Para entender cuánto vale una moneda no siempre hay que mirar los mercados de divisas o seguir las decisiones de los bancos centrales. A veces basta con mirar cuánto cuesta una hamburguesa.
Esa es, al menos, la premisa detrás del famoso Índice Big Mac de The Economist, que este año cumple cuatro décadas comparando el precio de uno de los productos más reconocibles de McDonald’s alrededor del mundo. Una idea que nació casi como un ejercicio para hacer más digerible la economía y que terminó convirtiéndose en una referencia mundial.
La historia comenzó en 1986. El momento era particularmente propicio para intentarlo, ya que había pasado poco más de una década desde el comienzo de la era de los tipos de cambio flotantes y el mundo todavía se acostumbraba a la volatilidad que eso suponía. Además, apenas un año antes, Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental, Francia y Reino Unido habían firmado el Acuerdo del Plaza, con el objetivo de impulsar una depreciación del dólar.
Así, el valor de las monedas estaba en el centro de la discusión económica.
Fue en ese contexto que alguien le comentó a la economista británica Pam Woodall -quien llevaba cerca de un año trabajando en The Economist- lo caros que eran los Big Macs en determinadas partes del mundo. La observación despertó una idea: si McDonald’s vendía prácticamente la misma hamburguesa en distintos países, ¿qué pasaría si se comparaban sus precios utilizando una misma moneda?
Woodall decidió probarlo. Para la primera edición del índice, pidió a los corresponsales de The Economist repartidos por distintas ciudades que averiguaran cuánto costaba un Big Mac. Luego convirtió esos precios a dólares y los comparó. El resultado mostró que, pese a tratarse esencialmente del mismo producto, su precio podía variar considerablemente de un país a otro una vez expresado en una moneda común.
Así nació el Índice Big Mac.
Cuatro décadas después, el índice es conocido alrededor del mundo y ha llegado, literalmente, a algunos de sus rincones más remotos. La propia Pam Woodall pudo comprobarlo en primera persona.
Hace algunos años, mientras subía hacia el campamento base del Monte Everest, la economista se detuvo en los refugios que reciben a los montañistas durante el trayecto. En ellos era habitual encontrar libros y revistas que otros viajeros habían dejado atrás. A miles de metros sobre el nivel del mar, Woodall se topó con un ejemplar de The Economist de cinco años de antigüedad. Esa edición incluía, precisamente, el Índice Big Mac.
“Uno no puede escapar de él. Incluso a cinco mil metros de altura no puedes escapar”, cuenta a DF MAS Simon Cox, actual editor de economía de China y redactor jefe de economía de The Economist, quien lleva cerca de dos décadas escribiendo sobre el indicador y trabajó estrechamente con Woodall.
De la URSS a Yugoslavia
Desde aquella primera pregunta sobre hamburguesas, el índice no ha dejado de crecer. En 1986 comenzó comparando 14 países; y hoy abarca 71 economías, si se contabiliza por separado a cada uno de los miembros de la zona europea.
Para Cox, parte de la explicación de esa longevidad está en que el panorama que buscaba ilustrar hace 40 años nunca dejó de ser relevante. Las monedas siguen moviéndose, los tipos de cambio continúan generando titulares y la discusión sobre si están correctamente valorados reaparece una y otra vez.
“Los movimientos de las monedas suelen estar en la mente de la gente. A menudo son noticia de primera plana, y este índice es una manera de intentar conectar esas grandes historias noticiosas con algo familiar y fundamental. Eso realmente conecta con la gente”, explica.
La fórmula ha resultado tan atractiva que, durante estas cuatro décadas, han surgido varios intentos por replicarla. Cox recuerda que, después de una publicación del índice, un exeditor de un reconocido medio le comentó que su diario había tenido algo llamado el “Mars standard”, basado en una lógica similar. Otras publicaciones han comparado productos de IKEA y algunos lectores de The Economist incluso han propuesto crear un índice utilizando el precio de la propia revista en distintos países.
Ninguno, sin embargo, ha alcanzado la notoriedad del Big Mac.
Pero el índice que existe hoy tampoco es exactamente el mismo que nació en 1986. La primera edición, por ejemplo, incluía a la Unión Soviética, Alemania Occidental y Yugoslavia. También aparecían monedas que posteriormente desaparecieron. Varias europeas terminaron dando paso al euro y Brasil dejó atrás el cruzeiro para adoptar el real.
La forma de recopilar los datos también cambió. En sus primeros años eran los propios corresponsales quienes enviaban los precios que encontraban en terreno. En ocasiones, The Economist contactaba por fax a McDonald’s de cada país para averiguar cuánto costaba la hamburguesa.
Hoy el proceso es bastante menos artesanal. La revista mantiene una relación directa con McDonald’s, que le proporciona buena parte de los precios, y cuando existen vacíos de información los corresponsales vuelven a entrar en escena. Con esos datos, el equipo construye las tablas, gráficos y visualizaciones que dan forma al indicador.
Uno de los principales cambios estuvo en la metodología. En 2011, The Economist incorporó una segunda versión del índice ajustada por el PIB per cápita. El cambio respondió a un patrón que se hizo cada vez más evidente a medida que el indicador incorporaba economías emergentes, ya que, en la versión tradicional, sus monedas aparecían casi sistemáticamente subvaloradas.
Eso tiene una explicación. Las economías emergentes suelen tener niveles de precios más bajos que las economías de altos ingresos. Por lo mismo, una moneda puede aparecer más subvalorada de lo que cabría esperar considerando el nivel de desarrollo de esa economía. La nueva medición buscó tener en cuenta precisamente esa diferencia, utilizando el PIB por persona como referencia.
“Un Big Mac suele ser bastante más barato en Chile que en Estados Unidos cuando conviertes el precio a dólares estadounidenses”, explica Cox. En la versión tradicional, agrega, el peso chileno suele aparecer subvalorado. Pero al incorporar el PIB per cápita la historia cambia. En distintos momentos ha aparecido subvalorado y, en otros, levemente sobrevalorado, tendiendo a fluctuar más cerca de lo que el índice considera una valoración justa.
Actualmente, señala Cox, está bastante cerca del nivel que cabría esperar dado el PIB per cápita del país.
Los principales hallazgos
Más allá de la historia y las principales modificaciones, cuatro décadas de precios también han dejado algunas pistas sobre cómo ha cambiado la economía mundial.
Según Cox, en los últimos años los desalineamientos de los tipos de cambio -la distancia entre las cotizaciones observadas en el mercado y las valoraciones que se desprenden del índice- han estado entre los mayores registrados en la historia del indicador.
Parte de la explicación, detalla, está en lo ocurrido después de la pandemia. El fuerte episodio inflacionario golpeó de manera muy distinta a las economías y esas diferencias terminaron reflejándose también en el precio de las hamburguesas.
Otro factor es el enorme peso que han adquirido economías emergentes como China e India en la actividad global. China, de hecho, ofrece uno de los ejemplos que Cox considera más interesantes.
Según explica, el índice Big Mac permite observar un fenómeno detrás de la creciente preocupación por la competitividad del gigante asiático. El principal cambio no ha estado tanto en el tipo de cambio del renminbi frente al dólar, que se ha mantenido relativamente estable, sino en cómo han evolucionado los precios dentro de China respecto de otras grandes economías.
Mientras China atravesó un período de inflación muy baja e incluso de deflación, otras grandes economías experimentaron una fuerte inflación. Esa diferencia provocó una depreciación del tipo de cambio real chino, es decir, aquel que incorpora también la evolución relativa de los precios.
El resultado, explica Cox, es que las exportaciones chinas se volvieron todavía más competitivas que antes, un fenómeno que hoy está teniendo importantes repercusiones geopolíticas, especialmente en Europa y Estados Unidos.
- ¿Cuán seriamente debería interpretarse el índice como un indicador económico?
- Las ideas que hay detrás son importantes. Creo que el concepto de tipo de cambio real es fundamental y no siempre se entiende bien. No basta con mirar el tipo de cambio que aparece en las páginas financieras, también hay que considerar cómo están evolucionando los precios internos en comparación con los del resto del mundo. Eso no necesariamente lo vas a ver reflejado en un periódico, pero el Índice Big Mac te da una aproximación.
Por ejemplo, creo que el gran debate en torno a China en este momento gira, en buena medida, en torno a si el país reequilibrará su economía mediante una apreciación del renminbi frente al dólar o a través de una reactivación de la economía mediante estímulos. El índice te da una puerta de entrada a ese debate porque, en teoría, si China elige la segunda opción, eso debería reflejarse en los salarios, en los precios internos y también en el precio de los Big Macs. En ese sentido, es muy útil como herramienta pedagógica o educativa.
- ¿Cuál es entonces la principal limitación del índice?
- Que se basa en un solo producto y, obviamente, nuestro nivel de vida depende de todos los bienes y servicios que consumimos. Por eso existen medidas mucho más amplias del poder adquisitivo, que consideran los precios de cientos de productos. Y, en cierto sentido, son mejores porque abarcan mucho más. Pero también tienen sus defectos, porque tardan muchísimo tiempo en compilarse. A veces, contar con una comprobación de sentido común, una especie de prueba de realidad, algo que sea fácilmente identificable, tangible y que no esté envuelto en capas de supuestos estadísticos, puede ser muy útil como contraste frente a cifras más sofisticadas.
- ¿Cómo han afectado al índice los cambios en la economía global, como la inflación y los hábitos de consumo?
- Los precios del Big Mac tienden a moverse con la inflación, por lo que ésta se refleja de manera bastante directa en el índice. Lo vimos en Estados Unidos durante sus recientes dificultades con la inflación. El precio del Big Mac también subió durante ese período. Chile también ha tenido dificultades con la inflación; y eso aparece bastante rápido en el Big Mac.
La pregunta más interesante tiene que ver con los hábitos de consumo. Cuando McDonald’s entra por primera vez a un país, puede convertirse en un gran acontecimiento, ha habido filas de personas que se extienden durante horas porque querían conseguir su Big Mac. En esos momentos, el Big Mac es algo distinto de una comida rápida, es algo exótico, algo nuevo. Por eso se podría argumentar que, aunque la hamburguesa sea exactamente la misma, el producto es, en cierto sentido, diferente.
Eso plantea un desafío para la consistencia del índice porque, si estás comparando una comida familiar con una comida exótica, aunque físicamente tengan los mismos ingredientes, cumplen roles muy distintos en el comportamiento y los hábitos de los consumidores. En ese caso, se podría decir que no estamos comparando cosas completamente equivalentes.
Los próximos años
Para Cox, uno de los desafíos a futuro más evidentes es que los datos de precios son cada vez más accesibles. Podría llegar un momento, reconoce, en que cualquier persona pueda consultar y comparar valores alrededor del mundo sin necesitar que The Economist lo haga por ella.
Pero eso no significa que en la revista estén preparando la despedida.
Mientras las monedas continúen moviéndose y los desalineamientos cambiarios sigan formando parte de la conversación económica, creen que seguirá existiendo espacio para un estándar de valor sencillo e intuitivo.
Cox recuerda que el índice mostró que la libra esterlina estaba sobrevalorada poco antes de que saliera del Mecanismo Europeo de Tipos de Cambio, el sistema de tipos de cambio fijos que antecedió al euro. Incluso con un tipo de cambio fijo, explica, los precios de un Big Mac pueden variar considerablemente entre países, por lo que el índice todavía puede entregar información.
Todavía quedan, además, partes del mapa por conquistar. El índice sólo puede existir donde hay McDonald’s y esa condición deja fuera a distintos países, especialmente en África. Una posibilidad que Cox imagina hacia adelante sería complementar la medición con algún otro producto suficientemente estandarizado y disponible tanto en esas economías como en aquellas donde ya existe el índice Big Mac.
También se ha discutido aumentar la frecuencia de publicación. Pero ahí, después de 40 años mirando el mundo a través de una hamburguesa, Cox vuelve a la lógica más simple de todas.
“Los Big Macs son geniales, pero no quieres uno todos los días”.