George Anastassiou conversa con su hija Antonia: el legado griego, la empresa familiar y la carrera de postas
Empresario, arquitecto, filántropo. George Anastassiou ha sido parte importante en el desarrollo de las empresas de su familia, como Molymet. También en la Fundación Mustakis. Se ha preocupado además de la sucesión a las nuevas generaciones. De todo eso habla con su hija Antonia en el primer capítulo de "Asunto de familia", el nuevo podcast de DF MAS.
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Publicado: Sábado 22 de agosto de 2026 a las 21:00 hrs.
Para que George Anastassiou Mustakis esté sentado aquí este mediodía, tuvieron que pasar muchas cosas previas. Algunas hace muchísimos años, como que a principios del siglo XX llegaran a Chile dos inmigrantes griegos. Esos fueron sus abuelos. Uno, casado con chilena, se instaló en el norte. El otro, con esposa griega, lo hizo en Viña del Mar y se convertiría en el motor del desarrollo de empresas familiares -como Molymet, líder mundial en el procesamiento de molibdeno- y de instituciones de filantropía -como la reconocida Fundación Mustakis- que se han ido traspasando entre generaciones del clan.
Entre esas nuevas generaciones está su hija Antonia, la tercera de cuatro, quien ahora está sentada a su lado. Juntos recorren la historia familiar, cuentan qué ocurre cuando el trabajo y los lazos sanguíneos se encuentran en un mismo territorio, hablan de las lecciones aprendidas, de los desafíos futuros. La conversación, de una hora, constituye el primer capítulo de Asunto de familia, el nuevo podcast de DF MAS, disponible en YouTube, Spotify y df.cl. Aquí, un extracto.
Las raíces
- George, tu abuelo Anastassiou y tu abuelo Mustakis llegaron a Chile entre 1910 y 1920. Uno atraído por la construcción de líneas ferroviarias, el otro por el negocio de la exportación de alimentos. ¿Qué recuerdas de ellos?
- (GA) Los dos abuelos tenían mucha personalidad. Uno muy aventurero, Anastassiou, trabajó en África, hizo ferrocarriles para una empresa belga allá durante tiempo. Las cazas de elefantes, de leones a pura lanza eran parte de esa historia. No lo conocí prácticamente, porque él se murió a pocos meses de que yo naciera. Tengo un par de fotos de él; y el resto son puros recuerdos y las cosas que quedan de su vida, como fue la construcción de una manzana frente al correo central en La Serena, en la plaza, que era muy bonita. También la serie de etiquetas, productos y diplomas de premios que se ganó en el mundo de la papaya, con la que él se fascinó después de fascinarse con mi abuela. Los dos se quedaron en La Serena; él nunca llegó a Perú, donde iba a hacer el ferrocarril. Su fascinación por la papaya lo llevó a tener fábrica de jugos, de conservas, de confites, etc. Mi padre siempre hablaba de su padre.
- Tu padre se llamaba Homero, ¿no?
- (GA) Sí, el de La Odisea. Entonces los recuerdos vienen fundamentalmente del relato. Y eso también es muy bonito, es parte de la geografía familiar que uno debiera mantener. Y en el caso de mi abuela, que capturó a este aventurero medio africano, digamos, era una mujer pausada, muy religiosa. Siempre la relacionamos con la poesía y con Lucila Godoy Alcayaga, con quien compartieron de niñas varias situaciones.
Homero Anastassiou, padre de George.
Continúa: “Mi abuelo Mustakis era más racional. Mi bisabuelo, cuando vino la Revolución Rusa y perdieron el contacto con Ucrania, donde tenían en Odesa un amigo que les mandaba el grano que ellos abastecían, lo saca de la universidad en Alejandría, donde mi abuelo estaba estudiando comercial, y le dice que tiene que ir a resolver el problema. Él tenía 23 años, llega a Odesa, la revolución había cambiado todo y fue imposible retomar ese negocio. Entonces parte a Estados Unidos y con su hermano mayor forman una florería, que no daba para la familia, así que se aventura a Chile, donde le dicen que hay muy buenos productos parecidos a los griegos para abastecer la comunidad griega en Nueva York”.
- Con ese abuelo sí compartiste más. Y entiendo que tuviste una infancia y una adolescencia muy griegas…
- (GA) Absolutamente. Él era muy patriarca y además trajo a toda la familia con las mochilas cargadas de queso feta, de productos griegos, del carácter. Una vez que se estableció fue trayendo al resto de la familia, algunos se quedaron en Chile, otros volvieron a Inglaterra o Estados Unidos, donde habían emigrado. Él era una persona no solamente fascinante desde el punto de vista familiar, sino que era un personaje muy importante. Líder dentro de la comunidad griega y dentro de la comunidad comercial chilena que en ese momento funcionaba en Valparaíso.
- Y saltándonos en el tiempo, ¿cuánto de ese mundo griego te tocó a ti, Antonia?, ¿pudiste habitarlo?
- (AA) Totalmente. De partida, mi tío bisabuelo Gabriel Mustakis estaba vivo cuando yo era chica. Íbamos a su casa, era increíble. Las vitrinas llenas de condecoraciones. Mi abuela también, súper griega, era muy congregadora, siempre con comida griega, peleaban en griego para que los niños no entendiéramos. Toda esa energía, esa pasión siempre se vivió (…). Yo me siento muy griega y muy chilena también, pero muy griega cuando hemos ido para allá; como pez en el agua.
- (GA) Eso se siente muy familiar. Haber aprendido el idioma desde chico ha sido un activo muy valioso. Ahora que volvemos a Grecia permanentemente, es fascinante que alguien que es de la cuarta generación tenga el idioma y lo comparta con sus hijos.
- ¿Tú también hablas griego, Antonia?
- (AA) Mi papá habla perfecto. Yo me esfuerzo. He estado en clases. En un restaurante entiendo todo. Pero es un idioma muy complejo. (…) Aunque tengo buena pronunciación, fíjate.
- (GA) Por la fonética del chileno, cuando habla griego es igual que un griego hablando griego. Es como el chipriota. Nos dicen: “Ustedes son de Chipre”. Pero nunca hemos ido a Chipre, y no me he podido comparar.
Deber familiar
- Muy pronto entras a las empresas familiares que impulsa tu abuelo George Mustakis y después su hijo, tu tío Constantino. La compañía frutera, Molymet -donde fuiste presidente varios años, hoy accionista-, la Fundación Mustakis. ¿Qué te impulsa a entrar tan rápido a las empresas familiares?, ¿cuánto había de entusiasmo personal y cuánto de deber familiar?
- (GA) Yo creo que fue total deber familiar. Era el único hombre dentro de la familia. Por lo tanto las mujeres en ese momento estaban en mundos más artísticos.
- Tú tienes sólo hermanas.
- (GA) Puras Hermanas. Una es médico, la otra es psicóloga, la otra era muy joven. Y se da el caso del año 80 que junto con el proceso de tipo cambio que genera toda una crisis financiera, se derrumba toda esta montonera de empresas y situaciones que había formado mi abuelo y que mi tío había manejado. No tenía yo mucho entusiasmo;y a mí me iba regio, tenía buena mano para ser arquitecto. Estaba muy entusiasmado con seguir mi carrera (que estudió en la Universidad Católica), me había ganado un premio de arquitectura joven junto con Cristián Undurraga y otros amigos. Pero me piden esto.
- ¿Quién te lo pide?
- (GA) Mi mamá. Y mi tío, que me dice: “Oye, este es un deber”. Yo me traté de quedar todo lo posible afuera de ese sistema, y de repente me di cuenta de que no. Yo le tenía un tremendo respeto a mi abuelo, y un cariño brutal a lo que él había hecho. Entonces era difícil dejarlo de lado, era además el sustento familiar (…) Yo te diría que esta es una mirada de (carrera de) posta, de que esto es un proyecto transgeneracional, que a mí me tocó una etapa, a mi tío Cocho le tocó otra etapa, a mi abuelo George otra etapa.
- (AA) Yo creo que al final, y un poco lo que me pasa a mí (es directora de comunicaciones en Fundación Mustakis), es que desde chico uno está metido en todo, desde ir a la oficina, me acuerdo ordenar los CD, qué sé yo. Fui desde muy chica a la fundación, a todos los eventos, a escuchar, a entregar premios, a las obras de teatro. Al final uno se empieza a sentir que perteneces, aunque tengas otros intereses.
- Pero imagino, George, que en algún momento el deber se transforma en gusto.
- (GA) Absolutamente. Hay situaciones en las cuales nosotros recibimos un proyecto nuevo. En Molymet, por ejemplo, que parte el año 75, yo entro el 82; era como una startup y era trabajar con puros ingenieros, mucho más realistas, menos soñadores, mucho más hacedores y que tienen súper despejada la cabeza hacia dónde hay que ir. Y diría que fue bonito este proceso de entender cuál es el rol que tú tienes dentro de una organización más grande. La Fundación Mustakis es distinto, porque se formó a partir de la muerte de mi abuelo en el sentido operativo. Antes habíamos armado en su testamento esta fundación y él estuvo siempre muy entusiasmado con que eso ocurriera. Parte operando el año 97 y de ahí en adelante es una historia que uno la tiene que tomar como propia.
- ¿Quién de la familia se mantiene en Molymet? Algún tiempo estuvo tu hijo Nicolás en el directorio, ya no.
- (GA) Ahora tenemos directores profesionales; están Juan Benavides y Enrique Ostalé por el lado nuestro. Molymet siempre se caracterizó por tener una mirada mucho más autónoma de la empresa familiar tradicional. A mí me tocó participar justamente en ese cambio. La empresa empezó a crecer muy rápido y se decidió que la familia no participaba de ninguna manera en la operación, sino solamente en el directorio. Es una cultura distinta, yo diría mucho más meritocrática, abierta al mundo.
- En la Fundación Mustakis sí está la familia reunida. Tu sobrino Matías Sahli es el presidente; de vicepresidenta está Daphne, tu hermana; tu prima Alejandra Mustakis también es miembro del consejo directivo. Antonia está a cargo de comunicaciones. ¿Qué es lo mejor y lo más difícil de trabajar con la familia?
- (GA) Creo que en el caso de esta institución que es non-profit, el hecho de no tener un propósito de ganar dinero y repartirlo entre los accionistas, es súper difícil evaluar los resultados, especialmente en el caso nuestro que tenemos un endowment, un patrimonio que se fue formando, que dejó el tío Gabriel y que a lo largo del tiempo lo hemos ido tratando de mantener. Por lo tanto, nosotros muchas veces proyectamos cosas que son muy propias nuestras; a lo mejor no son del deber nacional. En ese sentido, da para unir a la familia, es algo que marca una forma de ser de nuestra familia, más artística, más vinculada a un aprendizaje más holístico, no tan racional quizás. La Fundación Mustakis es una sumatoria de esfuerzos en esa línea. Mi tío Cocho era más racional, él se fue por las humanidades clásicas y tuvimos que tomar ese camino. Después nos vinimos por el tema de la educación más holística. Hoy la Fundación está más en el tema del crecimiento personal. Y cada una de estas cosas son impulsos que alguno de nosotros ha tenido que llevar adelante.
- (AN) Yo creo que también tiene que ver con este legado que cada uno ha ido recibiendo de la familia, como también de aportar algo al mundo, al país. Desde la parte ejecutiva uno ve claramente distintas miradas, pero en el fondo la estrategia tiene que unir y darle sentido. Lo que veo en mi familia, es que cada uno en sus distintas disciplinas, intereses, tiene una visión súper clara y también una intuición muy potente. Unos con un motor mucho más innovador, otros con otro motor más académico, otros con un motor más abstracto.
George Anastassiou con su tío Constantino Mustakis.
- ¿Igual es difícil ponerse de acuerdo?
- (GA) Ponerse de acuerdo es súper difícil.
- (AA) Lo más difícil.
- Y un roce con un familiar supongo que hiere más que si fuese simplemente un colega que trabaja contigo, ¿no?
- (GA) No, hieren mucho más los colegas. Los griegos somos apasionados y nos gritamos, y los ejecutivos o los directores que están ahí de invitados miran esto y piensan que hasta ahí llegó la Fundación. Por eso, en general diría que es más complicado para los no sanguíneos. Mis cuñados de repente estaban en la casa de mi tío abuelo, veían estas discusiones y decían “nos vamos”. Creo que las generaciones nuevas van apaciguando un poquito esto, aunque algunos siguen siendo bastante sanguíneos en la manera de expresarse y en la discusión.
- La transmisión del legado familiar a las nuevas generaciones ha sido una ocupación tuya, George. Estructurar un plan de sucesión. Estuviste una década en ello. ¿Cómo lo has hecho?, ¿dónde está puesto el foco?
- (GA) Creo que el foco está puesto en la confianza y en la responsabilidad; son dos temas fundamentales que uno espera del sucesor. Nosotros partimos esto con mi mamá, que ya estaba bastante mayorcita, pero le gustaba la discusión. Hicimos borradores, teníamos asesores, hice participar mucho a la generación que venía en la toma de decisiones. Fue una década de trabajo entre las capacitaciones, el coaching, los viajes para entender cada una de las cosas.
- ¿Todo ese trabajo funcionaba sistematizado, organizado?
- (GA) Tratamos de hacer lo típico que hacen las familias, contratar un asesor, seguir los pasos, un Comité de Familia… Pero la verdad es que la familia griega no funciona mucho así. Por lo tanto, la matriarca que era mi madre, la propietaria, dijo: “Esto es una lata”.
- (AA) A nadie le gusta seguir mucho la regla. Ése es el problema.
- (GA) Entonces tuvimos que seguir por la vía de entregarles a ellos (la nueva generación) la responsabilidad de entender qué es lo que había, qué es lo que seguramente iba a seguir siendo muy importante en la economía de la familia y aquellas cosas que eran muy importantes en la transmisión de la tradición y la cultura familiar. La Fundación tiene más de lo segundo; algunos otros negocios tienen más de lo primero. Entre la generación sucesora se han puesto de acuerdo.
- Antonia, ¿y cómo fue esa experiencia de traspaso, vista desde la generación que recibía el legado?
- (AA) Con los primos siempre nos hemos llevado muy bien y se dan conversaciones entretenidas, griegas también, interesantes. A mí hoy una de las cosas que más me gusta es ordenar, yo pienso muchas cosas al mismo tiempo y de repente digo que hay que sistematizar. Es importante tener ordenados estos procesos, además con lo que significa el legado de las tradiciones.
Reunión familiar en la casa de Gabriel Mustakis.
- Imagino que este traspaso es una tarea que nunca termina…
- (AA) Cada vez se pone peor. Imagínate, cada vez se agranda más la familia.
- (GA) Afortunadamente, cuando existen ciertos valores familiares que tienen por un lado la responsabilidad, por otro lado la independencia y la facultad de sacar adelante tus proyectos, aparecen dentro de las generaciones muchos que tienen sus propios proyectos, sus propias cosas, que también son parte del legado; son el legado nuevo que hoy está vinculado a la inteligencia artificial o a la tecnología. Probablemente va a ser más importante que el legado antiguo en poco rato. Es muy atractiva esa combinación. (…) Eso no quita ni pone que uno le ha dedicado bastante rato a esto, parte de tu vida, y que haría las cosas de una manera distinta, pero una vez que uno traspasa la posta, el que parte corriendo ya no está con tus zapatillas, está con las de él.
- Una vez dijiste: “Las empresas familiares deben estar permanentemente refrescándose, cuestionándose”. ¿Cuál es el consejo más útil que podrías darle a una empresa familiar para que perdure en el tiempo?
- (GA) Refrescarse y competir permanentemente con los mejores ya es un desafío. Pero cuestionarse cómo lo estás haciendo hoy es una realidad. China hace las cosas de una manera distinta a Occidente; y lo hacen a un costo infinitamente más barato. Entonces no podemos pensar que porque ya tuvimos algo que funciona bien, no tenemos que estar mirando al otro lado del mundo. Chile tiene 50 y tanto por ciento de su mercado en China, tanto para importación como exportación, y nadie habla chino. Nadie conoce el espíritu chino, la cultura china. Es bien sorprendente. Te tienes que cuestionar que eso viene con mucha fuerza. En 10 o 15 años más van a estar fuertemente en todo Sudamérica, en todo el mundo. Uno tiene que cuestionarse cómo lo vamos a enfrentar, a quién le va a tocar, cuál de mis nietas se va a casar con un chino, digamos. Hay que mirar fuera de la caja.
- ¿Y cuál sería tu consejo, Antonia?
- (AA) La cautivación desde chico, la libertad de poder estudiar lo que tú quieres y desde ahí después formarte si quieres pertenecer o entrar (a la empresa). Creo que es muy importante escuchar la voz de cada uno con sus habilidades, con sus capacidades, porque somos hijos de los mismos papás y siento que, como en cualquier familia, cada uno tiene algo enorme que aportar. Generar esos espacios es muy importante. Y más maternalmente, digo que también ordenar y convocar para que todo fluya de manera orgánica, cuestionarse, conversar. Una empresa familiar tiene detrás una familia, que debe estar cohesionada intergeneracionalmente.