Eduard Poeppig, testigo de Chile
Por Alejandro San Francisco Profesor del Instituto de Historia y la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Chile.
Por: Equipo DF
Publicado: Jueves 21 de abril de 2011 a las 05:00 hrs.
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A comienzos de la República llegaron importantes extranjeros a vivir a Chile, muchos de los cuales destacaron en diversos ámbitos de la vida nacional: Irisarri, uno de los padres del periodismo nacional; Vera y Pintado, autor del Himno Nacional; el sabio venezolano Andrés Bello en el derecho y la educación; Domeyko en la mineralogía. Pero también hubo personas que estuvieron de paso por Chile, viajeros que desde diversos lugares del mundo decidieron quedarse un tiempo y después narrar sus experiencias vitales, como fue el caso del norteamericano Samuel Burr Johnston y la británica María Graham, entre otros.
Eduard Poeppig (1798-1868), natural de Sajonia, fue otra de las figuras que llegaron a Chile por algún tiempo y que, felizmente, narraron sus experiencias. El viajero llegó a Valparaíso en 1827, procedente desde Estados Unidos, y permaneció un par de años en el país. Su primera impresión del puerto no fue favorable, pero luego valoró el rápido progreso que comenzaba a notarse en su nueva tierra.
Como destaca Carlos Sanhueza en su estudio sobre los viajes recíprocos de chilenos y alemanes, algunas expediciones tuvieron un carácter especialmente científico, como fue el caso de Humbolt y del propio Poeppig, cuya prosa “si bien se instala desde una posición científica, mantiene un componente emocional y sensorial”.
De hecho, rápidamente el viajero valoró el desarrollo de Chile, aunque el país era bastante inestable en esos años: “mucho tiempo antes que en cualquier otra parte de Sudamérica salió de las revoluciones y formó una organización estable”, demostrando más cariño por el país que una certeza sobre el verdadero curso de los acontecimientos. Esa visión se debía en parte, sin duda, a la gran hospitalidad que recibió.
Eduard Poeppig fue un gran observador de la realidad nacional. Su obra abunda en descripciones sobre la cordillera de Los Andes, la flora, los mares y las islas que visitó, además de la minería y otras riquezas naturales que pudo observar. En paralelo, el alemán apreciaba el estado social de Chile, algunas de sus instituciones como el Ejército, además del desarrollo de la medicina o la situación religiosa de la población.
Con todas esas observaciones, narradas con interés y detalle, podemos contar a través de su testimonio con una de las mejores descripciones de Chile en la década de 1820. Así comienza el último párrafo de su obra: “Se acababa el otoño, y el deber me llamaba a otro país”. Los indios del sur y los caciques, se despidieron “del extranjero de cutis claro”, quien se alejó “de malas ganas lleno de nostalgia”. Pronto partió a Perú y finalmente regresó a Alemania, donde fue profesor universitario y donde murió en 1868. Como señala Ricardo Krebs en su libro Identidad chilena, Poeppig “fue un enamorado de Chile. A través de todas las páginas de su libro se perciben su admiración y su afecto”.
Eduard Poeppig (1798-1868), natural de Sajonia, fue otra de las figuras que llegaron a Chile por algún tiempo y que, felizmente, narraron sus experiencias. El viajero llegó a Valparaíso en 1827, procedente desde Estados Unidos, y permaneció un par de años en el país. Su primera impresión del puerto no fue favorable, pero luego valoró el rápido progreso que comenzaba a notarse en su nueva tierra.
Como destaca Carlos Sanhueza en su estudio sobre los viajes recíprocos de chilenos y alemanes, algunas expediciones tuvieron un carácter especialmente científico, como fue el caso de Humbolt y del propio Poeppig, cuya prosa “si bien se instala desde una posición científica, mantiene un componente emocional y sensorial”.
De hecho, rápidamente el viajero valoró el desarrollo de Chile, aunque el país era bastante inestable en esos años: “mucho tiempo antes que en cualquier otra parte de Sudamérica salió de las revoluciones y formó una organización estable”, demostrando más cariño por el país que una certeza sobre el verdadero curso de los acontecimientos. Esa visión se debía en parte, sin duda, a la gran hospitalidad que recibió.
Eduard Poeppig fue un gran observador de la realidad nacional. Su obra abunda en descripciones sobre la cordillera de Los Andes, la flora, los mares y las islas que visitó, además de la minería y otras riquezas naturales que pudo observar. En paralelo, el alemán apreciaba el estado social de Chile, algunas de sus instituciones como el Ejército, además del desarrollo de la medicina o la situación religiosa de la población.
Con todas esas observaciones, narradas con interés y detalle, podemos contar a través de su testimonio con una de las mejores descripciones de Chile en la década de 1820. Así comienza el último párrafo de su obra: “Se acababa el otoño, y el deber me llamaba a otro país”. Los indios del sur y los caciques, se despidieron “del extranjero de cutis claro”, quien se alejó “de malas ganas lleno de nostalgia”. Pronto partió a Perú y finalmente regresó a Alemania, donde fue profesor universitario y donde murió en 1868. Como señala Ricardo Krebs en su libro Identidad chilena, Poeppig “fue un enamorado de Chile. A través de todas las páginas de su libro se perciben su admiración y su afecto”.

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