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Columnistas

La sala cuna es necesaria, pero no suficiente

Por María José Bosch, directora del Centro Trabajo y Familia del ESE Business School, Universidad de los Andes

Por: Equipo DF

Publicado: Viernes 17 de abril de 2026 a las 10:00 hrs.

Chile acaba de registrar la tasa de fecundidad más baja de su historia: 0,97 hijos por mujer en 2025, según datos del INE. Por primera vez, menos de un hijo por mujer. Las proyecciones indican que en 2026 ese número caerá a 0,92. Estamos muy lejos del nivel de reemplazo generacional de 2,1, y la tendencia no muestra señales de revertirse.

Frente a este escenario, el debate público ha sido claro: necesitamos sala cuna universal. La medida es urgente e indispensable, y cada mes que se demora su tramitación es un mes más en que miles de mujeres enfrentan la misma disyuntiva: trabajar o cuidar. La evidencia es contundente: un estudio longitudinal para Chile de Berniell et al. (Journal of Development Economics, 2021) muestra que convertirse en madre reduce la participación laboral femenina en torno al 22%, con efectos que persisten más de una década. En los hombres, ese impacto es inexistente. El acceso a cuidado infantil no es un beneficio laboral: es una condición de equidad.

Pero sería un error pensar que con la sala cuna el problema está resuelto. La sala cuna es la punta del iceberg. Lo que está debajo es más grande, más profundo, y está creciendo.

La II Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT 2023) revela que las mujeres dedican casi cinco horas diarias al trabajo doméstico y de cuidados, más del doble que los hombres. En hogares con hijos pequeños, ellas dedican en promedio 3 horas y 27 minutos al cuidado no remunerado; ellos, 53 minutos. Este trabajo invisible equivale al 19,2% del PIB ampliado de Chile, de acuerdo con Comunidad Mujer, y las mujeres aportan el 65,2% de ese total.

Pero el trabajo de cuidado no se detiene cuando los hijos entran al colegio. Chile envejece rápidamente: el 38,3% de los adultos mayores tiene algún grado de dependencia, y solo el 5% está en establecimientos institucionales. El resto lo sostiene la familia. Y por familia, eso significa las mujeres: según el Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, el 87,8% de los cuidadores de adultos mayores dependientes son mujeres, y el parentesco más frecuente es el de hija, ya que el 48,3% son hijas o hijastras que en su mayoría viven en el mismo hogar. A esto se suman las familias con hijos con discapacidad: en el 94% de ellas, la cuidadora principal es la madre.

Aquí emerge una tensión estructural que el debate público aún no ha nombrado con claridad. El sistema de pensiones y el mercado laboral requieren trayectorias laborales más largas, pero las responsabilidades de cuidado se acumulan precisamente en las décadas donde más importa esa continuidad.

Según el INE, los tramos de 45 a 54 y de 55 a 64 años registran las mayores brechas de género en ocupación de todo el ciclo de vida laboral. No es casualidad: son exactamente los años en que muchas mujeres están, simultáneamente, cuidando a hijos, padres mayores y tratando de mantenerse activas en el mercado laboral.

Desde las organizaciones, aumentar la flexibilidad parece la respuesta obvia, y en muchos sentidos lo es. Pero desde el Centro Trabajo y Familia de ESE Business School hemos documentado algo que incomoda: cuando se ofrece sin corresponsabilidad, puede reforzar exactamente el problema que busca aliviar. En jornada parcial, más del 90% de quienes la usan se declara principal responsable del trabajo de cuidado en el hogar.

La flexibilidad, mal diseñada, no redistribuye el cuidado: hace más sostenible que una sola persona lo siga asumiendo sola. Con el cuidado del adulto mayor, el riesgo es idéntico. Flexibilidad sin corresponsabilidad seguirá siendo una solución que recae siempre sobre las mismas personas: las mujeres que interrumpen sus carreras, llegan a la vejez con trayectorias fragmentadas y pensiones más bajas.

El problema no es la flexibilidad en sí: es que opera sobre una estructura de cuidados que no está distribuida de manera equitativa. La sala cuna universal es una condición de equidad, indispensable e impostergable. Pero lo que Chile necesita reconocer es que el iceberg es más grande de lo que parece, y que está creciendo. Mientras no construyamos políticas, culturas organizacionales y normas sociales que distribuyan el trabajo de cuidado a lo largo de todo el ciclo de vida -y no solo en los primeros años-, seguiremos atendiendo la punta y dejando que el resto se expanda sin control.

La tasa de 0,97 no es solo un número demográfico. Es la señal de que hemos tratado el cuidado como un asunto privado, invisible, que cada familia resuelve como puede. La pregunta ya no es si hacerse cargo, sino quién lo hará: si lo resolvemos como sociedad -con la sala cuna universal como punto de partida, y culturas organizacionales que distribuyan el trabajo de cuidado- o seguimos sin escuchar lo que el 0,97 ya nos está diciendo: ellas ya no quieren hacerlo solas.

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