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Columnistas

La caricatura del “1%”

LUIS ALBERTO LETELIER Director de ACAFI

Por: LUIS ALBERTO LETELIER

Publicado: Jueves 28 de mayo de 2026 a las 04:00 hrs.

Se ha instalado en el debate público una idea fácil pero equivocada: que la rebaja gradual del impuesto corporativo de 27% a 23%, contenida en el proyecto de ley de reconstrucción nacional, beneficiaría apenas a un puñado de “súper ricos”. La caricatura es tentadora porque apela a la indignación, pero se desmorona al contrastarla con los datos.

Empecemos por el universo afectado. Según la minuta del Ejecutivo, la rebaja alcanza a las cerca de 150 mil empresas del régimen general (artículo 14 A de la LIR), que emplean a más de cinco millones de trabajadores y concentran el 90% de la inversión privada del país. No es un club selecto, es la columna vertebral productiva de Chile.

“La pregunta legítima no es si la rebaja beneficia a ‘los ricos’. La pregunta correcta es por qué un país que necesita crecer, generar empleo formal y financiar mejores pensiones se aferra a una tasa que castiga la inversión y, con ello, a millones de chilenos que dependen del éxito de sus empresas”.

Pero la afirmación más débil del relato del “1%” es asumir que los controladores son los únicos beneficiados con las mayores utilidades. Esa lectura desconoce algo esencial del mercado de capitales chileno: lejos de concentrar las ganancias en unos pocos, canaliza la rentabilidad de las empresas hacia millones de chilenos a través de las AFP, los fondos y la inversión en Bolsa. 

Los fondos de pensiones, según la Superintendencia de Pensiones, administraban al cierre de 2025 activos por US$ 239.310 millones, pertenecientes a casi 12 millones de afiliados. Cerca de 9% de esa cifra, unos U$ 21.000 millones, está invertido en acciones de sociedades anónimas abiertas nacionales que tributan al 27%. Se trata de patrimonio que pertenece indirectamente a trabajadores chilenos, y cada peso adicional de utilidad después de impuestos se traduce en mejores pensiones para personas que ganan, en su mayoría, sueldos medios y bajos.

A esto se suma la industria de fondos mutuos, que al cierre de 2025 bordeaba los 3,8 millones de partícipes (96% personas naturales) y los miles de clientes privados que invierten en acciones locales a través de fondos de inversión y corredoras de bolsa. Los datos oficiales de la Bolsa de Santiago lo confirman: en el primer trimestre de 2026, el capital chileno —retail, institucionales nacionales y cuentas propias— representó cerca del 70% del monto negociado en renta variable, y los inversionistas retail por sí solos explicaron casi un tercio del total. El mercado accionario chileno se mueve, principalmente, con el ahorro de los propios chilenos, no con el de un puñado de grandes controladores.

No hablamos del 1%, sino de millones de chilenos cuyo bienestar depende de la rentabilidad después de impuestos de las empresas del régimen general. Estar en contra de reducir su carga tributaria es golpear el ahorro previsional y financiero de la mayor parte del país. Aliviarla fortalece la cadena que conecta a millones de hogares con el aparato productivo.

Hay además un argumento dinámico que la crítica omite. Chile compite con cada país que disputa los mismos proyectos de inversión, y la comparación no nos favorece. Australia, país desarrollado, pero con matriz minera y exportadora similar a la nuestra, grava a sus empresas entre 25% y 30%; Noruega, otra economía de recursos naturales y fondos soberanos, lo hace al 22%; países de ingresos medios y alto crecimiento como Polonia (19%) o República Checa (21%) están aún más abajo. Una tasa de 23% no nos convierte en paraíso fiscal: simplemente nos pone en línea con quienes compiten por nuestro mismo capital. Cada proyecto que se concreta significa empleo formal, salarios, encadenamientos con las PYME proveedoras y más recaudación por la vía del crecimiento.

La pregunta legítima no es si la rebaja beneficia a “los ricos”. La pregunta correcta es por qué un país que necesita crecer, generar empleo formal y financiar mejores pensiones se aferra a una tasa que castiga la inversión y, con ello, a millones de chilenos que dependen del éxito de sus empresas. La caricatura del 1% puede ser cómoda, pero no resiste los números.

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