Cuando era arzobispo de Concepción, Fernando Chomali Garib heredó $ 26 millones (unos US$ 50.000 de la época) por parte de su tía Yolanda Garib. En junio de 2013 el prelado donó este dinero a la Universidad Católica de Concepción con el fin de crear una beca para que hijos e hijas de personas privadas de libertad pudieran acceder a la educación universitaria. Esta misión chocó con la realidad: estos menores no llegaban a terminar el colegio, por lo que la universidad no era un plan en sus vidas.
“El dinero al final se usó con otros propósitos (permitió acceso a beneficios de alimentación). Las necesidades son infinitas. Pero me quedó dando vuelta la idea”, dice monseñor sentado en uno de los salones de la casa del Arzobispado en Simón Bolívar, donde reside. En los muros se aprecia una serie de anteojos y celulares de distintas épocas, enmarcados. Son obra del propio cardenal, quien por estos días expone esta faceta artística en el centro de eventos Metropolitan Santiago.
En el living también está el sacerdote Luis Valenzuela, capellán nacional de Gendarmería, y José Torrealba, director ejecutivo de Fundación Invictus. A los pocos minutos se suman Sergio Cavagnaro Santa María y Carlos Pucci Labatut, ambos ingenieros civiles de la Universidad Católica que conocieron a Fernando Chomali siendo estudiantes del Campus San Joaquín. Cavagnaro y Pucci son directores de Fundación Invictus, junto a un grupo conformado por profesores, ingenieros civiles y comerciales.
Constituida en 2016 por Caritas Chile, institución que depende de la Iglesia Católica, Invictus está presente en todos los recintos penitenciarios a lo largo del país, con más de 150 agentes pastorales que semanalmente visitan y acompañan a las personas privadas de libertad. La fundación además ejecuta un programa en Calle 11 del CDP Santiago Sur (la ex Penitenciaría) que asiste a unos 120 presidarios con guía espiritual y, en algunos casos, psicológica; capacitación en distintos oficios y trabajo al interior del penal.
En paralelo, buscan acercarlos a sus familias, de modo que al recuperar la libertad puedan ser recibidos por los suyos.
Ahí es donde encaja el proyecto “Casa dame una mano” al que se sumó personalmente el cardenal Fernando Chomali y que consiste en
acompañar a los hijos de los privados de libertad para que tengan la oportunidad de llegar a tener estudios técnicos, universitarios o un oficio.Hace un mes arrancó el plan piloto con 20 niños, niñas y adolescentes, hijos de presos de la Calle 11. La intervención va desde la educación básica hasta cuarto medio. Tiene cuatro líneas de acción: generar un vínculo estable con un adulto significativo; desarrollar habilidades socioemocionales; nivelación educativa con tutorías académicas; y un trabajo de proyecto de vida que incluye orientación vocacional,
visitas a campus universitarios y exposición a entornos positivos.El proyecto incluye además la habilitación de una casa en el centro de Santiago, a cargo de REC Arquitectos. Durante esta etapa inicial operan a través de una red de espacios aliados, como parroquias. Es fundamental la participación de la Pontificia Universidad Católica, con sus instalaciones y también a través de los alumnos y profesionales de la casa de estudios que son tutores de los menores.
“Casa dame una mano” tiene un valor aproximado de $ 1.000 millones, que incluye la construcción de la casa y los dos primeros años de operación. A la fecha han recaudado $ 400 millones gracias a donaciones. Les faltan $600, calculan.
- Entiendo que las causas benéficas relacionadas con personas privadas de libertad tienen mayor dificultad para llegar al bolsillo de la gente, ¿es así?- Chomali: Eres muy diplomática. Es una causa que no le interesa casi a nadie, esa es la verdad. Y es un error garrafal porque se repite la experiencia de la delincuencia. Nosotros creemos en la inclusión y en la reinserción. Pero es lento y difícil. Yo me sumé porque creo en este proyecto. Además, por una razón más personal: sucede que estoy en todas partes y no estoy en ninguna parte. Estoy con mucha gente y no estoy con nadie. Estos proyectos te aterrizan a algo concreto. En Concepción a mí me conocían como “el obispo de la lavandería”, era un título muy bueno. Me encantaría que ahora se me reconociera como el cardenal de los presos. Es una cosa muy nuestra y me siento muy a gusto aquí (dice señalando a los presentes).
Arriba: Sergio Cavagnaro y Carlos Pucci, directores de Fundación Invictus. Abajo: Padre Luis Valenzuela, capellán de Gendarmería, Monseñor Fernando Chomali y José Torrealba, director ejecutivo Invictus.
“Si crecemos, podemos cambiar Chile”
Según un informe de Gendarmería de 2025, sólo el 27% de las personas privadas de libertad acceden a programas de reinserción. Otra cifra: En Chile se estima que más de 40 mil niños, niñas y adolescentes tienen a sus padres o madres encarcelados (según datos de Corporación Humanas).
El sacerdote Luis Valenzuela, presidente del directorio de Invictus, explica que no hay una oferta programática ordenada a nivel de Estado. El énfasis está puesto en seguridad, pero falta un equipo técnico especializado que se haga cargo de la reinserción de manera efectiva. Aunque destaca la labor de instituciones como Paternitas, Mujer levántate, Abriendo puertas, Fundación Rupa y Cristo vive, señala: “Se requieren mayores recursos y que la sociedad civil también se involucre, por eso es tan importante la participación de jóvenes universitarios en este proyecto”.
Carlos Pucci va más allá: “Estamos partiendo el programa por la Calle 11 pero la idea es ampliarlo a otros recintos. Este es un proyecto ambicioso. Creo que si crecemos, podemos cambiar Chile. Este equipo, que además incorpora lo espiritual, es realmente jugado. Estamos partiendo con un grupo de 20 chicos porque queremos armar una cosa bien hecha para el país. Además, cada cabro es un mundo: hay que atender cada detalle, trabajar con las familias, son temas complejos. Con la experiencia del padre Luis, que también trabajó en el Sename, estamos llegando a los detalles, por eso tenemos mucha fe del piloto”.
“Nosotros entendemos que la única manera de abrirles un mundo de oportunidades a estos niños, niñas y adolescentes es sacarlos de ese ambiente de ausencia de padre y/o madre. Ir a buscarlos y decirles: ‘Vamos a preocuparnos de que usted se eduque, que aprenda un oficio. Más allá del enredo que tiene en su casa o en su población, hay otro mundo y ese mundo también es para usted’. Ahí comienza un acercamiento”, apunta Sergio Cavagnaro.
- En un contexto donde los bienes materiales son símbolo de estatus, ¿cuesta entusiasmar a los jóvenes con cosas inmateriales?- Cavagnaro: Con el solo hecho de ver a gente dispuesta a conversar con ellos, a escucharlos, tú notas un cambio.
Otro de los propósitos del programa es trabajar el vínculo entre padres e hijos. Sobre esta misión, José Torrealba, director ejecutivo de Invictus, comenta: “Estamos partiendo y ha sido una experiencia muy linda. Los privados de libertad sienten que aun desde de la prisión tienen una nueva oportunidad de darle una mano a sus hijos. Y eso además motiva su proceso personal”. Torrealba destaca el nivel de compromiso por parte de los apoderados y cómo queda de manifiesto que, al recibir una oportunidad, se aferran a ella.
Con los niños y jóvenes del programa se realiza un trabajo personalizado. En algunos casos el acompañamiento se enfoca en nivelación académica, pero en otros es necesario partir por el trabajo de habilidades socioemocionales, manejo de las emociones y de la frustración, explican. “Estamos armando una modalidad que permita generar vínculo y ejecutar el programa en los distintos aspectos: académico, emocional y espiritual”, agrega el director ejecutivo.
El derecho a cambiar
“Se habla mucho de seguridad, pero poco de prevención. ¿Cómo evitamos que estos jóvenes lleguen a la cárcel? La conclusión es que el Estado los ha abandonado”, plantea el sacerdote Luis Valenzuela. “Están muy solos”, añade Chomali.
- ¿Qué les gustaría que pasara en cinco años con estos jóvenes?
- Chomali: Que estén en la universidad y sobre todo que las personas se den cuenta de que cuando hay trabajo, esfuerzo, sacrificio, es posible sacar a otros adelante. En la medida que se asume responsabilidad social, se producen cambios. Por eso este es un proyecto muy cristiano, porque creemos que las personas pueden cambiar. Creemos que es injusto que los hijos paguen la culpa de los padres. Y lo otro: una vez en una reunión de empresarios, yo les dije: “Perdónenme, pero si a estos jóvenes no los ayudan, puede que después les vayan a robar a la casa. Elijan ustedes”. Una sociedad donde cada uno se encierre por temor, no es humana. Y por eso hay que eso hay que preocuparse de los más débiles.
- Cavagnaro: Si no se conmueven desde la solidaridad, muchos enganchan por el temor. Nosotros queremos transformar ese temor en una acción concreta. ¿Qué se está haciendo frente a eso? Estamos trazando un camino para que colaboren, aunque sea desde el temor.
- ¿Qué les provocó ver las imágenes de la Operación Cancerbero?
- Chomali: A mí me incomoda. Porque una persona que cometió un delito está privada de libertad, pero no está privada de dignidad. Exponer a alguien públicamente me parece que es una injusticia para él y también para su familia. La pena no va a ser solamente años de cárcel, sino que la estigmatización para toda la vida. Todas las personas tenemos derecho a cambiar. Así que me parece que una situación tan triste, hay que manejarla con mayor pudor. Hay cierta frivolidad al pensar que así van a disminuir los delitos. Los delitos disminuyen cuando hay menor segregación social, cuando hay menor pobreza, cuando hay mayor sentido de la vida.
- Cavagnaro: Dentro de la estigmatización que se hace de este tema, se repiten frases como “de tal palo, tal astilla”. Pero estudios demuestran que uno de los factores que más inciden en que un niño pueda tener una mayor disposición a la delincuencia es porque no hubo padre, madre o ambos. Y ahí es donde estamos nosotros, para buscar cómo suplir esa carencia. Con educación, porque eso va a abrir oportunidades, pero también siendo un poquitito de oído y con ayuda psicosocial.
- Pucci: Se ha habla mucho de inserción, hay fundaciones que hacen un trabajo muy valioso, pero da la sensación de que el tema no prende. Este proyecto puede ser como una grieta que se abre en la opinión pública mostrando un camino nuevo, distinto. Además, gracias al lineamiento que tenemos con Gendarmería, nuestro trabajo es intrapenitenciario. Y eso es muy potente, es una gran ventaja que tenemos.
Chomali toma la palabra: “Invictus es muy humilde respecto del trabajo que realiza, pero la idea es generar un remezón porque esto es algo que nos tiene que importar a todos. Yo no podría estar haciendo mejor mi trabajo de cardenal que hablando sobre este tema que a algunos incomoda, pero que cuando uno lo comunica, muchas personas deciden ayudar”.
“Una vez en una reunión de empresarios, yo les dije: ‘Perdónenme, pero si a estos jóvenes no los ayudan, puede que después les vayan a robar a la casa. Elijan ustedes. Una sociedad donde cada uno se encierre por temor, no es humana. Y por eso hay que eso hay que preocuparse de los más débiles”, apunta el cardenal Chomali.
¿Y a ustedes por qué los mueve esta causa?
- Pucci: A mí siempre me llamó la atención el Evangelio Mateo 25: “Tuve hambre y me diste de comer. Tuve sed y me diste de beber. Estuve preso y me visitaste”. Fíjate. Soy católico porque me gusta la misericordia. Esa frase: “Estuve preso y me visitaste”, para mí es un doble clic. Porque una cosa es ayudar a un anciano que tiene hambre, que tiene frío, pero un preso... para mí refleja el verdadero sentido de la misericordia. Esa persona delinquió y tendrá que cumplir su condena, pero si vamos a visitarlo quizás sirve para que se le aparezca el Espíritu Santo.
- Cavagnaro: Yo soy exalumno del Colegio San Ignacio, donde el tema de la solidaridad es importante. Siempre fuimos a poblaciones e hicimos campañas con gente necesitada de algún tipo. Además, fuimos nueve hermanos y mi mamá influyó en todos nosotros porque enseñaba catecismo.
Todos los presentes concuerdan en que el visitar la cárcel es una experiencia que cambia la mirada.
- Cavagnaro: La primera vez que Carlos (Pucci) me invitó a la cárcel, fui con algo de miedo. Ya la segunda o tercera vez, conoces a algunos internos y te das cuenta de que esas personas que tú mismo estigmatizabas en tu corazón, son seres normales que cometieron un error. Y nuestra sociedad es muy castigadora, incluso con quienes ya han cumplido su pena.
- Chomali: Hay personas que nunca han entrado a una cárcel. Carlos, Sergio y el padre Luis hacen el esfuerzo de invitar a distintas personas a visitar la cárcel junto a ellos. En Concepción hice una exposición fotográfica que se llamó Dios está por estos lados, yo lo he visto al interior de la cárcel. Se llenó de gente y muchos me agradecían porque nunca había entrado a la cárcel. Es un mundo desconocido, pero son nuestros hermanos.
La casa que da una mano

Parte fundamental del proyecto es la casa que la fundación Invictus está construyendo para recibir a estos jóvenes y proporcionarles un espacio seguro, remarcan. La oficina REC arquitectos, donde son socios el matrimonio de Horacio Rodríguez y Berta Errázuriz- tiene amplia trayectoria en obras como colegios e iglesias, entre ellas el colegio San Anselmo, el gimnasio y la biblioteca del colegio San Benito, el Centro Espiritualidad Santa María y la capilla de Colina. Además, los une una larga relación con el cardenal.
Berta cuenta que conoce a Fernando Chomali hace varias décadas: el sacerdote fue ayudante suyo en un ramo de cálculo cuando complementaba la carrera de ingeniería con ramos de arquitectura, otro de sus intereses. Son amigos desde entonces.
El proyecto Casa dame una mano está planificado en la calle Maule #1077 y en la vivienda continua #1081. El terreno en total tiene 362 metros cuadrados, ocupados por una de las casas, de dos pisos y 284m2, que será restaurada, y una nueva construcción de cuatro pisos y 617m2 que se conectará con la primera. “A la fundación le importa mucho que la arquitectura sea transparente y luminosa. Que cada niño o niña que entre se sienta cómodo en un espacio alegre”, explica la arquitecta.

La idea es que el programa sea flexible, con áreas comunes que se puedan ampliar o cerrar según el tamaño que requiera cada actividad y también despachos pensando en instancias más personalizadas donde los jóvenes compartan con psicólogos o tutores. También habrá un patio interior y una capilla, detalla Errázuriz. Actualmente están a la espera de algunos permisos y esperan arrancar la construcción a fines de este año para estar listos en 2028.
El proyecto Casa dame una mano está planificado en un terreno de calle Maule que actualmente corresponde a dos viviendas. Una casa se restaurará y en el terreno contiguo se construirá un edificio de 4 pisos, que conectará con la primera.
“La casa es vital porque será un espacio que va a ser muy hermoso donde va a haber profesionales que acompañen a estos jóvenes de manera integral”, enfatiza el cardenal durante la conversación.
“Queremos hacer algo bien hecho. Que los cabros digan: ‘Wow. Me quieren. Les importo’”, añade Pucci.
Monseñor Chomali interviene: “El problema que tienen los pobres, y también los curas, hay que decirlo, es que la gente nos da lo que le sobra. ‘Oye Fernandito, me estoy cambiando de casa y tengo unos sillones’. Llegan unos sillones viejos medios desarmados. Acá todo va a ser nuevo, eso es muy importante. Es el mínimo”.
