El 7 de agosto, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán sellaron en La Meca un acuerdo de defensa que establece que un ataque armado contra cualquiera de los tres será considerado un ataque contra todos. La fórmula, comparable con el principio de defensa colectiva de la OTAN, cobra especial relevancia porque uno de sus firmantes, Pakistán, es la única potencia nuclear del mundo musulmán, con un arsenal estimado en unas 170 ojivas.
Esa combinación lleva a AthenaLab a plantear una consecuencia que va más allá del nuevo acuerdo militar. En su informe El pacto de La Meca y el nuevo mercado de la disuasión, elaborado por Diego Sazo, el centro de la discusión está en la posibilidad de que una potencia nuclear media comience a extender su capacidad disuasiva hacia otros Estados, una función que durante décadas ha estado concentrada principalmente en las grandes potencias.
El reporte habla, en ese sentido, de la apertura de un “mercado de la disuasión extendida”; un escenario en el que países con armas atómicas distintos de las superpotencias tradicionales podrían comenzar a ofrecer garantías de seguridad a terceros.
El Pacto de La Meca sería relevante no porque establezca expresamente una protección nuclear pakistaní —no lo hace—, sino porque reúne a Arabia Saudita y Turquía con una potencia atómica bajo una cláusula de defensa colectiva y deja abierta la pregunta sobre hasta dónde llega esa protección.
La aparición de esa posibilidad coincide con un momento de creciente inseguridad regional y de cuestionamiento de las garantías tradicionales. Desde que Estados Unidos e Israel atacaron Irán en febrero de 2026, las represalias iraníes han alcanzado bases e instalaciones en ocho países, incluidas refinerías sauditas. A ello se suman el cierre del estrecho de Ormuz, la inseguridad en Bab el-Mandeb y el deterioro de las relaciones entre Turquía e Israel.
AthenaLab identifica además un antecedente decisivo en septiembre de 2025, cuando Israel atacó a la cúpula de Hamás en Doha. El episodio mostró que el territorio de un socio protegido por Washington podía ser atacado por otro aliado estadounidense sin que esa protección evitara el golpe. Ocho días después, Arabia Saudita y Pakistán firmaron el acuerdo bilateral de defensa que ahora se amplió con Turquía.
“El deterioro de la garantía estadounidense y la mayor exposición de sus socios regionales aceleraron la búsqueda de capacidades propias”, sostiene Sazo. El pacto, agrega el reporte, “fortalece su autonomía sin desplazar la centralidad de Estados Unidos”.
Así, la guerra con Irán, las tensiones con Israel y las dudas sobre la protección de Washington no constituyen un contexto separado del fenómeno que analiza AthenaLab, más bien ayudan a explicar por qué Estados como Arabia Saudita y Turquía buscan mecanismos de seguridad complementarios y por qué la capacidad nuclear pakistaní adquiere ahora una relevancia diferente.
El factor Pakistán
Es precisamente la naturaleza de las capacidades que aporta Pakistán la que distingue al Pacto de La Meca de otros acuerdos regionales de defensa.
Arabia Saudita suma recursos económicos y energéticos y su centralidad en el mundo islámico; Turquía, el segundo mayor ejército de la OTAN y una industria militar en expansión. Islamabad, además de contar con uno de los mayores ejércitos del mundo, incorpora un elemento que ninguno de sus dos socios posee: un arsenal nuclear.
Esa capacidad es la que introduce la principal incógnita estratégica del pacto.
Si bien el texto firmado no incluye ninguna referencia a una garantía atómica, Arabia Saudita ha buscado limitar esa interpretación, señalando que el acuerdo no está relacionado con “ambiciones nucleares”, mientras Islamabad ha evitado precisar hasta dónde se extiende su compromiso.
Sin embargo, existe un antecedente que mantiene abierta la pregunta. Cuando Riad e Islamabad firmaron su acuerdo bilateral en septiembre de 2025, el ministro de Defensa pakistaní afirmó que este comprendía “todos los medios militares”, sin aclarar si aquella definición incluía el arsenal atómico.
Es precisamente esa ambigüedad la que permite a AthenaLab plantear una hipótesis de mayor alcance.
Un proveedor fuera del club de las superpotencias
Durante casi ocho décadas, explica el reporte, la llamada disuasión extendida ha estado asociada principalmente a las grandes potencias. Se trata, en términos simples, de la promesa de proteger a un aliado respaldando esa garantía con el propio arsenal nuclear.
Estados Unidos ha sido el principal proveedor de ese tipo de protección, tanto a través de la OTAN como mediante sus alianzas con Japón y Corea del Sur.
El Pacto de La Meca, según AthenaLab, plantea “un escenario menos habitual”, donde una potencia nuclear media extiende, “de manera explícita o implícita”, su capacidad de disuasión hacia otros Estados.
En ese escenario, Pakistán dejaría de ser únicamente un país con armas atómicas destinadas a su propia seguridad —históricamente condicionada por su rivalidad con India— y pasaría a proyectar esa capacidad como un activo dentro de una arquitectura de defensa más amplia.
La incógnita es si esa capacidad llegará a proyectarse de manera explícita o implícita sobre Riad y Ankara. De ocurrir, advierte el informe, actores como India e Israel tendrían motivos para revisar sus propios cálculos estratégicos.
Lo novedoso, por tanto, no es únicamente la eventual extensión de la protección pakistaní hacia sus dos socios. Es el precedente que podría establecer: que una potencia nuclear media utilice su capacidad disuasiva como garantía de seguridad para terceros fuera de las arquitecturas dominadas tradicionalmente por las superpotencias.
Un nuevo mercado de garantías
Las consecuencias de ese fenómeno podrían ir bastante más allá de los tres miembros del pacto.
AthenaLab identifica dos posibles efectos. El primero sería estabilizador: una garantía externa podría reducir los incentivos de Arabia Saudita para desarrollar una capacidad atómica propia frente al programa iraní. El segundo, más disruptivo, es que La Meca podría sentar un precedente para que potencias nucleares medias extiendan protección a terceros fuera de las arquitecturas tradicionales, eventualmente asociándola a financiamiento o alineamiento político.
“El pacto podría sentar un precedente para que potencias nucleares medias extiendan garantías de seguridad fuera de las arquitecturas tradicionales, vinculándolas eventualmente a financiamiento o alineamiento político”, plantea AthenaLab. De consolidarse ese precedente, la protección nuclear dejaría de estar concentrada principalmente en las grandes potencias.
Cabe señalar que, por ahora, el acuerdo no compromete formalmente el arsenal pakistaní y la historia regional aconseja cautela: iniciativas como el Tratado de Defensa Conjunta de la Liga Árabe, el Pacto de Bagdad o posteriores mecanismos islámicos de seguridad nunca consiguieron traducir plenamente sus compromisos políticos en una defensa colectiva robusta.
El Pacto de La Meca tendrá que demostrar que puede superar esos antecedentes. Cuenta para ello con un comité de ministros, instancias políticas y militares, una secretaría permanente en Arabia Saudita y la posibilidad de incorporar nuevos miembros, con Egipto entre los candidatos.
AthenaLab propone observar si esa estructura se traduce en planificación y capacidades compartidas, si el acuerdo se amplía, cómo Turquía compatibiliza sus compromisos con la OTAN y La Meca y, sobre todo, si aparecen cambios doctrinales, ejercicios o despliegues que den contenido operativo a la actual ambigüedad nuclear.
Por ahora no hay evidencia de que Islamabad haya comprometido su arsenal en defensa de Riad o Ankara. Pero reunir a dos potencias regionales con la única potencia nuclear musulmana bajo una cláusula de defensa colectiva ya incorpora esa posibilidad al cálculo estratégico.
Si llega a materializarse, el pacto podría inaugurar, en medio de la guerra con Irán, las tensiones con Israel y las dudas sobre la protección estadounidense, un modelo en que la disuasión extendida deje de ser patrimonio casi exclusivo de las superpotencias y pase también al repertorio de las potencias medias.