Daron Acemoglu respondió con dureza a The Economist. “Su reciente artículo sobre mí (...) llamó la atención menos por su hostilidad hacia mi trabajo que por la debilidad de sus afirmaciones”, escribió el Nobel de Economía, antes de devolverle a la revista el juicio que esta había utilizado contra él: “Si esto es lo mejor que pueden hacer con un trabajo que abarca 33 años, entonces es su crítica la que resulta ‘extrañamente poco convincente’”.
La réplica llegó después de que el lunes la revista difundiera “El economista más influyente del mundo resulta extrañamente poco convincente”, un ácido análisis que puso en duda la robustez, originalidad y alcance de parte de la obra del académico del MIT.
El artículo se ha mantenido durante toda la semana como el contenido de mayor lectoría del portal de The Economist, donde abrieron espacio a Acemoglu en su sección de cartas, bajo el título “Daron Acemoglu responde a nuestras críticas sobre su trabajo”, señalando que el ganador del Nobel “defiende enérgicamente su investigación y sus ideas centrales”.
En su artículo del lunes, The Economist cuestionó primero algunos trabajos empíricos de Acemoglu, incluyendo el influyente estudio de 2001 sobre instituciones y desarrollo -un pieza central del trabajo reconocido con la medalla sueca-, y sostuvo que parte de su investigación puede exhibir una sofisticación técnica mayor que la solidez de sus conclusiones. También puso en duda el poder explicativo de su teoría institucional y afirmó que algunas de sus ideas pueden resultar “decepcionantemente poco impresionantes para un titán de las ciencias sociales”.
La revista dirigió además fuertes reparos a su visión de la tecnología y la inteligencia artificial, que calificó de “extraordinariamente sombría” y, en el caso de la IA, de pesimista “hasta el punto de perder credibilidad”. El texto cerró cuestionando también sus propuestas para orientar el desarrollo tecnológico y con una frase particularmente dura: “Tan grande es el estrellato de Acemoglu que a veces puede llegar a cegar el juicio crítico”.
La carta del Nobel
En su respuesta, Acemoglu parte agradeciendo "el análisis crítico de mi investigación y mis ideas principales", agregando que existen aspectos legítimamente discutibles en materias que van desde las instituciones y los legados coloniales hasta la automatización y la IA. Su objeción, sostiene, es que la revista reunió “quejas vagamente conectadas” con el afán de "insinuar una falta de fiabilidad académica".
El Nobel entrega tres ejemplos. Primero cuestiona que la revista apoyara parte de su veredicto en que "economistas anónimos revelan su verdadera opinión sobre mí tras unas copas", subrayando que "no se menciona a ninguna de las personas a las que se les ofreció beber para llegar a esa conclusión". En base a esto, ironiza: “¿Publicarían una carta afirmando que, después de unas copas, la mayoría de la gente me dice que su periódico ya no vale la pena?”.
En segundo lugar, responde a las críticas recogidas por la revista sobre su reciente estudio “Caída de la natalidad y auge del crecimiento”. The Economist había citado una observación de Jesús Fernández-Villaverde acerca de que las estimaciones basadas en relaciones históricas podrían no extrapolarse al futuro. Acemoglu replica que esa misma advertencia está expresamente incluida en las conclusiones del estudio y añade que, según entiende, la revista ni siquiera entrevistó al economista español.
Su tercera objeción es que las críticas fueron seleccionadas “de manera arbitraria”. Acemoglu menciona particularmente los reparos de Tyler Cowen y Francis Fukuyama, pero lejos de descartarlos sostiene que pueden ser —y en el pasado fueron— puntos de partida para discusiones académicas productivas. Ese tipo de desacuerdos, afirma, forman parte de un debate científico saludable.
Finalmente, Acemoglu introduce una sospecha sobre el momento elegido para publicar las críticas. Señala que coincidieron con el lanzamiento de su nuevo libro, ¿Qué pasó con la democracia liberal?, y cuestiona que una reseña publicada simultáneamente por The Economist lo presentara en buena medida alrededor de la pregunta sobre cómo la IA moldeará el futuro, cuando, según precisa, solo medio capítulo aborda inteligencia artificial y democracia.
“Es difícil no interpretar esto como un encuadre estratégico”, afirma, orientado a “oscurecer el mensaje de mi libro y llevarlo al tema favorito de The Economist: defender e impulsar la IA”.
El debate
Hasta ahora, ninguno de los otros economistas directamente aludidos en el artículo de The Economist ha intervenido públicamente en la controversia. No lo han hecho Simon Johnson y James Robinson, quienes compartieron con Acemoglu el Nobel de Economía 2024 y fueron coautores del estudio de 2001 cuestionado por la revista, ni David Autor, Keelan Beirne y Andrew Scott, coautores de su reciente trabajo sobre natalidad. Tampoco se han pronunciado quienes aparecen citados como críticos, entre ellos Jesús Fernández-Villaverde, Tyler Cowen, Francis Fukuyama o Lawrence Summers.
La reacción externa más contundente provino de John List, Kenneth C. Griffin Distinguished Service Professor de Economía de la Universidad de Chicago y director del Becker Friedman Institute, además de exjefe del Departamento de Economía de esa casa de estudios.
En una publicación en LinkedIn, List partió reconociendo el peso intelectual de Acemoglu, de quien afirmó que “ha cambiado el panorama de cómo pensamos por qué las naciones tienen éxito y fracasan”, y defendió que la crítica es parte normal del funcionamiento de la disciplina: los economistas son entrenados precisamente para buscar fallas en el trabajo de sus pares y someterlo a un escrutinio constante.
Su reparo apunta, sin embargo, al método de The Economist. List sostiene que incluso las críticas anónimas dentro de la academia tienen mecanismos de rendición de cuentas: un árbitro debe discutir el trabajo concreto, un editor evalúa sus observaciones y el autor puede responder.
“Las citas anónimas después de unas copas tienen el anonimato sin ninguna de esas responsabilidades”, planteó, interpretando el artículo como un ejercicio de selección parcial de críticas. Y resumió su desacuerdo con el veredicto de la revista en una frase: que encontrar defectos en un trabajo “no equivale a emitir un veredicto” sobre el conjunto de una trayectoria académica.