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Columnistas

La dignidad del trabajo: un imperativo ético y estratégico para Chile

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ ERRÁZURIZ Obispo de San Bernardo

Por: JUAN IGNACIO GONZÁLEZ ERRÁZURIZ

Publicado: Lunes 25 de mayo de 2026 a las 04:00 hrs.

En el mes de mayo, tradicionalmente marcado por la reflexión en torno al valor del trabajo y la figura de San José Obrero, se hace indispensable detener la mirada en la realidad socioeconómica de nuestro país. Para el mundo empresarial, financiero y de las políticas públicas, el trabajo suele analizarse casi de forma exclusiva a través de métricas: tasas de empleo, índices de productividad, costos laborales y flexibilidad de la jornada. Sin embargo, el esfuerzo humano posee una dignidad originaria que trasciende la mera variable económica; el trabajo no es solo una necesidad de subsistencia o un factor de producción, sino una vocación profundamente humana.

Como recordaba San Juan Pablo II en su encíclica Laborem Exercens, mediante el trabajo el ser humano no solo transforma la naturaleza adaptándola a sus necesidades, sino que se realiza a sí mismo. Desde esta perspectiva, el valor de una economía no se mide únicamente por el crecimiento de su Producto Interno Bruto o los retornos de inversión, sino por su capacidad intrínseca de poner a la persona en el centro del diseño productivo y social.

“La generación de empleo digno debe consolidarse como prioridad nacional absoluta. Esto no es tarea exclusiva de un solo sector, sino fruto de una sinergia estratégica y colaborativa: políticas públicas serias y estables, inversión privada responsable, fortalecimiento decidido del emprendimiento corporativo y capacitación laboral efectiva que responda a los desafíos tecnológicos actuales”.

Hoy, la realidad de Chile nos exige una reflexión pragmática y urgente. Miles de compatriotas enfrentan diariamente los flagelos de la precariedad laboral, la informalidad, el desempleo o el desaliento ante la falta de oportunidades genuinas.

Muchas familias viven bajo la angustia constante de no poder sostener dignamente sus hogares, una cruda realidad que erosiona no solo el bienestar material, sino también el tejido moral y social de nuestra nación. La cohesión social, fundamento indispensable para cualquier entorno de inversión seguro y sostenible a largo plazo, se ve directamente amenazada cuando el acceso a un empleo de calidad se vuelve esquivo o precario.

Por ello, la generación de empleo digno debe consolidarse como una prioridad nacional absoluta. Esto no es tarea exclusiva de un solo sector, sino el fruto de una sinergia estratégica y colaborativa: políticas públicas serias y estables, inversión privada responsable, el fortalecimiento decidido del emprendimiento corporativo y una capacitación laboral efectiva que responda a los desafíos tecnológicos actuales.

En este complejo engranaje, tanto las autoridades públicas como los empresarios de diversas categorías tienen una alta responsabilidad ética de la cual no pueden desentenderse.

La justicia social de nuestro tiempo exige la creación de condiciones estructurales para que la mayor cantidad de personas pueda producir, servir y proyectar esperanza en el futuro.

Esto se traduce concretamente en promover empleos formales que garanticen la incorporación a sistemas adecuados de salud y fomenten el ahorro previsional de los trabajadores. Un mercado laboral formalizado no solo protege la seguridad individual, sino que fortalece la sostenibilidad fiscal y la competitividad integral del país.

Asimismo, este esfuerzo macroeconómico debe ser inclusivo, abriendo caminos tangibles para los jóvenes que buscan su primer empleo, madres de familia, habitantes de regiones tradicionalmente postergadas y adultos mayores capaces de seguir aportando su valiosa experiencia.

Finalmente, la actividad laboral moderna no puede divorciarse de los criterios de sostenibilidad y cuidado del medio ambiente, lo que en el ámbito corporativo hoy identificamos plenamente con los factores ESG. El mandato originario de “cultivar y cuidar” la tierra nos recuerda que el crecimiento económico no debe ser destructivo, sino una administración responsable de los recursos de la sociedad para las futuras generaciones.

Chile necesita una renovada cultura del trabajo. Un ecosistema donde empresarios, autoridades, trabajadores y comunidades colaboren activamente para promover una economía más inclusiva, humana y esperanzadora.

Mirar el trabajo bajo este prisma ético no merma la rentabilidad; al contrario, dignifica el alma de la organización, orienta la actividad económica hacia el bien común y cimienta las bases de una patria próspera y en paz.

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