La ilusión de la automatización financiera
PÍA AQUEVEQUE Directora de empresas, experta internacional en activos digitales
Eficiencia no es sinónimo de confianza. El sistema financiero global está celebrando la automatización como si fuera sinónimo de confianza. No lo es. La rápida adopción de inteligencia artificial, contratos inteligentes y tokenización ha consolidado una narrativa dominante: sistemas más rápidos, eficientes y programables serían, por definición, más confiables. Esta equivalencia confunde ejecución con fundamento.
La automatización optimiza la ejecución; la confianza depende de la validez de sus condiciones operativas. Un sistema puede operar exactamente como fue diseñado y, aun así, estar construido sobre supuestos incorrectos, datos incompletos o lógicas que no resisten condiciones complejas.
“No basta con que un sistema funcione; debe demostrar, en forma persistente, que lo hace bajo condiciones válidas”.
Buena parte de la infraestructura digital emergente se apoya en capas de datos exógenos, arquitecturas interdependientes y modelos algorítmicos que operan como cajas negras. Estos sistemas ejecutan con precisión, pero no siempre ofrecen transparencia, verificabilidad ni consistencia entre jurisdicciones. En este contexto, la velocidad no solo amplifica la eficiencia, sino también el riesgo de propagación de errores a escala sistémica.
Estimaciones de mercado proyectan que la tokenización de activos podría alcanzar magnitudes de varios trillones de dólares hacia el final de la década, mientras reguladores globales advierten sobre la creciente dependencia de modelos algorítmicos opacos en decisiones financieras críticas.
La tokenización de activos promete reducir fricciones y expandir la liquidez. Pero digitalizar la representación de un activo no elimina la incertidumbre subyacente: la reconfigura, redistribuyéndola a lo largo del sistema. La validez del sistema sigue dependiendo de la integridad de la información, la coherencia de las reglas y la capacidad de verificar sus condiciones operativas. Sin estos elementos, la eficiencia puede coexistir con fragilidad.
Esto expone la necesidad de contar con infraestructuras financieras diseñadas no solo para automatizar, sino para sostener propiedades más exigentes. Entre ellas, verificabilidad, auditabilidad continua y consistencia transfronteriza. No basta con que un sistema funcione; debe demostrar, en forma persistente, que lo hace bajo condiciones válidas.
Para economías como Chile y América Latina, esto no es una oportunidad de adopción, sino una decisión de arquitectura común. Participar en la definición de los estándares que regirán la próxima generación de infraestructura financiera -o limitarse a operar sobre marcos diseñados por otros- tendrá implicancias directas en competitividad, estabilidad y soberanía regulatoria. La divergencia entre marcos regulatorios en EEUU, Europa y Asia ya está generando asimetrías operativas que refuerzan esta urgencia.
La velocidad escala la eficiencia; la verificabilidad sostiene la confianza. En un sistema cada vez más automatizado, esa distinción definirá sus límites y su resiliencia.
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