Son tiempos convulsos. Cada una de las posiciones políticas parece tironeada desde su interior para no ser sobrepasada por alguien que demuestre mayores grados de pureza e intolerancia frente a las ideas del contradictor. Hasta un foro vamos a tener, el Foro de Madrid en Santiago de Chile, donde lo confuso del nombre parece ser el menor de los problemas. En la instancia va a participar el Presidente Kast -uno de sus fundadores- junto a una serie de compañeritos bastante más altisonantes y provocadores que nuestro mandatario.
Sin duda, la ocasión servirá para echar un leño más a esa fascinante e interminable discusión sobre si el Gobierno es o no de ultraderecha. Algo de razón tienen los que se quejan de que, si este Gobierno es de ultraderecha, el de Boric era entonces de ultraizquierda. Ese fue mi leño, pido disculpas.
El ágape de Madrid se viene a sumar a los desafortunados -por ser generosos- últimos días del Gobierno en torno a la reforma de seguridad. Reforma que hoy es huérfana; nadie dentro del oficialismo la reconoce como propia. El propio ministro Arrau, en un gesto que se nos había olvidado que era posible, dijo que asumía la responsabilidad dado que estaba su firma en el proyecto. Meritorio que alguien asuma, pero a la vez da a entender que el muerto tampoco es de él.
En la otra vereda las cosas no están mucho mejor: el Frente Amplio elige una directiva donde, por supuesto, gana la de posturas más irrazonables, si es que eso es posible. De esta manera, ponen en entredicho cualquier intento de moderación o de aprendizaje después del accidentado paso de cuatro años por el poder. Boric puede haber aprendido un par de cosas, pero sus correligionarios parece que poco y nada. Siempre está el riesgo de que frente al fracaso la lección que se saque sea que faltó radicalidad.
Radicales por derecha, radicales por izquierda. Por eso, en este ambiente de la tuya y dos más, es refrescante ver intentos de diálogo como el emprendido por los alcaldes Bellolio y Vodanovic. Obviamente, ambos están buscando bombear sus posibilidades presidenciales -bastante mejorcitas las del frenteamplista-, pero lo hacen desde la sensatez y la moderación.
No faltarán quienes digan que esta postura no trae votos hoy -probablemente están en lo cierto- y ahí radica buena parte de la gracia. Mucha palabrería y pocas nueces; por supuesto, es política, ¿qué esperaban? Lo valioso es que rompen con el paradigma actual de los extremos.
En ese mismo sentido, valioso es que el Gobierno haya logrado convencer a conspicuos miembros de la izquierda para formar parte de las comisiones encargadas de proponer reformas a la estructura y al funcionamiento del Estado.
Por supuesto que caen piedras desde todos lados: se realzan los que faltan desde los partidos que no están invitados, y desde los partidos que tienen representantes se critica su presencia. ¿Quién los entiende? Pero dejando de lado la hojarasca, se muestra que en medio de un ambiente semitóxico, sigue habiendo espacio para el diálogo serio y constructivo en torno a problemas acuciantes del país.
Son pequeños brotes que hay que celebrar a riesgo de pasar por ingenuo y buenista. ¡Síganme los buenos!