Llega pocos minutos antes de la hora acordada. Viste de oscuro, lleva el cabello cano bien peinado hacia atrás, usa bastón. Sube en ascensor al segundo piso y camina, sin prisas, hasta una de las salas donde funciona la pastoral en la Universidad de los Andes. Allí se sienta, frente a una taza de café -se tomará dos- y un plato con galletas -que no probará-. El sacerdote Opus Dei, filósofo, teólogo y escritor José Miguel Ibáñez Langlois -conocido también como Ignacio Valente, seudónimo que usó por décadas como el temido crítico literario de El Mercurio- acaba de cumplir 90 años y de publicar una cuarta antología de sus poemas, con el nombre Porque tuyo es el Reino.
Ha sido un autor prolífico. A la fecha ha publicado 11 libros de poemas y casi 30 de ensayos sobre temas que van desde religión a literatura. Si bien se declara un poeta retirado -“las musas me abandonaron”, explica-, sí dice sentirse muy activo como ensayista; tanto que asegura tener listo un nuevo libro sobre Jesús (ver recuadro). Su rol de crítico literario, que empezó en 1966, lo dejó hace varios años. “No porque yo hubiera decidido dejarlo, sino porque los libros que me llegaban empezaron sencillamente a no interesarme”, dice.
- ¿Cómo nace Ignacio Valente?
- Yo escribía en El Mercurio, de vez en cuando, artículos de literatura sobre determinados poetas. Era en forma esporádica, sin ningún ánimo de ser crítico literario. Pero un día vino el subdirector Arturo Fontaine a verme y me propuso la crítica semanal. Me entusiasmó la idea. No me di cuenta en qué me estaba metiendo, por el trabajo que exige. Para hacer crítica en serio necesitaba leer unos cuatro o cinco libros a la semana para elegir uno, para leer otro que me interesaba en sí mismo y luego otros que sencillamente no me interesaban. Me tomó muchísimo tiempo al comienzo. Después, cada vez menos, por la misma práctica. Pero no me di cuenta de que me iba a costar eso, y yo ya tenía mi día bastante ocupado con el ministerio sacerdotal, que ha sido siempre lo absolutamente primero para mí. Pero bueno, así empecé.
- ¿Por qué decide usar seudónimo? ¿se lo pide el diario, lo solicita usted?
- La idea me la dio el mismo Arturo Fontaine. Me dijo que para partir en forma independiente, librándome del acoso de los escritores sobre el crítico, que es muy grande, me pusiera un seudónimo, cosa que yo acepté. Lo elegí yo y significa mucho menos de lo que la gente cree. Mucho menos de lo que Neruda pensó y escribió en algunos de sus artículos. Fue sencillamente que yo había terminado el primer artículo y no tenía pensado el seudónimo. Eran las 12 de la noche y tenía que entregarlo a primera hora del día siguiente. Entonces tomé uno de mis libros, que era una historia de Roma. Empiezo a ver nombres y sale Valente, emperador. Dije: “Me gusta Valente”. Y lo puse. En el diario por su cuenta y riesgo me agregaron Ignacio, tal vez para abundar en la precaución de ocultar mi nombre. Yo puse Valente como Sánchez Latorre puso Filebo, un solo nombre.
"Yo había terminado el primer artículo y no tenía pensado el seudónimo. Eran las 12 de la noche y tenía que entregarlo a primera hora del día siguiente. Entonces tomé uno de mis libros, que era una historia de Roma. Empiezo a ver nombres y sale Valente, emperador. Dije: “Me gusta Valente”. Y lo puse. En el diario por su cuenta y riesgo me agregaron Ignacio".
- Pero el que quedó fue Ignacio Valente…
- Yo pensé sacarlo lo antes posible. Pero pasaron dos semanas y dije: “Este sujeto ya está, ya existe; así que me resigno”. Ahora, una aclaración por aquello de Neruda. Yo admiro a Neruda como el poeta más grande en lengua castellana del siglo pasado, pero sus últimos libros dejaban que desear, parecían escritos a la rápida. Lo dije, él montó en cólera y escribió a propósito de mi seudónimo: “Ignacio, ¡qué confesión!”, pensando quizás en Ignacio de Loyola. Pero yo no me había puesto Ignacio. Y después escribió: “Valente, ¡qué pretensión!”, suponiendo que Valente tenía que ver con valentía. Y Valente no tiene nada que ver con valentía en latín, que se dice de otra manera.
- Lo siguió usando incluso cuando ya se sabía que quien escribía era José Miguel Ibáñez Langlois. ¿Por qué?
- No tenía ningún sentido cambiarlo, para qué discontinuar el nombre.
El color político
- ¿Disfrutaba su trabajo de crítico literario?
- Enormemente. Las dos partes: leyendo y comentando.
- ¿Era consciente del poder que tenían sus críticas?
- No mucho.
- Todo el mundo las comentaba, generaban debate.
- Eso fue siendo mayor con el paso del tiempo. Al comienzo no. Dependió bastante de cuánta crítica tenía yo alrededor. Cuando empecé, en El Mercurio estaban escribiendo el gran crítico Hernán Díaz Arrieta, Alone; Hernán del Solar; Ricardo Latcham... Había por lo menos tres o cuatro críticos literarios y yo era uno entre ellos, entonces el alcance de mis conceptos quedaba más repartido ¿Pero qué pasó? Ellos eran mayores que yo, envejecieron, dejaron la crítica y no hubo sustitución. Quedé solo. Algunos, no sé con qué intención, si buena o no tan buena, atribuyeron esta soledad al golpe de Estado, como si yo hubiera sido el crítico permitido por Pinochet.
- ¿Nunca tuvo ninguna relación en esa línea, según usted?
- No sólo ninguna, sino que durante todo el periodo militar yo emití mis juicios al margen de toda connotación política. Por ejemplo, traté con mucha dureza a diversos escritores de lo que entonces era la derecha. Y como la mayoría de los escritores eran de izquierda, con muchos elogios a muchísimos escritores de izquierda. Me importó cero quien estuviera gobernando. Para mí, la crítica fue la misma con Frei Montalva, con Pinochet, con Aylwin, con Lagos y así sucesivamente. No me influyó nunca quién estuviera arriba. Y además traté de no tener ningún color político.

- Había críticas respecto a usted, decían que trataba mal a los escritores de izquierda. Pero usted elogiaba a Neruda, que está en las antípodas de su posición ideológica. ¿Siempre separaba el autor de su obra?
- Absolutamente. Yo tenía delante una obra literaria. Lo que hubiera detrás, el autor, su vida, su color ideológico, político, moral, nunca lo tuve en cuenta. A nadie he elogiado tanto al comentar sus libros como a Neruda. Incluso hay un libro dedicado en gran medida a él. Y a Parra también. Ninguno de los dos son creyentes, pero eso nunca lo miré yo.
Un arrebato
Dejó de hacer críticas literarias semanales a fines de los ‘90. “Después, más bien por exceso de trabajo sacerdotal, lo hice de manera quincenal o cada tres semanas. Y luego una vez al mes, en forma más esporádica”, cuenta. “Hasta que finalmente dejé de hacer crítica, no porque yo hubiera decidido dejarla, sino porque los libros que me llegaban del diario empezaron sencillamente a no interesarme. Los devolvía al diario, que no me interesaba comentarlos. Hasta que llegó un momento en que ya no me mandaron más. Eso pasó más bien entrados los 2000”.
- Y cuando mira su larga labor de crítico literario, ¿hay algo de lo que se arrepienta?
- Sí hay algo, pero en realidad es poco de lo que me arrepiento, porque pienso que mi criterio literario ha variado poco a lo largo de las décadas. Pero sí, hay un artículo tan brutal que me pesa mucho haberlo escrito.
- ¿Cuál?
- Mire, fue cuando supe de la muerte de María Luisa Bombal (en 1980), una novelista superior que admite poca comparación en este país. Nunca le habían dado el Premio Nacional. Murió, me dijeron en ese momento, en la sala común de un hospital. Y a mí me bajó la pena y también la ira porque los Premios Nacionales se los estaban dando sistemáticamente, esto era durante el gobierno de Pinochet, a escritores que no tuvieran ninguna oposición al régimen; entonces hubo mediocridad. Nadie los conoce, sobre todo a los tres anteriores a lo que estoy contando. Por ejemplo, (Arturo) Aldunate Phillips escribía divulgación científica. Yo los despellejé con un grado de ironía que me avergüenza hasta hoy, porque así no se escribe. Pero fue un arrebato.
"Los Premios Nacionales se los estaban dando sistemáticamente, esto era durante el gobierno de Pinochet, a escritores que no tuvieran ninguna oposición al régimen; entonces hubo mediocridad".
- Recuerdo una crítica muy severa que le hizo también al libro Mala onda, de Fuguet. Lo trató de “bazofia”. Fue un revuelo. ¿No hay arrepentimiento ahí?
- Es tan desproporcionado lo que ocurrió con ese artículo en relación a lo que yo quise decir. A mí no me gustó y punto. Pero fue tomado en consideración más que 30 años de crítica anterior: “Oohh, lo que dijo sobre Fuguet”. Yo entendí que Fuguet, por lo menos en ese libro, que era más bien insignificante, representaba un tipo de juventud que no me era simpática. Yo he estado toda la vida haciendo clases en la universidad, y la de ese libro es un tipo marginal de juventud que no me cayó bien. De ahí los adjetivos. Pero esto fue tomado, como digo, como si yo no hubiera escrito nunca nada antes, como si este fuera mi manifiesto literario. Para mí no tuvo ninguna importancia.
- Hubo otro episodio comentado: Roberto Bolaño se inspiró en usted para crear el protagonista de Nocturno de Chile.
- Cuando Bolaño escribió ya ni me acuerdo cuál novela, creo que era Los detectives salvajes, nunca me la mandó él ni la editorial. Entonces hubo un momento en que Bolaño pensó que yo lo estaba desdeñando e ideó su venganza. No es que yo le haya inspirado, sino que se propuso escribir un libro en que yo apareciera como el más miserable de los personajes posibles.
- ¿Usted lo leyó?
- Claro, lo leí.
- ¿Y?
- Comprenderá que no me gustó. Me molesté, pero fueron 10 minutos. Después se me olvidó y punto. Yo nunca hablo de esto más que cuando me lo recuerdan.
"Yo entendí que Fuguet, por lo menos en ese libro, que era más bien insignificante, representaba un tipo de juventud que no me era simpática. Yo he estado toda la vida haciendo clases en la universidad, y la de ese libro es un tipo marginal de juventud que no me cayó bien".
La rutina actual
- Cumplió 90, el 31 de agosto. ¿Cómo se ve y se vive la vida a esa edad?
- La verdad es que yo la veo como la he visto toda la vida. Dicen que con los años se gana en sabiduría, en experiencia, y posiblemente algo de eso haya. Pero no veo ninguna cosa hoy a los 90 que no sea prácticamente la misma de los 50 y de los 30 años.
- ¿Y el desgaste natural que causa el paso del tiempo?
- Obvio. Las jornadas que viví durante toda mi vida fueron sumamente intensas, primero el ministerio sacerdotal y secundariamente la literatura, ya sea poesía o crítica, fueron una carga pesada de trabajo que hoy no podría llevar. Pero, por otra parte, sigo en la Universidad de los Andes, igual como estuve antes en la Católica y en la Chile.
- ¿Qué hace hoy en la universidad?
- He enseñado diversas disciplinas: teoría poética, teología fundamental, teología moral, antropología filosófica. Pero con la pandemia dejé de enseñar. Y sigo con el trabajo pastoral que siempre tuve. Tengo todas las mañanas ocupadas aquí, ahora mismo debe haber gente esperando en la capilla de Humanidades para confesiones o que me esperan para conversar. La universidad da para mucho. También predico, todos los miércoles a las 2 de la tarde, para los académicos. Luego me piden circunstancialmente charlas diversas, que son bastantes, y yo siempre acepto.

- El año pasado, en una conversación con Cristián Warnken, usted decía: “Estoy en una tregua, no debato ni polemizo con nadie. Estoy en paz”. ¿Es una buena descripción de su momento actual?
- Sí. Yo polemicé mucho, muchísimo, en diarios, revistas, en el programa semanal que tenía en Radio Minería, en televisión. Era sobre temas que concernían a la Iglesia, temas morales, espirituales, teológicos. Me dediqué mucho a eso por necesidad como cristiano. Y como sacerdote católico, digamos que peleé con mucha gente. No es que me gustara pelear, pero había cosas que ocurrían, y que siguen ocurriendo, y donde me sentía llamado a rectificar, corregir o criticar. Es lo mismo que siento hoy, sólo que ya no estoy para seguir peleando. Que sean otros los que discutan.
- ¿Lee literatura actual chilena?
- En este momento leo poca cosa chilena o de otras partes que va apareciendo. En cambio, como corresponde a la edad, voy a la segura y releo. Casi todo lo que leo es relectura, comenzando por El Quijote. Ahora estoy releyendo circunstancialmente a Dostoievski, por un taller de novela que dirijo aquí en la universidad. Otro autor que estoy leyendo hace un buen tiempo y pienso completar toda su obra es la Isak Dinesen, maravillosa.
- ¿No encuentra nada entonces en estos últimos años que le interese?
- No es que no encuentre. Puede que haya, pero no tengo tiempo ni ganas de andar haciendo la prueba. Ya hice lo suficiente como lector y crítico como para sentirme obligado a seguir lo que está pasando ahora. No estoy al día. Prefiero releer. Tengo derecho a mis 90 años a leer lo que yo quiera.
- ¿Existe crítica literaria hoy en Chile?
- Que yo sepa, poca. Puede que haya, pero la verdad es que no he sabido de nadie.
- ¿No le suena ni siquiera un crítico?
- No. A ver, yo leo la prensa escrita, El Mercurio, los domingos. Comentarios valiosos me parecen los de Pedro Gandolfo. Y bueno, rara vez alguna otra cosa. Todo está hoy en las pantallas, todo es virtual. Y yo, claro, uso las pantallas para mis fines personales, pero no ando buscando nada ahí.
"Ya hice lo suficiente como lector y crítico como para sentirme obligado a seguir lo que está pasando ahora. No estoy al día. Prefiero releer. Tengo derecho a mis 90 años a leer lo que yo quiera".
- Una duda final: ¿Qué habría escrito Ignacio Valente de la poesía de José Miguel Ibáñez Langlois?
- No tengo la menor idea. Yo no he escrito nada sobre mi propia poesía. Pero si usted a cualquier escritor le hace la pregunta: “Si hubiera sido crítico, ¿cómo habría comentado su obra?”, todos dirían que bien, porque en principio todos creen que escriben bien. Eso es un axioma. Todos, desde el muchacho que escribe unos poemitas que no valen prácticamente nada pero está seguro de que son verdadera poesía.
El poeta y el canto del cisne
- ¿Qué significado tiene para usted la aparición de esta nueva compilación de sus poemas?
- Es la cuarta antología que hacen de mis poemas. Y esta, en particular, supongo que tiene que ver con mis 90 años. Es la última antología que me hacen en la vida… ése es el principal significado. No espero que me hagan más en el futuro.
- En el lanzamiento del libro se habló del canto del cisne, una imagen bella y dramática al mismo tiempo. Usted también se refirió a eso cuando intervino ese día…
- El cisne canta una sola vez en su vida y lo hace solamente cuando va a morir. Es el más hermoso de los cantos. Y suele usarse en literatura y otras disciplinas para expresar el fin de algo. Yo no seguiré escribiendo poesía, no porque no quiera sino porque la poesía me dejó a mí. Las musas me abandonaron. Sigo escribiendo libros de ensayos, pero ya no soy capaz de escribir un verso. Si lo escribiera, sería inferior a lo ya escrito y para eso no vale la pena.
- Mejor dar un paso al costado.
- Exactamente. Y dejar que el cisne cante su último canto.
"Yo no seguiré escribiendo poesía, no porque no quiera sino porque la poesía me dejó a mí. Las musas me abandonaron".
- ¿Siente que usted ha sido suficientemente reconocido como poeta?
- La verdad es que uno al escribir no busca reconocimiento. Pero en Chile supongo que no he sido suficientemente reconocido. ¿Por qué? No es que yo pretenda una fama suprema, pero diría que el crítico literario se crea tal hostilidad en el medio literario cuando quiere ser justo y severo, que uno tiende a ser aislado. Doy un ejemplo: algunos de mis libros de poemas han sido traducidos al italiano y allá han tenido más resonancia que en Chile, se han hecho programas de radio, de televisión, distintas actividades con mis poemas. Cosas que aquí no se hicieron nunca. Pero en fin, tampoco echa uno de menos que lo reconozcan.
- ¿Pero le ha dolido?
- No.
- En las antologías de poesía chilena usted casi no aparece…
- Mire, yo aparecía en algunas de los años ‘70 y ‘80; ya más adelante no aparezco. Pero ya está.
- Además escribe ensayos. ¿Qué le gusta de ese oficio de escritor ensayista?
- Ahí están los libros sobre literatura que he escrito acerca de distintos novelistas, poetas, teoría poética en general. También los libros más filosóficos y teológicos, que son disciplinas que yo he enseñado. Y están otros libros de lo que se llama habitualmente espiritualidad. Eso yo no lo he enseñado, porque no se enseña, sino que tiene que ver con mi predicación. Yo he predicado muchísimo, y eso es una expresión oral de los temas espirituales. En suma, Jesucristo, mirado desde distintos lados. Cuando dejé la crítica literaria empecé a escribir estos libros acerca de la fascinación que produce la persona de Jesús de Nazaret. Es lo que sigo escribiendo. De hecho, ya tengo uno escrito y entregado a editoriales, pero no lo he publicado por no abrumar al posible lector con dos publicaciones al año.
- A diferencia del poeta, entonces, al ensayista sí le queda camino de escritura.
- Sigo mientras se me dé, porque a estas alturas uno no puede hacer ningún plan. Hoy se me da, mañana Dios sabe.