Las llamas que salen hacia mí desde la chimenea del restaurante me recuerdan al señor Hyde, pero la figura alta y paternal que me agarra de la mano y me dedica una sonrisa de dientes blancos como perlas me recuerda al doctor Jekyll.
Fue Elon Musk quien le contó a su biógrafo, Walter Isaacson, que su padre tenía una personalidad al estilo de Jekyll y Hyde, aunque Errol dice que el libro es “muy, muy malo” y está lleno de errores.
Elon también dijo de su padre, en una entrevista de 2017 con la revista Rolling Stone, que “casi todas las maldades que se te puedan ocurrir, él las ha cometido”. Eso ocurrió tras descubrir que Errol había tenido un hijo con su propia hijastra, una mujer unos 40 años más joven que él.
Sin embargo, cuando Errol entra en el restaurante de Langebaan, en la ventosa costa oeste de Sudáfrica, tiene una presencia hipnótica. Es cortés y me mira fijamente con sus ojos azules. Cambiamos de mesa porque, como él mismo señala amablemente, habrá demasiado ruido y hará demasiado calor.
“Este es un restaurante muy agradable”, dice. “He estado en esta ciudad con Elon, pero no en este restaurante”.
A lo largo de nuestra conversación, sus largas divagaciones verbales, ya sean alegres o sombrías, se ven puntuadas regularmente por una muestra de su dentadura perfecta, que ilumina un rostro de 80 años aún apuesto, aunque con un vello fino y surcado por profundas arrugas.
Llegué temprano tras un viaje en auto de 90 minutos hacia el norte desde Ciudad del Cabo y, después de un paseo por la playa azotada por el viento, me había acercado a Pearly’s, el restaurante del paseo marítimo donde habíamos quedado.
Es invierno en Sudáfrica, y me había parecido una buena idea sentarme junto a la chimenea crepitante; pero pronto el calor empezó a golpearme en oleadas. Me quité la chaqueta, me la volví a poner, pensé en cambiar de mesa y, al final, me dejé llevar por la inercia. Pocas veces había estado tan nervioso antes de una entrevista.
La mayor parte de lo que había leído sobre Errol era sombrío. Elon había descrito una infancia traumática. La primera esposa de Errol, Maye Haldeman, una reina de belleza, dijo que había descubierto su verdadera naturaleza durante su luna de miel en Europa, de la que había regresado “magullada y embarazada”.
Se divorciaron cuando Elon tenía ocho años; para entonces ya habían nacido su hermano menor, Kimbal, y su hermana, Tosca.
Recientemente, Errol se ha convertido en defensor tanto de Vladimir Putin como del activista británico de extrema derecha Tommy Robinson. En julio, pagó los gastos de Robinson -“tan educado y modesto”- para que asistiera al “anti-Davos” ruso.
El año pasado, The New York Times publicó un extenso reportaje de investigación en el que se alegaba que Errol había sido acusado de abusar sexualmente de cinco de sus hijos e hijastros.
El artículo, que citaba expedientes judiciales, correspondencia personal y entrevistas con miembros de la familia, afirmaba que las acusaciones se remontaban a 1993 y que Elon había intervenido en algunas ocasiones después de que sus familiares se pusieran en contacto con él en busca de ayuda.
Según el NYT, se abrieron tres investigaciones policiales independientes, aunque al menos dos de ellas ya han concluido. Errol, que nunca ha sido condenado por ningún delito, rechaza de plano las acusaciones. También niega haber golpeado jamás a Maye.
Más de una vez había pensado que no debería estar aquí. Si Errol no fuera el padre de Elon, sería un personaje sin interés, un antiguo comerciante de esmeraldas con tres exmujeres y opiniones controvertidas.
Pero Errol -entusiasta de los cohetes, partidario de la disciplina, fabulista, explorador de los laberintos de Internet- es una figura destacada en la vida de Elon.
Parte del genio rebelde del fundador de SpaceX, incluido su temprano interés por los ordenadores y su afán por asumir riesgos, se remonta a su padre, un hombre al que Elon ha calificado tanto de auténtico hombre de negocios como de charlatán.
Aunque los dos se habían distanciado -“ya no es así”, dice Errol-, sus opiniones han convergido recientemente en una serie de temas, entre ellos los supuestos méritos de la extrema derecha europea y la supuesta distopía en la que ha caído el Reino Unido como consecuencia de la inmigración.
Errol afirma que siguen enviándose mensajes, y ambos firman con “lief vir jou”, que significa “te quiero” en afrikáans.
Al ser padre de Elon, su primer hijo, Errol cambió literalmente el mundo. Como para dejarlo bien claro, apenas unas horas antes de que nos viéramos y casi 56 años después de la luna de miel de Errol, uno de los cohetes Falcon 9 de SpaceX, de Elon, se estrelló contra la Luna.
Hay varios momentos de tensión en nuestra conversación de casi cuatro horas. Pero, dejando a un lado todas mis aprensiones, el hombre que entra con paso firme es, sin duda, carismático.
“Ah, el famoso periodista”, dice. Mientras nos sentamos en una mesa, él pide una cerveza Castle Lite y yo una stout local.
“Somos muy afortunados en Sudáfrica; tenemos comida de muy buena calidad y es muy barata. De hecho, es lo que ha permitido que toda la población, incluida la población negra, crezca de forma astronómica”, dice con su timbre de actor. “Ahora bien, no se crece así a menos que se cuente con condiciones extremadamente buenas, buena comida, buen tratamiento médico y demás”.
Dejo pasar la defensa implícita del apartheid, ya que habrá tiempo para ello más tarde. Además, Errol sufre una ligera sordera, lo que le hace inmune a las interrupciones.
“Crecí en una Sudáfrica muy dura. Las palizas formaban parte del día a día”, dice, y añade que los métodos disciplinarios de su padre Walter no eran una excepción. “Simplemente era un entorno más primitivo”.
El restaurante, a pesar de estar situado en una playa de un blanco deslumbrante, resulta extrañamente sombrío, como si se anticipara a nuestra conversación llena de contrastes. En la tele están retransmitiendo una carrera de autos y de los altavoces sale a todo volumen “Fat Bottomed Girls”, de Queen.
Entre las especialidades del chef se incluyen bocaditos crujientes de panceta, pizza de costillas de ternera y “tubos y tentáculos”, que yo interpreto como calamares.
Errol se decide por un filete pequeño de solomillo con arroz y mostaza inglesa. Yo pido congrio a la parrilla con patatas fritas y una ensalada como guarnición.
Había leído que su madre -que llegó a Sudáfrica desde Liverpool- había abandonado durante un tiempo al padre de Errol, un criptógrafo durante la Segunda Guerra Mundial, y había regresado a Inglaterra con sus dos hijos.
“Él no hablaba mucho. Estaba bastante destrozado después de la guerra. Temblaba todo el tiempo, sobre todo una mano”, dice Errol, dando un pequeño sorbo a su cerveza. “No era capaz de mantener un trabajo. Tenía tendencia al alcoholismo”.
Convencieron a su madre para que regresara de Inglaterra, trayendo consigo a Errol y a su hermano, después de que Walter ganara 3.500 libras apostando a un caballo. Con ese dinero, compró una casa en “la peor zona posible” de Pretoria.
Su madre, que había dejado el colegio a los 14 años, sacó adelante a la familia trabajando como costurera en una peletería. “Tenía unas manos fuertes. Elon te dirá que fue una figura fundamental en su vida, la mujer más fuerte que ha conocido jamás”.
Maye, la madre de Elon, había llegado a Sudáfrica desde Canadá con sus padres en 1950, cuando tenía dos años. Joshua Haldeman, padre de Maye y abuelo de Elon, perdió su granja en Saskatchewan durante la Gran Depresión.
Se involucró activamente en el movimiento del Crédito Social, que defendía los vales de crédito gratuitos en un extraño presagio de la renta básica que, según Elon, será necesaria cuando la IA acabe con los puestos de trabajo de la mayoría de la gente.
Antisemita, también formó parte del Movimiento de la Tecnocracia que, en otro atisbo del futuro de Elon, creía que el gobierno debía estar dirigido por tecnócratas.
Como padre, Errol no era de los que mimaban a sus hijos. Cuando Elon tenía 12 años, un chico del colegio le dio una paliza brutal que le obligó a pasar una semana en el hospital. Errol no se mostró compasivo. “Soy su padre, no su amigo”, me dice.
Errol cuenta que Elon, al enterarse de que el padre del chico se había suicidado, había llamado “estúpido” al padre. “A menudo llamaba estúpidos a los adultos”, dice Errol. “Estúpido”, me doy cuenta, es también una palabra que Errol utiliza con frecuencia.
Tras el divorcio, Elon acabó instalándose con Errol en Pretoria, algo de lo que después se arrepentiría.
Mientras saboreo la cerveza negra con sabor a malta, le pregunto: “¿Por qué Elon te llamó ‘vendedor ambulante’?”.
“El decano de la Universidad [de Witwatersrand] me describió como un fenómeno”, responde Errol, añadiendo que, nada más salir de la universidad, ya programaba los primeros ordenadores de IBM y redactaba patentes complejas.
A Errol le iba bien económicamente como ingeniero y, más tarde, como comerciante de esmeraldas. Elon, cuenta, iba al colegio en un Rolls-Royce. Los fines de semana iban a la granja de Errol, donde Elon y Kimbal montaban a caballo y en moto. “Elon era muy feliz. Tenía todo lo que un niño podía desear”.
Elon devoraba las enciclopedias de su padre. Descubrió un libro en el despacho de Errol que ilustraba inventos futuristas, entre ellos un cohete impulsado por un propulsor iónico. Solía lanzar sus propios cohetes, utilizando cloro de piscina como combustible.
Errol afirma que tenían una de las mejores casas de Pretoria. “Los primeros años 80 fueron una época dorada”.
Llega la comida. Errol contempla su filete poco hecho. “Aquí todo está bueno”, dice con una amplia sonrisa.
Ha afirmado en entrevistas recientes -por algunas de las cuales le pagan- que nunca vio indicios de opresión durante el apartheid.
Habría que hacer la vista gorda, como hacían la mayoría de los sudafricanos blancos, para no darse cuenta de un sistema que expulsó por la fuerza a millones de personas negras de sus hogares, impuso leyes de pases y prohibió los matrimonios interraciales.
Cuando le planteo esta cuestión, responde: “Yo no estaba a favor del apartheid. Nunca practicamos ningún tipo de apartheid en casa con nuestro personal”.
Unos amigos de Estados Unidos le hicieron pasar un mal trago a Alexandra, la hija de Errol de su tercer matrimonio y media hermana de Elon, por su ascendencia sudafricana.
Errol cuenta que le dijo: “La próxima vez que te pregunten por el apartheid, pregúntales dónde están los indios americanos. Diles que quieres ver una de sus aldeas. No volverán a molestarte porque saben muy bien que se deshicieron de 26 millones de indios”.
Dejando a un lado su dudosa interpretación de los nativos americanos, tiene razón en cierto modo. Pasamos a su reciente fascinación por Rusia, un tema que le abre las compuertas de la verborrea.
“Rusia es increíble. Rusia es un secreto que se nos oculta”, dice, mientras se lleva un bocado de arroz a la boca.
El año pasado fue invitado al Foro del Futuro en Moscú para debatir temas como los valores familiares tradicionales y el descenso de la población. Errol, que tiene 23 nietos, ha aportado su granito de arena para frenar este último, aunque no tanto para promover los primeros.
“Moscú es, con distancia, la capital más bonita del mundo”, afirma. “Parece que tienen una ventaja genética. No existen las mujeres rusas feas. La mayoría superan el siete y muchas llegan hasta el nueve o el diez”.
Haciendo caso omiso de su incursión en el universo de Miss Mundo allá por 1960, le pregunto si le molesta que Putin sea un dictador y un belicista.
“Todo el mundo es autoritario”, replica, y añade que Rusia tenía motivos para invadir Ucrania, que -según él- atacó primero a Donbás.
“En Rusia no hay delincuencia. No hay policía… Todos los puentes sobre el río Moscova están cubiertos de flores”, dice, una frase que haría sonrojar al propio Alexander Pushkin.
En una valoración poco habitual, considera que Putin es “un tipo muy humilde, sin aires de grandeza”.
Ahora que estamos metidos hasta la cintura, razono, más vale ir hasta el fondo. Tanto Errol como Elon, a través de X, la plataforma de redes sociales que compró por 44.000 millones de dólares en 2022, han utilizado su influencia para apoyar a la extrema derecha europea.
El año pasado, antes de las elecciones anticipadas en Alemania, en un debate retransmitido en directo en X con Alice Weidel, líder de Alternativa para Alemania, Elon dijo: “Solo la AfD puede salvar a Alemania, y punto”.
Tanto el padre como el hijo también han expresado su apoyo a Marine Le Pen. Errol me cuenta que la inhabilitación que se le impuso inicialmente para presentarse a las elecciones presidenciales francesas de 2027, tras su condena en 2025 por malversación de fondos europeos, era la prueba de que Emmanuel Macron era el enemigo.
“La Estrella de la Muerte está ocupada por Macron y su pandilla”, afirma, refiriéndose al arma del tamaño de un planeta de “Star Wars”, la primera película que Elon vio en un cine.
¿Por qué apoya Errol a Tommy Robinson, un hombre que, al parecer, está empeñado en fomentar el vigilantismo antimusulmán en Gran Bretaña?
Le pregunto si fue la Fundación Musk la que pagó el vuelo de Robinson a Rusia, tal y como se había publicado en otros medios.
“No, lo pagué yo. No tuvo nada que ver con la Fundación Musk”, responde, y describe la fundación como una “entidad independiente” que invierte dinero en startups tecnológicas y que cuenta con un estricto código de gobernanza.
Entonces, ¿por qué echar mano de su propio bolsillo?
“Estoy totalmente de acuerdo con él. Creo que ustedes, los ingleses, son muy miopes al regalar su capital. Londres tiene una historia tan maravillosa y ahora tres cuartas partes de los londinenses son de otros lugares”.
Le digo: “No tres cuartas partes…”.
“Hay que estar realmente mal de la cabeza para hacer algo así”, responde.
Al parecer, Robinson -cuyo nombre real es Stephen Yaxley-Lennon- había escuchado una entrevista en televisión en la que Errol lo había proclamado futuro primer ministro británico.
“Me llamó desde su celda para darme las gracias. ‘Gracias, hermano’”, dice Errol con un acento cockney fingido. “Entonces Elon se encargó inmediatamente de que se pagaran todos sus gastos legales”.
Pero, ¿no es Robinson simplemente un matón?
“Tú eres la última persona a la que llamaría matón”, dice, sonriéndome amablemente. “Pero, comparado con él, tú sí que eres un matón. Así que saca tu propia conclusión”.
Pedimos café.
Está opinando sobre el declive de Gran Bretaña, un país que recuerda como un idilio. Ahora, percibe “un deterioro generalizado, arcenes descuidados, malas hierbas creciendo por todas partes”, familiares que no paran de pedir comida. “Todos están en la ruina”.
“El FT pagará tu filete, te lo prometo”, digo.
“He hecho muchos viajes por el océano en yates”, dice de repente. “Si Keir Starmer (primer Ministro del Reino Unido hasta julio) estuviera a bordo, lo tiraría al mar. Es un tipo realmente detestable. Es gay”.
“Starmer no es gay”, me oigo decir. Desconcertado, se me olvida añadir: “¿Y qué pasaría si lo fuera?”.
“No estoy en contra de los gays”, se adelanta a decir. Su objeción se refiere a la supuesta negligencia de Starmer, como fiscal general, durante el escándalo de las bandas de captación, en el que hombres, en su mayoría de origen pakistaní, abusaron sistemáticamente de mujeres jóvenes y niñas.
“Para ganarse el favor de los musulmanes. De todos modos, creo que vamos a acabar discutiendo”, dice con tono conciliador.
Menciono la entrevista que Elon concedió el mes pasado a Zanny Minton Beddoes, redactora jefe de The Economist, en la que defendió muchas de las mismas causas que su padre.
¿Qué le pareció?
“Mujer estúpida. Me dieron ganas de hacerle un lifting”, responde.
No, protesto, ¿qué le pareció la entrevista?
“Adoptó una actitud altiva. Y con Elon eso es un error muy grave. Cuando dijo que la gente lo detesta, eso realmente habría herido a Elon, porque conozco muy bien a Elon, y me refiero a muy, muy bien. Es un poco infantil, y con los chicos jóvenes hay que tener cuidado con lo que se dice”.
“Tiene 55 años”, balbuceo.
“Sí, pero se parece mucho a un niño”.
Talulah Riley, que se casó y se divorció de Elon dos veces, le contó a Walter Isaacson más o menos lo mismo. “En el fondo, sigue siendo… un niño de pie frente a su padre”.
Errol aplaudió la réplica de Elon cuando le dijo a Minton Beddoes que había más gente que la detestaba a ella como representante de los medios de comunicación. “Eso fue brillante. Le dio de lleno en el corazón, en su pequeño pendiente morado”.
Ahora sí que estamos en la madriguera del conejo y Errol pasa a hablar de Anthony Fauci, antiguo asesor médico jefe del presidente de EE.UU., de quien Errol está convencido de que acabará en la cárcel, aunque me ahorro sus opiniones sobre Jeffrey Epstein (que, obviamente, dice que sigue vivo).
Comenta que el Covid fue una estafa, inofensiva y, al mismo tiempo, parte de un complot para reducir la población mundial. Por supuesto que Michelle Obama es un hombre, dice, poniendo los ojos en blanco como si yo fuera la última persona en la Tierra en darme cuenta.
En todo momento, muestra poca ira, y desde luego ninguna hacia mí. De hecho, muestra lo que parece una preocupación genuina por el hecho de que me haya puesto la dosis de refuerzo contra el Covid -algo que en su día predijo que provocaría la muerte súbita-.
“Tienes muy buen aspecto”, dice con tono esperanzado.
Se levanta para marcharse. “Me ha gustado esto”, dice. “No me crucifiques”.