La economía japonesa tiene un verdadero fan en el secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent. En la última semana no ha ahorrado elogios al gobierno de Sanae Takaichi, que a su juicio está por llevar a su país a una “nueva y emocionante fase”.
Pero la decisión estadounidense de intervenir en defensa del yen fue mucho más que un voto de confianza en Japón. Fue la señal más clara hasta ahora de que el Tesoro está dispuesto a abandonar la relativa pasividad que caracterizó durante dos décadas a la política cambiaria estadounidense.
El 31 de julio, EEUU se sumó a Japón en la primera intervención cambiaria coordinada entre ambos países desde 2011. Ocurrió un día después de que Tokio actuara en solitario para detener una cotización que había llevado al yen hasta cerca de 164 por dólar, su nivel más débil en cuatro décadas. Las dos jornadas de compras japonesas movilizaron, según estimaciones, algo más de US$89.000 millones.
La lógica financiera para Bessent, exgestor de hedge funds, es que la debilidad del yen se revertirá a medida que la economía siga expandiéndose y las tasas del Banco de Japón (BOJ) se eleven. De ser así, la compra de yenes reportaría incluso una ganancia al fisco, como los pesos argentinos adquiridos en 2025 en ayuda del gobierno de Javier Milei, que Bessent asegura rindieron “decenas de millones de dólares” en un “home run” para EEUU.
El éxito cambiario de la operación en Japón es por ahora menos contundente. Una semana después, la paridad USD/JPY transaba cerca de 158, prácticamente el nivel previo a la intervención. Más poderoso ha sido el mensaje al mercado: el Tesoro no le teme al activismo monetario.
En Argentina, el uso del Fondo de Estabilización Cambiaria (ESF, en inglés) tuvo un fin político, “la ayuda a un aliado”, como explicó Bessent. En Japón el alineamiento con Washington también juega un rol, pero hay otro más inmediato: el control de la curva de tasas.
La deuda pública estadounidense se acerca a US$40 billones, un 122% del PIB, y un tercio está en manos extranjeras. Con US$1,14 billones, Japón es el mayor tenedor de bonos del Tesoro. Una venta masiva de esos bonos, para financiar más intervenciones, presionaría al alza las tasas. Una presión que el Tesoro no se podía permitir cuando la tasa del bono a 30 años ya ronda 5,2%, su mayor nivel desde 2007. El encarecimiento del financiamiento de largo plazo aumenta el costo de refinanciar la deuda y operaciones de empresas y hogares, como hipotecas.
La forma elegida por Washington para la intervención es consistente con esta. En lugar de vender bonos para financiar la operación, el Tesoro vendió euros, que mantenía en el ESF, para comprar los yenes. Además, el uso que hizo Japón de la FIMA Repo, la ventanilla de la Fed que da liquidez en dólares a bancos centrales extranjeros contra sus bonos como garantía, apunta también a evitar una venta forzada de bonos. Bessent ahora plantea ampliar esa línea, a costa de contrariar el objetivo de Kevin Warsh, presidente de la Fed, de reducir la hoja de balance del emisor.
Una idea de base
Bessent conoce el mercado cambiario. En 1992, a los 29 años, desde el fondo de George Soros participó de la apuesta contra la libra esterlina, que “quebró” al Banco de Inglaterra. También vivió desde el sector privado la crisis asiática de 1997-98, que atribuye en parte a una devaluación exagerada del yen.
En la administración Trump no es extraña la idea de que la devaluación de las monedas de sus socios está detrás del déficit comercial de EEUU. Fue la tesis del ensayo de 2024 de Stephen Miran, quien fue presidente del Consejo de Asesores Económicos hasta enero pasado. Junto con anticipar los aranceles, Miran planteó un “Acuerdo de Mar-a-Lago”: una instancia en que los socios acuerden debilitar el dólar o, en otras palabras, permitir la apreciación de sus monedas, que —como apunta Bessent en el caso del yen— operan bajo su nivel de equilibrio en desventaja para EEUU. Bajo esa mirada, apuntalar al yen no es solo un favor a Tokio: es un paso en línea con las ideas de la Casa Blanca de reducir lo que ve como desventajas comerciales.
Chris Turner, jefe de estrategia cambiaria de ING, concluye que los episodios del yen y del peso argentino “sugieren un Tesoro cada vez más dispuesto a usar su Fondo de Estabilización Cambiaria en apoyo de objetivos económicos y geopolíticos más amplios”, lo que “marca una desviación notable de la relativa pasividad que ha caracterizado la política cambiaria estadounidense durante buena parte de las dos últimas décadas”.
También hay una segunda ruptura. Washington actuó sin el G7, el foro que históricamente ha coordinado las grandes intervenciones cambiarias. La acción sugiere que el apoyo financiero se concede por decisión y bajo demandas unilaterales.
Una de esas demandas llevó a Bessent a incluso influir en la política monetaria de su socio. “Estoy seguro que el gobernador (del BOJ, Kazuo) Ueda hará lo correcto para la economía del país”, declaró en referencia a la reunión del 18 de septiembre. Desde que abandonó las tasas negativas en marzo de 2024, el BOJ ha llevado gradualmente su tasa de referencia hasta 1%. El gobierno de Takaichi ha presionado por desacelerar los ajustes, pero tras la intervención conjunta se vería obligado incluso a apoyar un aceleramiento.
Bank of America y Capital Economics proyectan que, de darse el alza, la intervención podría dar un soporte más duradero al yen. Pero los factores estructurales a favor del dólar y de tasas altas en EEUU persisten: el déficit récord, el premio por incertidumbre política y las presiones inflacionarias por aranceles, la guerra en Irán y el boom de la IA. Peor aún, advierte ING, la receta encierra una contradicción: si el BOJ sube tasas para apuntalar el yen, empina su curva y vuelve los bonos japoneses más atractivos que los Treasuries.
En línea con los cambios en su política comercial, geopolítica, la Casa Blanca está rompiendo un paradigma con un Tesoro que actúa de forma unilateral, capaz de sugerir en público a un banco central extranjero el rumbo de su política. Ese despliegue será uno de los subtextos de la reunión del G20 de fines de agosto en Asheville: Washington llegará como anfitrión buscando respaldo para su cruzada por el yen, pero varios socios ven la debilidad de la moneda japonesa como el resultado del propio manejo fiscal y monetario de Tokio. En su lugar, la discusión de fondo apuntará hasta dónde puede un país llevar su activismo cambiario sin arrastrar al resto.