“Soy pésimo para las redes sociales, aunque de cuando en cuando, por curiosidad ‘sapeo’ estas redes, lo reconozco… Me da lata estar publicando mi trabajo y mi proceso, no me gusta. Concentro mi energía en estas exposiciones esporádicas, instancia que aprovecho para que la gente vea mi trabajo. Acabada esta muestra me vuelvo a encerrar en mi guarida. Ese ha sido mi método de trabajo por años”, dice Salvador Amenábar Cruz (53). Se refiere a Revuelta, la exposición que inauguró el sábado 1 de agosto en el Centro Cultural Las Condes con gran afluencia de público.
Llamó la atención a los presentes la cantidad de stickers verdes y rosados que fueron apareciendo rápidamente en las cartelas que acompañan cada obra. Los primeros significan reservados y los segundos vendidos.
“Siempre llego a las exposiciones endeudado y nervioso por el miedo a no vender. Pero últimamente he tenido suerte”, comenta desde Valparaíso con algo de distancia respecto del éxito de su regreso al espacio público tras nueve años sin exhibir su trabajo. La última vez fue Obra reciente, también en el Centro Cultural Las Condes de Santiago, en agosto de 2017.
“Me pongo muy ansioso. Es algo en lo que uno trabaja durante tanto tiempo. No puedo decir que no tengo expectativas, claro que las tengo, porque además hay una necesidad económica. En la inauguración aparecen muchas personas, gente querida que uno no ve hace tiempo. Resulta un poco aplastante porque es mucha información junta, entonces me nublo”, describe el artista sobre la bullante inauguración de Revuelta.
Amenábar el fin de semana pasado durante la inauguración de la muestra. Gentileza de CCLC.
Cellista (2025), un óleo sobre madera de 152 x 100 centímetros, fue el primer cuadro en venderse ese día, a $ 11 millones. La pintura muestra a una mujer de espaldas tocando el cello en una habitación de piso lustroso y un ventanal a través del cual se asoma un árbol y se adivina el mar.
Foto tomada en la exposición Revuelta. Cellista: Óleo sobre madera. 152 x 100 cm. 2025.
Ante el indiscutible éxito de sus pinturas en el público, surge la posibilidad de internacionalizar su trabajo y de establecer contacto con galerías extranjeras. “Me interesaría, claro, pero sé que es un trabajo difícil que tampoco me quita el sueño. Si en este país puedo vivir bien de la pintura, yo no quiero más. Para las exposiciones tengo ayuda, pero el proceso de producción de obras, que dura años, lo hago prácticamente solo. No tengo un curador, porque soy bien mañoso en ese sentido, no me gusta que me digan mucho por donde ir”, señala.
Cuenta que le costó entrar en la lógica comercial del arte, no es de los pintores que se autopromociona, pero con el tiempo ha aprendido a vender su trabajo. “Cuando cuelgo un cuadro y tengo que ponerle precio, cambio de mentalidad. Cambio el switch porque es el minuto de hacerlo. Al principio no lo entendía, porque no estoy programado para eso, no lo tengo en el ADN. Fue todo un proceso”, relata.
La libertad de la fantasía
Radicado en Valparaíso hace 30 años, después de una estadía en España y un paso por San Antonio, Amenábar creció en una familia cercana al arte. “Mi mamá es historiadora del arte (Isabel Cruz Ovalle). Somos cinco hermanos y todos dibujamos desde niños. Son todos muy talentosos. Mis dos abuelos pintaban. Hay una veta fuerte por el mundo de la plástica y también de las letras”, dice sobre sus raíces.
Estudió arte en la Universidad Finis Terrae, pero más que la academia lo que le interesaba era pintar. “No me interpelaba la enseñanza metodológica de las escuelas de artes ni la visión del arte contemporáneo. Yo quería horas de taller, dedicarme a un oficio. Me metí de lleno en el realismo como método para hacerme un oficio y por muchos años me permití pocas licencias arbitrarias…. Creí que primero tenía que conquistar el dominio de la verosimilitud y en eso me quedé pegado mil años”, admite.
Últimamente ha salido menos a “paisajear”, como dice él. Antes se instalaba con su atril a pintar in situ, hoy pasa más tiempo encerrado en su taller. Una de las razones, reconoce medio en serio medio en broma, es que está más ciego y no ocupa anteojos, entonces prefiere pintar en mayor formato. No se impone un horario, pero le dedica mucho tiempo. “Cuando hay más energía trabajo con mayor ímpetu y el taller se va poniendo desordenado y caótico. Cuando el taller está ordenado es literalmente porque mi energía está más baja”, describe.
Peluquería Mechita: Óleo sobre tela 72x92cm 2020
- ¿Qué más te gusta hacer, además de pintar?
- Me gusta mucho el jardín, no le dedico el tiempo que quisiera, pero me encanta. Me tranquiliza. También comparto harto con mi hijo.
Sobre lo que lo inspira, dice que le gusta variar el foco. “Si no empieza a salir como chiste repetido, podrido. Pierde fuerza y me desinflo. Si aparecen ideas nuevas me entusiasmo. Cuando uno atraviesa arenas creativas las ideas se empiezan a expandir. Son ciclos. Al comienzo me anclé al realismo de manera bastante ortodoxa. Tiene que ver con la edad yo creo. Cuando uno tiene ciertos logros, empieza a darse permiso para hacer otras cosas y en eso estoy”, afirma reflexivo. La fantasía ha ido ganando terreno en su pintura, añade.
Mensajes encriptados
“A Salvador Amenábar le importan las personas. Las personas sensibles, idealistas y creativas. Y también las personas vulnerables, inadaptadas y marginales. Por eso las reconoce, las observa y las pinta”, con esas palabras arranca el texto curatorial que introduce la exposición Revuelta.
- ¿Por qué Revuelta?
- Por varias cosas: por mi vuelta al Centro Cultural Las Condes después de nueve años, por la vuelta a la pintura y por el revoltijo de temáticas que estoy mostrando. Pero sobre todo por ser el título del cuadro que hace de portada a la exposición, que alude a “los sin voz” y a la “insurgencia”.
Revuelta: Óleo sobre madera 129x122cm 2020.
- ¿Entiendes el arte como una manera de establecer un mensaje político?
- Sí, pero de manera encriptada. Me gusta que sea una visión más ambigua. Los artistas tenemos un rol, pero cuando es panfletario me parece poco interesante.
Varios de sus cuadros representan escenas nocturnas con personajes que se repiten, habitantes del trasnoche porteño, seres que dan vida a esa bohemia que amenaza con extinguirse. El desaparecido cabaret Vitrola es uno de los antros donde Amenábar se instalaba a dibujar in situ.
“Las condiciones que el dueño me puso para entrar allí eran no sacar fotos ni dibujar los rostros de las personas. Realicé en el lugar una gran cantidad de dibujos del espacio, composiciones y posturas corporales pensados no como dibujos en sí mismos, sino como estudios para construir algo mayor. Eso me dio soltura y mayor libertad”, señala.
Vitrola: Óleo sobre madera 122x121,5cm 2020.
Esta serie de dibujos se interrumpió abruptamente ya que en el estallido social del 2019 el lugar se incendió. “Hasta ahí no más llegó… Entonces recreé la otra parte del trabajo en mi taller contratando modelos para insertarlos luego en el espacio ya bosquejado, traspasando éstos a formatos mayores”, dice Amenábar.
En Revuelta hay alguno de estos estudios realizados en vivo y también óleos hechos en su taller. No todo es bohemio: hay retratos de su hijo Ramiro; de mujeres como “Vale”, que se repite en distintas perspectivas, y también otras modelos leyendo; y músicos en acción.
En una de las salas se exhibe la serie Amphibolos que abre otra dimensión. “Significa algo así como adentro y afuera al mismo tiempo. Se podría decir que son pinturas oníricas y explosivas en cuanto a la interpretación de los elementos que hay en ellos. Es bivalente. Algunos de estos elementos podrían representar fertilidad y explosiones que podrían ser a su vez ser interpretados libremente como soles, flores u óvulos”, se explaya.
Amphiboulos: Óleo sobre madera 244 x 152,5 cm 2024
- ¿Por qué crees que tus pinturas conectan con las personas?
- No lo sé bien, pero si así ocurre será porque hay algo que atraviesa por uno y que no se puede calcular.
Referentes, amistad y cofradía
Eugène Delacroix y Giorgio Morandi son dos pintores que menciona entre sus referentes, entre otros. De los nacionales Adolfo Couve, sin duda. “Creo que es casi imposible reconocer algo sin un referente. Por eso los artistas visionarios que logran descubrir algo o llegan a una combinación novedosa e insólita, no son reconocidos en el momento de su hallazgo sino mucho después, ya que la gente no los vincula a referentes.
Lo marcó de Couve lo mismo que admira del italiano Morandi y también de los pintores y amigos suyos del puerto, Gonzalo Ilabaca y Eduardo Mena, esa opción a contracorriente por el realismo y el rescate de la pintura barroca en plena época de vanguardias. “Me encantó además la idea de ser un pintor provinciano, de retirarse a los bordes”, dice sobre la decisión que tomó en 1995 de instalarse en Valparaíso. “Los puertos esconden muchos secretos, historias y recovecos. Son lugares de llegada, de paso de diversas culturas, mercancías y encuentros. Eso me gusta”, agrega.
El Hoyo: Óleo sobre tela 65x100cm 2020
- Fuiste muy cercano a Eduardo Mena (fallecido en 2021), y de un lote de artistas porteños como Gonzalo Ilabaca y Pía Subercaseaux. Hay cierto lenguaje común en algunas sus obras. ¿Se da algo en la amistad que se traspasa a la pintura? ¿Una especie de cofradía?
- Mena es para mí un hermano artista, de esos que iluminan el camino. Con su amistad aglutinó a una gran cantidad de gente a través de su agudo humor, sencillez y lucidez. Sé que su arte es eterno y será reconocido en el futuro. Para los artistas porteños que lo conocimos era como nuestro “Camarón de la isla” para los gitanos flamencos, pero con la celebridad y la gloria rezagada. Ambos artistas eran almas de fuego que se encienden, se consumen y se apagan. Cuando el Mena partió, nos fuimos para adentro y nos dejamos de juntar y la cofradía se disolvió.