Si hubo algo que se destacó en la larga campaña que le permitió a José Antonio Kast llegar a la presidencia fue el orden y afiatamiento mostrado por toda su estructura partidaria. Como una orquesta bien llevada, todo se estructuró de forma tal que no hubiera -al menos, no públicamente- disidencias que sacaran de foco al candidato y así pudo, por años, entregar un mensaje consistente que terminó calando en la opinión pública. De ahí al triunfo resonante quedaron sólo algunos pasos cortos. El brazo derecho del actual Presidente en la campaña fue, sin duda, Arturo Squella, quien, con buena dialéctica y un mensaje moderado alejó los temores que causaba cierta radicalidad republicana y cuando fue electo senador de inmediato se dio por hecho que sería la voz de Kast en el Congreso.
Por supuesto, la tarea de gobernar es infinitamente más compleja que una campaña, y era esperable que surgieran complicaciones en la conformación de los equipos. El tener a los nacional libertarios por afuera haciendo recordatorios permanentes de la falta de pureza o a un Chile Vamos humillado por el mal resultado electoral eran parte de los desafíos que se vislumbraban al inicio del Gobierno. Había que armonizar las nuevas voces con el pensamiento vertical, monolítico y muy eficaz que habían mostrado los republicanos. Curiosamente, ninguna de esas proyecciones se ha dado y los dolores de cabeza han venido, fundamentalmente, desde donde nadie lo imaginó.
La primera señal fue muy al inicio del Gobierno. Una pelea intestina y agria entre Squella y Alejandro Irarrázaval, el jefe del segundo piso y un duro competidor por la oreja del Presidente. El líder de la colectividad se encargó de que los reclamos duraran varios días y que todo fuese público, mientras una ciudadanía atónita observaba esto sin entender nada de estos conflictos estrictamente políticos y que no son otra cosa que un gallito por cuotas de poder. Fue un comienzo tan sorprendente como poco feliz, pero finalmente quedó atrás; eso sí, con más de una cicatriz.
Luego han venido las diferencias en políticas públicas. La primera fue ante esa idea retorcida de obligar a las mujeres a escuchar en la ecografía los latidos del corazón del feto cuando habían optado por abortar dado que habían sido violadas o el feto tenía una patología congénita incompatible con la vida. Claramente, el Gobierno no estaba por meterse en ese entuerto, pero Squella se encargó de decir a los cuatro vientos que él lo votaría a favor. Idas y venidas que sólo significaron distracción y alejamiento del electorado moderado.
Cuando el Gobierno -no sin sobresaltos- lograba recuperar la agenda, propuso privatizar Codelco. Claro está que hay razones para discutir la incorporación de capital privado a la cuprífera estatal, pero lanzar sin ningún matiz la privatización de la compañía es un despropósito político. Nos llenamos de encuestas mostrando que los chilenos están totalmente en contra de esto e incluso se perdió la oportunidad de haber avanzado en socializar el concepto.
La guinda vino con una nueva intervención pública de Squella, esta vez por la salida del subsecretario de Hacienda por dar positivo en el test de drogas. Fuertes epítetos en privado e incluso tuits para rebatir al propio ministro del Interior lo volvieron a poner en su rol de díscolo frente al Gobierno de su partido. Desde afuera, simplemente, no se entiende el plan; dudo que haya alguno. Pero lo que sí está claro es que la orquesta lleva desafinando un buen rato por responsabilidad de los músicos más cercanos.