por eso tampoco tiene apuro por vender todo lo que encuentra. Cuando habla de una antigua pieza de boxeo que guarda, imagina que algún día aparecerá alguien que fue profesor de boxeo, que practicó el deporte o que simplemente lo ama. Alguien capaz de entender qué tiene delante. “Él va a saber y se la va a llevar”, dice. Y Meier, mientras tanto, seguirá buscando.