Me encantan las encuestas. Las leo todas en detalle, busco sacar inferencias de alguna originalidad para poder comentarlo luego en alguna sobremesa con amigos y de tanto en tanto salpicar alguna columna con algún datito sabroso. He sido un seguidor histórico de Nate Silver y su plataforma para predecir resultados electorales estadounidenses mediante la agregación, calificación y ponderación de todo tipo de encuestas que tanto éxito le significó en sus inicios y tanto dolor en las últimas elecciones cuando irrumpió el fenómeno Trump y su voto oculto avergonzado -vaya qué tenían razón de estarlo-. En Chile tenemos la ventaja de tener una industria seria y consolidada al respecto con al menos tres empresas que nos entregan datos con altísima frecuencia y calidad.
Si hay algo que le he admirado siempre al Presidente Kast es su desapego a lo que dicen las encuestas. Eso le permitió mantener el timón firme y convertir una serie de derrotas en una victoria arrolladora sólo con ajustes menores a su discurso a la ciudadanía. El contraste con el exPresidente Piñera es muy fuerte en ese sentido. Piñera, que todo necesitaba medirlo -porque “entre su intuición y la mía me quedo con la mía”-, era un gran consumidor de ellas y le gustaba hacer fine tuning en función de las pulsiones y arrebatos de la ciudadanía. Los últimos acontecimientos de la política nacional muestran que, si bien es valioso estar atentos a los sondeos de opinión, una sana distancia -independientemente de la calidad de ellos- parece lo más recomendable.
El proyecto de reconstrucción liderado por el ministro Quiroz estuvo los tres meses que duró su tramitación abajo en las encuestas por una cifra en torno a 15 puntos. Entre el ruido de los alcaldes por las contribuciones, la oposición y su monserga de los ultrarricos y, por sobre todo, al ser un proyecto eminentemente técnico sin grandes dulces de fácil consumo, hacían difícil su promoción en la ciudadanía. Quiroz persistió, persistió y persistió y -¡oh, sorpresa!- una vez aprobada la ley las encuestas se dieron vuelta y una mayoría importante la respaldaba. Una combinación de “no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso” junto con el deleite de estar del lado de los ganadores.
De alguna forma se confirmaba con ello la filosofía del Presidente respecto a los estudios de opinión pública y su importancia en política. Por eso es especialmente curioso que se haya dejado llevar por la fiebre de las encuestas en torno a la seguridad -con un respaldo abrumador de más del 80%- para enviar un proyecto no consensuado internamente, lleno de ripios y que transformó lo que parecía un paseo por el campo en un dolor de cabeza de aquellos con un final incierto. Es llamativo a la vez porque el ministro Arrau es un hombre -a diferencia de su colega Quiroz- curtido en los entresijos de la política, por lo que este bochorno de la reforma constitucional con tejo pasado debió haber estado de alguna forma dentro de sus cálculos. Pero nada de eso ocurrió.
Hoy el Gobierno aparece metido en un enredo, del cual no es fácil salir con dignidad, por haberse engolosinado con el apoyo mayoritario de los chilenos. Y por supuesto, frente a la arremetida de propios y ajenos, el apoyo en las encuestas a la propuesta de seguridad comenzó rápidamente a desvanecerse. Nadie mejor que el Presidente Kast para saber en la trampa en la que cayó.